viernes, 5 de junio de 2015

¿Cuánto vale una moneda?

¿Cuánto vale una moneda?. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 62(1150) (Marzo 2007): pp. 58-59.

Miguel Ibáñez Artica

            Cuando alguien encuentra en un rincón de la casa, en un viejo mueble guardado en el desván o en cualquier otro lugar, una moneda desconocida, lo primero que suele pasar por su cabeza es la pregunta ¿cuánto valdrá?. Normalmente suele predominar más la curiosidad sobre su valor económico que el interés por conocer las características numismáticas de la pieza (lugar y fecha de emisión, país, interés histórico, rareza...).

            En la mayoría de los  casos se trata de monedas de cobre de poco valor, o a veces de monedas de plata recientes, que generalmente están tan desgastadas que tienen un valor similar al del precio de la plata que contienen. En realidad podemos hablar de dos “valores” diferentes, por una parte estaría la valoración económica de la moneda (“precio”), que depende de las leyes de la oferta y la demanda del mercado, y por otra parte el valor “intrínseco” de la pieza que viene dado por su interés histórico y antigüedad.

            Podría pensarse que ambas valoraciones coinciden, pero no es estrictamente así, y parafraseando a Machado podríamos decir “es de necios confundir valor y precio”. Así como existen tipos o familias monetarias supravaloradas, debido fundamentalmente a la abundancia de coleccionistas, se dan casos de monedas infravaloradas, debido generalmente al efecto contrario. Podemos señalar numerosos casos conocidos de “supravaloración”, a veces provocados por una evidente especulación, pero seleccionaremos un interesante y curioso ejemplo, el de una moneda que nunca circuló y que sin embargo se ha convertido en la moneda más valiosa del mercado numismático mundial.

            Este “record” histórico lo ostenta la “doble águila” de oro de 1933 (Figura 1). Se trata de una moneda de oro de veinte dólares que fue vendida el 30 de julio del 2002 por un importe de ¡7,59 millones de dólares!. La verdad es que la truculenta historia de esta moneda es digna de un guion de cine, protagonizado por  ladrones, agentes secretos y jeques árabes, en unos escenarios que discurren por Filadelfia, Egipto, las torres gemelas de Nueva York y Fort Knox.


Figura 1: “Doble águila” de oro, fabricada en la ceca de Filadelfia en 1933.

            Las primeras monedas de oro, denominadas popularmente “águilas” por aparecer representado en ellas este animal, se emitieron en 1795 con valor de diez dólares (Figura 2).


Figura 2: Águila de oro de 1795.

Cuando se comenzaron a acuñar monedas de 20 dólares de oro en 1850, se bautizaron popularmente como “dobles águilas”. En el anverso de esta moneda aparece una figura femenina que representa la “libertad”, imagen diseñada por el prestigioso escultor Augustus Saint-Gaudens, y en el reverso la majestuosa águila volando que da nombre a la moneda. En 1933 se acuñaron 445.500 piezas, pero debido a la precaria situación de la economía americana en la época de la Gran Depresión, el presidente Roosvelt, ordenó que la moneda de oro quedara fuera de circulación en los Estados Unidos. Debido a esta orden, las monedas fueron destruidas. Únicamente dos piezas se conservaron en la U-S. National Numismatic Collection de la Institución Smithsonian, y la moneda nunca llegó a salir de la fábrica de moneda de Filadelfia donde se acuñó.

            -O al menos eso se creía-, hasta que los servicios secretos localizaron veinte monedas de este tipo circulando en el mercado del coleccionismo numismático. Nueve de ellas finalmente fueron requisadas y posteriormente destruidas entre los años cuarenta y cincuenta. Pero una de estas piezas había sido adquirida en 1944 por el rey Faruk de Egipto, coleccionista “compulsivo” de monedas raras y valiosas (Figura 3). El departamento del Tesoro de los Estados Unidos, al tener noticia de esta venta inició los correspondientes trámites legales y diplomáticos para conseguir el retorno de la moneda, pero el comienzo de la Segunda Guerra Mundial provocó la lógica paralización de estas acciones. Tras el golpe de estado de 1952 que depuso al rey Farouq, gran parte de sus bienes, incluyendo la “doble águila” de 1933, fueron subastados por la prestigiosa galería “Sotheby’s”. Nuevamente el gobierno americano reclamó la pieza, y las autoridades egipcias accedieron, pero misteriosamente, la moneda había desparecido.


Figura 3: El rey Faruk de Egipto con su colección de monedas.

            Muchos años después, en 1996, los servicios secretos detuvieron a un comerciante de monedas británico en Nueva York, que tenía en su poder la misteriosa moneda del rey Faruk, tras un largo y complejo proceso legal, se autorizó finalmente poner la moneda a la venta en subasta pública. Mientras tanto, la moneda había estado custodiada en un lugar de máxima seguridad, ¡la cámara acorazada que el Departamento del Tesoro tenía en el Wold Trade Center!. Tras la sentencia judicial, en julio del 2001, la moneda fue trasladada a Fort Knox, justo dos meses antes del famoso atentado del “11-S”.

            Tras esta odisea, la moneda finalmente fue vendida por 6,6 millones de dólares, más el 15 por ciento de comisión y 20 dólares adicionales necesarios para “monetizarla” oficialmente, en total 7.590.020 dólares. La subasta duró apenas nueve minutos y la mitad de la cantidad alcanzada en la puja, más los 20 dólares adicionales revirtieron a las arcas del Tesoro Público, el resto fue a parar a manos del comerciante británico.

            No termina aquí la aventura de esta singular moneda, ya que en agosto del 2005 el Servicio Secreto de los Estados Unidos localizó las diez monedas que faltaban en posesión de una familia de Filadelfia, las monedas fueron devueltas y trasladadas para su custodia a Fort Knox.

            Por el momento la historia de las veinte monedas que salieron en su día ilegalmente de la ceca de Filadelfia parece haber concluido, nueve fueron destruidas, una vendida, alcanzando la cifra más alta de la historia en las subastas numismáticas, y las otras 10 recuperadas. Pero ¿y si salieron ilegalmente de la fábrica de moneda de Filadelfia más de veinte piezas?. Tal vez en un futuro pueda surgir alguna nueva sorpresa, y como se anuncia en algunas series televisivas.... “Próximamente Continuará” (?).


            Curiosamente en este caso podemos comprobar como la moneda que ha alcanzado un “precio” más alto en el Mundo, es precisamente una moneda que nunca ha existido, es decir, nunca ha sido puesta en circulación, y su interés “histórico” reside en unas circunstancias más o menos exóticas que podemos calificar de “anecdóticas”.

Addenda

El comprador de 2002 permaneció anónimo durante casi dos décadas, hasta marzo de 2021, cuando se reveló en un artículo del New York Times que era el coleccionista Stuart Weitzman. La decisión de Weitzman de revelarse como el propietario de la moneda desde 2002 coincidió con su decisión de venderla, en una subasta de Sotheby's programada para junio de 2021. La moneda fue catalogada como Lote 1 en la subasta de Sotheby's del 8 de junio de 2021 y se vendió ese día por $ 18,872,250 (Fuente: Wikipedia).

lunes, 1 de junio de 2015

Una moneda-gusano, el gusano del Mopane.

Una moneda-gusano, el gusano del Mopane. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 62(1152) (Mayo 2007): pp. 60-61.

Miguel Ibáñez Artica

            A lo largo de la Historia de la Humanidad, frecuentemente algunos alimentos han sido utilizados como moneda, es el caso del cacao en Guatemala y México en tiempos precoloniales e incluso durante los primeros años tras la llegada de los conquistadores, el arroz en Indochina y diversos tipos de grano (cebada, centeno y trigo) en la Europa medieval. Incluso en tiempos relativamente recientes, aún se utilizaban determinadas unidades de trigo (los “robos”) para abonar el salario de los maestros y maestras en los pueblos rurales de Navarra (Ver artículo:  El Robo de trigo en Navarra).



Figura 1.- Larva y adulto de la mariposa Gonimbrasia belina y recolección del gusano del “mopane”.

            La moneda-alimento más curiosa que sobrevive en la actualidad, es el “masonja” o "gusano del mopane". Se trata de la larva de una mariposa Emperador de la familia Saturniidae, Gonimbrasia belina. Su oruga, de gran tamaño, tiene vistosos colores y llega a alcanzar los diez centímetros de longitud (Figura 1), alimentándose de las hojas del árbol llamado mopane en la región sur de África. Este insecto es rico en grasas y proteínas, tiene una textura suave y un sabor sustancioso cuando se prepara en fritura. Muchas personas lo consideran una delicadeza en Namibia, Botswana, Zimbabwe y Sudáfrica, y según los análisis realizados veinte orugas secas proporcionan las necesidades diarias de un adulto en calcio, fósforo, vitamina B y hierro. En las aldeas del norte del Transavaal se recogen estas orugas, y una vez secas, son utilizadas como medio de intercambio,  revendidas y finalmente comidas (Denk & Nagl, 2004). Con estas larvas desecadas se adquieren habitualmente en los mercados rurales los artículos de tocador, útiles de cocina, comida y ropa usada (Figura 2) (Kozanayi & Frost, 2002).


Figura 2.- Mercado de “mopane”.

.           En Botswana, la primera generación de gusanos de Mopane aparece entre los meses de noviembre y diciembre, mientras que la segunda reaparece alrededor de abril. En estas épocas, las mujeres de los poblados recorren grandes distancias para cosechar los valiosos gusanos con los que podrán adquirir lo más necesario, incluyendo el uniforme para la escuela de sus hijos. La recolección se hace a primera hora de la mañana, antes de que las orugas asciendan hacia las zonas altas del árbol para comer, y pueden recogerse en condiciones óptimas hasta 18 kilogramos en una hora. Suele vaciarse el contenido intestinal del gusano para mejorar su gusto y entonces pueden comerse crudos, asados o fritos en aceite. El consumo de este insecto hasta hace poco estaba restringido a algunos grupos étnicos, pero su popularidad se ha extendido y actualmente forma parte de los menús tradicionales de los hoteles de Botswana.

            Lo que tradicionalmente era un complemento en la dieta, ha incrementado su uso y valor, debido a la creciente pérdida de valor de la moneda oficial. Por ejemplo en el año 2006, la tasa inflacionista en Botswana fue del 12%. En dicho país, que arrastra una fuerte inflación desde finales de los años 90 -y como resultado una progresiva devaluación monetaria-, el uno de noviembre del año 2000 se puso en circulación una nueva moneda bimetálica, de 23,5 mm. de diámetro y dos milímetros de grosor, con su parte central de cuproniquel y el exterior de bronce y aluminio,  con valor de cinco “pulas”, que vino a sustituir al antiguo billete existente con esa denominación. Curiosamente, en esta nueva moneda devaluada, aparece representada la nueva “moneda” popular, el gusano del mopane (Figura 3) y también esta espectacular mariposa aparece representada en algunos sellos africanos.


Figura 3.- Sello y moneda de Botswana representando respectivamente el insecto adulto y su larva.

            Se considera que los elementos utilizados como moneda deben cumplir unas funciones específicas, como servir de unidad de cuenta, y ser medida común del valor, además de utilizarse como medio de pago, y deben poseer unas características adecuadas, como ser útiles, portátiles, divisibles, indestructibles, de valor estable y homogéneos. Pues bien, en algunas zonas rurales de Sudáfrica los gusanos desecados, medidos en unidades estandarizadas que se van desde los 2,8  hasta los 210 gramos (el contenido de gusanos secos de una taza grande), realizan estas funciones monetarias y son utilizados para la adquisición de bienes, siendo útiles (son alimentos), portátiles (se transportan en bolsitas de plástico), divisibles y relativamente duraderos ya que al estar desecados se conservan bastante tiempo. Por otra parte su valor es más estable que el de la moneda oficial, sometida a continuas devaluaciones.



Bibliografía:

DENK, R. & P. NAGL, “Masonja, die Larven eines Nachtfalters, als Nahrungs- und Zahlungsmittel”, Der Primitivgeldsammler 25(1), 2004, págs. 17-20.

KOZANAYI, W. & P. FROST, “Marketing of Mopane Worm in Southern Zimbabwe”. Mopane Worm Market Survey: Southern Zimbabwe, 2002: 31 pp.


En las fechas en que se publicó este artículo en mayo del 2007, en la vecina Zimbabue, la inflación ya alcanzaba un 66.000 %, y siguió disparándose hasta llegar en noviembre del año 2008 a la increíble cifra de noventa mil trillones por ciento, emitiéndose billetes con la astronómica cifra de  “cien trillones de dólares”. Estos billetes no servían para nada, y en los servicios públicos de bares y restaurantes, se colocaba un cartel solicitando que no se utilizaran como papel higiénico, ya que obstruían las conducciones (Figura 4).


Figura 4.- Billetes de “trillones de dólares” y cartel colocado en los WC de establecimientos públicos prohibiendo la utilización de estos billetes como papel higiénico.

Tasas de inflación en Botswana:

1996      16%
1997      20%
1998      48%
1999      56,9%
2000      55,22%
2001      112,1%
2002      198,93%
2003      598,75%
2004      132,75%
2005      585,84%
2006      1.281,11%
2007      66.212,3%
2008
   Julio    231.150.888.87%
   Agosto 471.000.000.000%
   Septiembre 3.840.000.000.000.000.000%
Mediados Noviembre 89.700.000.000.000.000.000.000%
(Fuente Wikipedia)



domingo, 24 de mayo de 2015

El "Mullu": oro rojo de los Incas.

El “Mullu”: oro rojo de los Incas. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 58(1094) (Enero 2002): pp. 48-49.

Miguel Ibáñez Artica

Dentro de los elementos utilizados como moneda por los pueblos primitivos, uno de los más característicos es el denominado “dinero del mar”,  formado por conchas marinas, más o menos trabajadas, utilizadas como moneda y también como elementos ornamentales.

Hay que tener en cuenta que frente al uso actual de la moneda, con una finalidad exclusivamente económica, las “monedas primitivas” podían tener diferentes aplicaciones, por ejemplo cumplían una función social (en dotes matrimoniales, regalos ceremoniales, resarcimiento por delitos de sangre, ofrendas a los dioses...) y probablemente esta utilización no económica de la “premoneda” es anterior a su uso en el comercio.

Algunos moluscos marinos han sido utilizados como moneda desde la más remota antigüedad, especialmente en el Océano Pacífico, tanto en las costas asiáticas, como en Australia e islas del Pacífico Sur, así como en la costa americana, tanto en América del Norte como Sudamérica. Las conchas de algunas especies presentan unas características muy adecuadas para ser usadas como moneda, su reducido tamaño, dureza y durabilidad, imposibilidad de falsificarlas, rareza o dificultad en su obtención, además de su intrínseca belleza y atractivo como ornamento, las convierten en candidatas perfectas para constituir un elemento de referencia del valor de las cosas, de gran aceptación entre las culturas primitivas.

Podemos señalar tres grupos de moluscos que han cumplido una función monetaria en las costas americanas, los escafópodos que como el Dentalium pretiosum, era utilizado por las tribus indias de la costa norteamericana del Pacífico, recibiendo la denominación de “allicotsik” (literalmente “moneda india”), los gasterópodos o caracolas de diferentes tamaños, desde la pequeña Olivella biblicata o “kol-kol” de los indios Chumash de California, a las grandes caracolas de Busycon canaliculatum, que servían a los indios de la costa este de los Estados Unidos para fabricar cuentas o cilindros de un hermoso color violeta. Las tribus de  la costa oeste utilizaban pequeños trozos de la “oreja de mar” (Haliotis rufescens) denominados “uhl-lo” que servían como moneda, a la vez que se utilizaban como adorno, ensartando varias piezas a modo de collar. Un tercer grupo está formado por los lamelibranquios, como la especie Mercenaria mercenaria, una almeja frecuente en el litoral de la costa atlántica de Norteamérica, de la que se sacaban pequeños cilindros de color blanco, que combinados con los de color violeta antes señalados, formaban cinturones denominados “wampum”, que servían como medio de cambio.


Figura 1.- Ejemplares de Spondylus crassisquama (princeps) Lamarck, 1819.

A este grupo de moluscos pertenece también el “Spondylus”, una especie de ostra o berberecho  que presenta numerosas protuberancias laminares en la superficie de su concha. En tiempos prehispánicos una de estas especies, considerada como un elemento sagrado, tenía un gran valor, y de hecho se intercambiaba con el oro, se trata del “mullu”, voz quechua de una especie de ostra espinosa que presenta un llamativo color rojo, el Spondylus princeps, que vive a poca profundidad en la costa de Ecuador. La recolección de este molusco lamelibranquio se remonta a tiempos inmemoriales, y  era extraído del fondo del océano por buzos especializados, con ayuda de una piedra que les servía de lastre y con una cuerda alrededor de la cintura, sostenida por pescadores sentados en una balsa (tal como se ven representados en algunas figuras incaicas), de esta forma, se sumergían hasta las profundidades en busca de la valiosa presa, muy difícil de localizar por otra parte, ya que paradójicamente a cierta profundidad los colores rojos, tan llamativos en la superficie, desaparecen camuflándose perfectamente con el entorno. Estos personajes que actúan como buzos aparecen frecuentemente  representados en diversos objetos, desde diferentes tipos de cerámica, pendientes, ornamentos para la nariz, husos o cuencos, así como también en algunos relieves arquitectónicos.


Figura 2.- Vasijas de cerámica representando el “mullu”. A la derecha, escenificando la recogida de “mullu” en una embarcación conocida como “caballito de Totora”.

La extracción del “mullu” y su utilización en Perú se extiende por un período de cuatro milenios, desde el denominado “período Valdivia”, entre el 3.500 y 1.500 a.C., con un máximo de actividad en la “fase Engoroy” situada entre el 800 y el 100 a.C. Desde sus zonas de recolección, en la costa de Ecuador, las conchas de “mullu” eran transportadas hacia el sur, utilizando fundamentalmente vías terrestres, en cargamentos transportados  a través de las rutas que recorrían los Andes centrales, a lomos de llamas, y posiblemente también por vías marítimas, si bien en este caso la navegación sería muy dificultosa al ir las corrientes costeras en dirección contraria. Los incas  se establecieron en Tumbes (en la costa norte de Perú) precisamente con el fin de controlar el puerto de entrada de los conchas sagradas de Spondylus y el punto de partida de la ruta terrestre que se dirigía hacia el sur, hacia el corazón del imperio Inca. En esta población de Tumbes se estableció un taller que fabricaba cuentas y collares con la preciada concha.

Las conchas de “mullu” se utilizaban enteras en algunas ceremonias sagradas, por ejemplo entre los mayas, la sangre de los sacrificios humanos, era vertida en conchas de espóndilo rojo. Sin embargo, la mayor cantidad de “mullu” se procesaba en talleres especializados, como el anteriormente reseñado situado en Tumbes, donde se fabricaban laboriosamente pequeñas cuentas, tomando un fragmento de concha, perforándola y desgastando los bordes con una piedra hasta conseguir un pequeño anillo o cuenta. Otra posibilidad era sacar de la concha piezas rectangulares, que convenientemente perforadas servían para fabricar petos o collares, incluso se llegaron a fabricar pequeñas figuras de animales (principalmente aves de largos picos) que servían como objetos de adorno.   


Figura 3.- Collar de duentas de “mullu”. Ecuador. Cultura Puruha. (s. XIV-XV d.C.) y placas de “mullu”. Perú.

A diferencia de lo que ocurre en las culturas de los indios de Norteamérica, donde los investigadores y antropólogos del siglo XIX, han dejado constancia de la utilización como moneda de numerosas especies de moluscos, informando detalladamente sobre sus nombres, usos y valor, con respecto a la utilización del “mullu” en las culturas prehispánicas, la principal fuente de información se deriva de los hallazgos arqueológicos, ya que los conquistadores, más preocupados por los metales preciosos, no prestaban demasiada atención a estas conchas. No obstante, Pedro Cieza de León, en su “Crónica del Perú” (1550) señala que los indígenas, además de adornos de oro y plata, usaban unas cuentas muy menudas llamadas “chaquira colorada” que valían tanto como el oro, y otros autores informan de un importante comercio de estas conchas, que desde la costa de Ecuador, viajaban hacia el sur donde eran utilizadas por la cultura Inca desde los tiempos más remotos con finalidades específicas: ofrendas a los dioses (conchas enteras o fragmentos), utilización como joyas y ornamentos de las clases nobles, ajuares funerarios y representaciones en diferentes objetos de cerámica, metálicos y textiles, utilizados por las clases altas de la sociedad inca. Estas conchas, o los ornamentos fabricados con ellas constituían, junto con los metales nobles, la “moneda” de las culturas incas precolombinas.

Referencias seleccionadas:

Blower, D., 1985. The quest for Mullu: Concepts, Trade, and the Archaeological distribution of Spondylus in the Andes. Thesis Trent University. Peterborough, Ontario, Canadá: 246 pp.
http://www.nlc-bnc.ca/obj/s4/f2/dsk2/ftp04/mq21671.pdf

VVAA, 1999. Spondylus, ofrenda sagrada y símbolo de paz. Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera & Fundación Telefónica. Perú: 162 pp.










sábado, 9 de mayo de 2015

¿Cómo se llamaban realmente las primitivas poblaciones celtibéricas que acuñaron moneda?

¿Cómo se llamaban realmente las primitivas poblaciones celtibéricas que acuñaron moneda?.
Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 67(1198) (Julio-Agosto 2011): pp. 44-45.

 Miguel Ibáñez Artica

                  Las fuentes escritas constatan la existencia de ciudades en la Celtiberia antes de la llegada de los romanos a la Península Ibérica en el año 218 a.C., no obstante su presencia potenció notablemente el proceso de urbanización, al obligar a la población indígena –ya fueran aliados o vencidos-,  a concentrarse en ciudades nuevas, aunque en ciertos casos dichas poblaciones presentan poderosas estructuras defensivas, que parecen ir en contra de los planteamientos iniciales de los romanos, con su política de agrupamiento de los indígenas para controlarlos mejor.

Las primeras emisiones de monedas en la Península Ibérica responden a motivos estrictamente económicos, generados por las necesidades que planteaba el comercio. Estas acuñaciones quedaron restringidas a unos pocos lugares del litoral mediterráneo, en los puntos donde griegos focenses, fenicios y cartagineses asentaron sus colonias. Entre los siglos V y IV a.C. comenzaron a emitirse pequeñas monedas de plata anepígrafas en las colonias griegas de Ampurias y Rodas, y algo más tarde empiezan a fabricarse los característicos dracmas de dichos emporios. Sin embargo, las masivas emisiones peninsulares comenzaron precisamente tras la llegada de los romanos, quienes impusieron su propio sistema monetario basado en el denario de plata, el as y sus divisores de bronce, pero dejando cierta libertad a los pueblos indígenas que emitían las monedas (o que fueron obligados a emitirlas) para elegir la epigrafía de las leyendas. Probablemente la homogeneidad iconográfica de los motivos de anversos y reversos en la moneda celtibérica: busto barbado y jinete lancero (en menor medida con arma corta) respectivamente, fuera una imposición romana que evidencia el papel dichos pueblos como tropas auxiliares del ejército romano, tal vez rememorando el mismo motivo del jinete que aparecía en algunas monedas de Hierón II, tirano de Siracusa, cuando mercenarios hispanos combatieron en Sicilia durante la segunda guerra púnica, primero al lado de los cartagineses y más tarde como aliados de los romanos (Figura 1)(1). Roma permitió a los pueblos indígenas aliados la emisión de moneda propia con el fin de convertirlos en centros de poder frente a sus enemigos, facilitando así la transformación administrativa y el desarrollo de un sistema tributario homogéneo en la Península.


Figura 1.- Hemilitras de cobre de Hierón II de Siracusa (306-215 a.C.), a la derecha emisión de Morgantina con leyenda Hispanorum, posibles prototipos del jinete lancero ibérico.

 Realmente constituyó una estrategia muy acertada, por una parte los romanos obtuvieron su propósito, al conseguir que se acuñaran millones de monedas de plata (denarios) y ases (bronce), con los que asegurar el pago de tributos necesarios para financiar las costosas campañas militares de la Península, que requerían gran cantidad de tropas auxiliares (mercenarios), así como su manutención durante el largo período de inactividad en los meses invernales. Por otra parte estimulaban el “ego” de las poblaciones indígenas, que veían en las monedas un símbolo de su propia identidad y poder, de forma que incluso localidades muy pequeñas y probablemente poco importantes llegaron a fabricar sus propias emisiones de bronce.

Podemos imaginar la situación, pequeñas poblaciones vecinas, donde no serían raros los conflictos cotidianos entre ellas (disputas por pastos, enfrentamientos por terrenos comunales….), idénticos a los que todavía se producen en nuestros días en el medio rural, pero seguramente con consecuencias más graves. Si una de estas ciudades acuñaba su propia moneda de bronce, no resultaría raro que la otra también quisiera hacerlo. Esto nos plantea una nueva cuestión, las pequeñas ciudades no tenían los recursos propios (técnicos) para acuñar moneda, con lo que lo más probable es que, aparte de las grandes cecas productoras de numerario, existieran artesanos ambulantes o representantes de las cecas importantes, que ofrecieran sus servicios a estas pequeñas ciudades, tal como se ha descubierto recientemente ocurría con los mosaicos ibéricos, a partir del hallazgo del de Andelos en Navarra.

Aunque todavía no existen análisis metalográficos adecuados que nos permitan dilucidar alguno de estos aspectos(2), la similitud en las imágenes que aparecen en algunos anversos de los ases de diferentes cecas vecinas, parece indicar que dichas emisiones fueron fabricadas en un mismo taller. Por otra parte Roma se reservó el derecho de acuñar la moneda de plata y sólo unas pocas ciudades fueron autorizadas a emitir denarios. Un gran número de ellos (muchas de las emisiones de Baskunes, Turiasu, Sekobirikes y Bolscan) fueron acuñados en el transcurso de las guerras Sertorianas, para pagar a los mercenarios indígenas que participaban en ambos lados de la contienda, y no es descabellado pensar que muchas de estas monedas se fabricaran en talleres ambulantes, lejos del lugar donde oficialmente estaba instalada la ceca (Figura 2).


Figura 2.- Tesorillo de época de las guerras sertorianas (83-72 a.C.).

Desde los manuales de moneda ibérica de Vives Escudero (1924-1926), hasta los recientes de Villaronga (2002) y Álvarez Burgos (2008), se designa como nombre de la ceca el mismo término que aparece en la moneda, sin embargo la presencia de variantes en la terminación (Oilaunez/Oilaunikos/Oilaunu; Arekorata/Areikoratikos…) hace pensar en que no todos los nombres que aparecen sean el nombre de la ciudad o del grupo étnico en nominativo.

En el transcurso de los últimos cincuenta años se han producido importantes avances en el conocimiento de las lenguas prerromanas en la Península Ibérica, de la mano de prestigiosos investigadores como J. Caro Baroja, A. Tovar, J. de Hoz, Mª. L. Albertos, J. Untermann, J. Gorrochategui…, sin embargo uno de los hallazgos más espectaculares en el reconocimiento de los términos celtibéricos que aparecen en las monedas, surge en 1995 con el trabajo de F. Villar(3). Por ejemplo, uno de los términos aparecidos en las monedas “Barskunes” o “Baskunes”, se había interpretado originalmente como un nominativo plural del nombre étnico, es decir “Vascones”. Teniendo en cuenta la atribución de estas monedas a una ceca Navarra, esta conclusión parecía evidente, aunque algunos lingüistas como Untermann no lo veían tan claro, Villar propone que dicho término no sería un nominativo plural del étnico, sino el ablativo plural de un topónimo, “para los de Barsku”, es decir el nombre de la ciudad que emitió las monedas sería Barsku o Basku. De igual forma la ciudad de Karau acuñaria las emisiones de Karauez, la de Ontiks las de Ontikes, Oncala las de Okalakom, Varia las de Uarakos, Quoelia las de Kueliokos, Aratiz las de Aratikos, Oilaunu las de Oilaunez etc… . Los ablativos o adjetivos denominativos que aparecen en las leyendas indicarían el lugar de origen, pero el nombre real de la ceca puede ser ligeramente diferente al que podemos leer en sus inscripciones monetales (Figura 3).



Figura 3.- Leyendas monetales ibéricas.


Notas:
(1) La población siciliana de Morgantina emitió en el 211 a.C monedas con el jinete lancero y leyenda Hispanorum.
(2) Las técnicas analíticas empleadas hasta este momento (Microscopía electrónica de barrido, SEM) no son adecuadas para estas monedas, debido a la heterogeneidad en la distribución de sus componentes metálicos y presencia de nódulos. Por el momento, la única técnica adecuada es la de activación por neutrones rápidos, que por ahora no es posible realizar en ningún laboratorio español.

(3) Villar, F., (1995). Estudios de celtibérico y de toponimia prerromana. Univ. Salamanca: 276 pp.

viernes, 1 de mayo de 2015

La interpretación de las escrituras monetales ibéricas.

La interpretación de las escrituras monetales ibéricas.
Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 67(1197) (Junio 2011): pp. 42-43.

Miguel Ibáñez Artica

            Durante mucho tiempo, durante las Edades Media y Moderna, en diversos puntos de la Península Ibérica fueron apareciendo millares de enigmáticas monedas de plata y bronce, provistas de una misteriosa escritura, diferente a la utilizada por los primitivos colonizadores de dichas tierras que habían empleado los alfabetos latino, griego o incluso el fenicio. Durante muchos años estas monedas fueron el único material epigráfico conocido de esta misteriosa lengua (Figura 1), y dado el bajo porcentaje de signos vocálicos que aparecían en las inscripciones, se llegó a la conclusión de que esta singular escritura -denominada ibérica-, era similar al fenicio, que utiliza sólo consonantes y esporádicamente vocales.


Figura 1.- Leyendas ibéricas en monedas.

            Así pues, a través del estudio de las monedas, especialmente de las emisiones bilingües en latín e ibérico, a finales del siglo XIX se había conseguido descifrar algunas letras silábicas: Ba, Bi (Heiss, 1870) y Ko, Ke y Du (Zobel, 1877), pero el auténtico punto de partida en la decodificación de los símbolos ibéricos, utilizados en monedas e inscripciones, fueron los trabajos de Gómez Moreno(1) en la primera mitad del siglo XX.

            La principal aportación de Gómez Moreno, fue el descubrimiento de que el alfabeto ibérico era en realidad un silabario, como el chipriota, al que se añadieron con posterioridad las vocales y algunas consonantes (Figura 2), y a partir de este momento pudieron diferenciarse las inscripciones meridionales ibérica-levantina de la celtibérica, y las septentrionales sudlusitana e ibérica meridional. Este desciframiento de la escritura ibérica levantina ha permanecido inmutable hasta la actualidad, con la única incógnita de la transcripción de un símbolo en forma de “Y” o “T” interpretado tradicionalmente como M o N.


Figura 2.- Alfabeto ibérico.

Estos descubrimientos supusieron un cambio radical en el conocimiento de los pueblos y culturas prerromanas de la Península Ibérica. Hasta esos momentos prevalecía la teoría de Humboldt, quien había considerado que con anterioridad a la llegada de los romanos, la Península estaba habitada por un pueblo uniforme y homogéneo, los iberos, que compartían una cultura y lengua  común, cuyo heredero actual sería el idioma vasco. Las posteriores investigaciones de Julio Caro Baroja y Antonio Tovar mostraron un panorama mucho más complejo, con una serie de lenguas diferentes, a su vez subdivididas en distintas zonas geográficas (Figura 3).


Figura 3.- Mapa de las principales lenguas prerromanas de la Península Ibérica.

Estos principales grupos de lenguas serían:

1.- El utilizado en una extensa región que incluiría el sistema central, la meseta y el Noroeste peninsular, donde convivían lenguas célticas pertenecientes a la familia indoeuropea, emparentadas con lenguas actuales como el bretón o el galés.

2.- El Ibérico propiamente dicho, de origen semítico, probablemente emparentado con otros sistemas silábicos como el etrusco y el griego primitivo, que se extendía por el sur y la costa mediterránea, siendo utilizado también fuera de esta área en regiones de cultura céltica, posiblemente como “lengua franca”.

3.- El utilizado en un área que comprendería el suroeste peninsular, de origen desconocido, y que algunos autores vinculan  a  la cultura de Tartésica.

A estos grupos habría que añadir el lusitano, propuesto por D. Antonio Tovar para el oeste peninsular, con escasas inscripciones conocidas, todas muy tardías y que usan ya el alfabeto latino, y el vasco, única lengua prerromana conservada (con numerosas adiciones y modificaciones) en la actualidad.

Paradójicamente, es a partir del desembarco en el 218 a.C. del  ejército de Cneo Cornelio Escipión en Ampurias, momento considerado como el inicio de la presencia romana en la Península, cuando se produce una mayor difusión de la escritura ibérica, surgiendo textos ibéricos donde antes no los había, y a partir de este momento se producen la mayor parte de las emisiones monetales ibéricas. Es importante no confundir la lengua utilizada con el tipo de escritura empleada para su comunicación escrita (los diferentes idiomas español, alemán, inglés, francés… usan prácticamente las mismas letras para escribir) y las regiones de habla celta adoptaron sin dificultad el tipo de escritura ibérica al entrar en contacto con este pueblo de cultura más evolucionada. El problema entonces es identificar los lugares donde encontramos la escritura ibérica, con zonas donde se hablara dicho idioma, tal como evidencia el Prof. De Hoz (1988): “Los habitantes de Oxyrhynchos en época greco-romana eran básicamente egipcios y egipcio era lo que se debía escuchar en la calle con mayor frecuencia, pero sus textos están en griego; en gran parte de Aquitania en época imperial se hablaba vasco, pero las inscripciones son latinas; en el reino de León en la alta edad media se hablaba leonés, castellano y árabe, pero los documentos estaban escritos en latín, que nadie hablaba”.
               
Notas:


(1) Gómez-Moreno, M., (1922). De epigrafía ibérica: el plomo de Alcoy. Rev. de Filología Española 9: pp. 34-66; (1943). La escritura ibérica y su lenguaje. Bol. Real Academia de la Historia  CXII,II, 251-278        

viernes, 10 de abril de 2015

El cauri, la primera moneda de China.

El cauri, la primera moneda de China.
Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 65(1180) (Diciembre 2009): pp. 46-47.

Miguel Ibáñez Artica

            Actualmente, China y la India concentran el 40% de la población mundial, mientras que si sumamos los habitantes de América del Norte (EEUU, Canadá y Méjico), junto con los de toda la Unión Europea, apenas suponen el 13 % de la población del Planeta. A pesar de ello, durante los últimos siglos, los avances de la civilización se han concentrado en Occidente, y por este motivo estos dos países orientales han pasado bastante desapercibidos. Sin embargo el siglo XXI puede dar una importante sorpresa y cambiar drásticamente la configuración económica y social del Planeta con el despertar de los dos gigantes asiáticos.

            A pesar de que China se incorporó relativamente tarde a la Edad de Hierro, durante el período de los Estados Combatientes (481-256 a.C.), muchos descubrimientos de la antigüedad, como la seda, el papel, la pólvora o la porcelana, se realizaron en este país, también aquí surgieron las primeras monedas metálicas y los primeros billetes. Mientras en el siglo VII antes de nuestra Era, en la antigua Grecia se comenzaba a utilizar por vez primera la moneda metálica, en China ya se escribía sobre la moneda (Kuan Tzu, 645 a.C.). La principal fuente de información sobre la historia antigua de China procede de las crónicas escritas, y tan solo en tiempos relativamente recientes estas informaciones van siendo corroboradas y ampliadas por los registros arqueológicos(1) (Figura 1).


Figura 1.- Cronología de las primeras dinastías de China.

            Respecto a la moneda, los objetos más antiguos conocidos utilizados con este fin fueron las conchas de un pequeño caracolillo del grupo de las porcelanas(2),  llamado vulgarmente cauri (Figura 2), y que pertenece a  las especies Monetaria moneta y M. annulus. La palabra “pei” (= cauri), aparece ya en las inscripciones de oráculos sobre caparazones de tortuga y huesos de buey de los siglos XIV-XI a.C., y en 1953 se descubrieron caurís de bronce en las tumbas Yin (dinastía Snahg, 1600 a 1046 a.C.) en An-Yang, actual provincia de Honan.


Figura 2.- Las dos especies utilizadas como moneda, Monetaria moneta (L. 1758) y M. annulus (L. 1758) se diferencian bien en vivo, pero es más complicada su identificación en ejemplares antiguos completamente decolorados. La clasificación se complica al existir híbridos de ambas especies con caracteres intermedios.

            En varias ocasiones, los cauris son citados en las inscripciones que decoran algunos antiguos recipientes de bronce, así por ejemplo, sobre uno para guardar vino de la dinastía Zhou (siglo X a.C.),  encontramos la leyenda: “El rey vino a visitar al duque y le regaló 50 ristras de cauris, el duque por su parte dio 20 ristras a su hijo primogénito Xiao, y en agradecimiento Xiao hizo este recipiente. Sus descendientes pueden guardarlo para siempre como un precioso tesoro”, en otra vasija de tipo “Fang Yi” de la misma época se puede leer: “Shu Pi ha recibido la ofrenda de conchas de cauris de la esposa del rey y las ha utilizado para hacer este precioso recipiente ritual”, y finalmente otro ejemplo lo encontramos en un recipiente de vino tipo “You” del siglo X a.C., que lleva la inscripción: “En el día Yimao de la fase de luna creciente del sexto mes del año, se encontraba el rey de los Zhou entre los Chengchou y mandó a los Feng ir a la zona de los Yin, donde recibieron cauris de metal. Los ha utilizado para fabricar este precioso recipiente para su padre” (Hofrichter, 1993), de un total de 162 inscripciones en bronce con referencias a la corte de los Zhou, 21 contienen menciones a donaciones de cauris.

            Las evidencias arqueológicas confirman el uso de cauris al menos desde el período Shang (1600-1050 a.C.) y especialmente durante los Zhou Occidentales (770-256 a.C.). Al principio se utilizaron para regalos y como objetos de prestigio, comparables a las piezas de jade, tal como aparecen en depósitos funerarios. Agrupados en grupos de 10 unidades, denominados “peng”, cuyo pictograma se ha identificado como la unión de dos grupos de 5 caurís, gradualmente se establecieron como unidad de valor recibiendo la denominación de “huo bei” o caurí monetario. Con el fin de poderlos ensartar en una cuerda para así transportarlos con más comodidad, se practicaba un orificio en la parte superior de la concha(3), y así es como aparecen en los hallazgos (Figura 3).

            Los cauris se utilizaron especialmente en la provincia de Yunnam(4), en el lejano sur, donde han sido hallados 260.000 ejemplares en diversas tumbas anteriores al período Quin-Han, y aunque su uso disminuyó drásticamente bajo el gobierno de los últimos Han, su circulación se recuperó posteriormente(5), para desaparecer de la región con la imposición imperial del año 1578 d.C., que prohibió su empleo como moneda tras más de tres milenios de uso como tal. Curiosamente, hacia esta época, los europeos comenzaron a utilizar cauris en forma masiva para adquirir esclavos en la costa africana del Atlántico, esclavos que en los siglos posteriores serían enviados al continente americano. En el valle del río Amarillo los cauris tuvieron su apogeo entre las dinastías  Shang y el período de las “Primaveras y Otoños”  (desde el 1600 al 481 a.C.), disminuyendo en la Llanura Central  durante el período de los Reinos Combatientes y desaparecieron bajo las dinastías Quin y Han.


Figura 3.- Cauris utilizados como moneda, China, dinastías Xia-Shang (2.200-1.122 a.C.).

            Las imitaciones de cauris en bronce, surgieron a finales del período Shang (hacia el 1100 a.C.), anteriormente, ante la escasez de cauris originales y la gran demanda producida al aumentar las actividades comerciales, se habían fabricado en piedra, cuerno, jade y madera, e incluso recortando otros tipos de conchas y fabricando con el nácar de las mismas imitaciones de cauris, estas monedas de imitación abundaron hacia la mitad del período Shang y sobre todo al comienzo de los Zhou, frecuentemente en los mismos yacimientos arqueológicos aparecen juntos verdaderos cauris de origen marino y sus imitaciones. Las imitaciones en bronce supusieron un importante salto cualitativo, ya que por vez primera los objetos utilizados como moneda no eran elementos creados por la naturaleza, sino fabricados artificialmente por el hombre, y los primeros registros arqueológicos de estas piezas corresponden a la ciudad de Yin perteneciente a la dinastía Shang. Las posteriores imitaciones de cauris en bronce conocidas como “ant-nose” o “cara de fantasma”, fueron la principal moneda de Chu siendo corrientes a partir de finales del período de los “Reinos Combatientes” (480-221 a.C.), hasta ese momento se seguían utilizando los cauris verdaderos.

Notas:

 (1) Algunos autores ponen fecha al comienzo de la arqueología en China en 1920, cuando el Museo Histórico de Pekín expuso los materiales hallados en las excavaciones de la ciudad de Chü-lu hsien, sumergida por el fango en el año 1108.

(2) La palabra “porcelana” procede del término latino “porci” o “porculi” (cerdito), que derivó en el francés porcelaine.

(3) En el período medio de la Dinastía Shang, se hacía una pequeña perforación en la concha, mientras que a finales de dicho período se seccionaba una parte grande de la concha (Thierry, 1997).

(4) Recientemente (Yang, 2004), se ha propuesto que los caurís utilizados en la provincia de Yunnam procederían de las Islas Maldivas, y que su uso como moneda derivaría de una tradición anterior de la India y de otras zonas continentales del sudeste asiático.

(5) Su uso en la Edad Media queda perfectamente documentado en los escritos de Marco Polo en el siglo XIII (Ibáñez, 2008).
 
Bibliografía:

Hofrichter, P., 1993. Kauris Kuturgeschichte. En. 25 Jahre. Hansseatische Münzengilde. Hamburg: 127-222.

Ibáñez, M., 2008. Aportaciones numismáticas en la obra de Marco Polo II: Cauris y monedas de los muertos. Eco Filat. y Numism. (2008), 64(1166): 44-45.

Peng, K. & Y. Zhu, 1995. New Research on the Origins of Cowries Used in Ancient China. Sino Platonic Papers 68. Philadelphia.

Thierry, F., 1997. Monnaies chinoises. I L’Antiquité préimpériale. Bibliothèque Nat. France. París: 308 pp. + 74 lám.

Yang, Bin, 2004. Horses, Silver, and Cowries: Yunnan in Global Perspective. Journal of World History 15(3): 281-322.

Yung-Ti, Li, 2003. On the Function of Cowries in Shang and Western Zhou China. Journal of East Asian Archaeology 5(1/4): 1-26.

*Con posterioridad a la fecha de este artículo, se ha publicado la importante contribución de F. Thierry (2011): "Origine e sviluppo del sistema monetario cinese tradizionale". Rivista Italiana di Numsmatica e Science Affini 112: 57-104.
Puede consultarse en red en:


jueves, 2 de abril de 2015

Peniques escoceses del siglo XV en los ritos funerarios hispanos.

Peniques escoceses del siglo XV en los ritos funerarios hispanos.
Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 56(1076) (Junio 2000): p. 48.

Miguel Ibáñez Artica


Monedas singulares VI: Peniques escoceses del siglo XV en los ritos funerarios hispanos. (Junio, 2000). Eco Filat. y Numism. 56(1076): p. 48.

En los hallazgos monetarios asociados a enterramientos del siglo XV son muy frecuentes unas pequeñas monedas de cobre, que durante mucho tiempo han constituido un enigma en cuanto a su procedencia. Se trata de monedas en cuyo anverso figura un globo superado con una cruz con la leyenda “IACOBVS REX” y en el reverso una cruz inscrita en una doble orla cuadrilobular y la leyenda “CRVX PELLIT OE CRI”.


Peniques escoceses utilizados como “óbolo de Caronte”.

En el siglo pasado estas monedas se atribuyeron a Jaime II de Aragón (1291-1327) durante el período de expansión aragonesa por el Mediterráneo, pero en 1919, a partir del descubrimiento de 51 monedas de este tipo entre más de doscientas mondas escocesas halladas en la abadía de Crosraguel (Escocia) quedó establecido su origen, atribuyéndose posteriormente al rey Jaime III de Escocia (1460-1488), datos que concuerdan mejor con las características epigráficas de las leyendas.

Respecto a la leyenda del reverso, se basa en un himno del poeta calagurritano Prudencio (348-415): Crux pellit omne crimen (Cathemerinon, libro IV), cuya traducción “la Cruz ahuyenta todos los males” encaja muy bien con la finalidad que se dio a estas monedas al usarlas en los ritos funerarios.

Una vez establecido su origen escoces, se pudo comprobar que estas monedas aparecían con cierta frecuencia en Bélgica (26 ejemplares estudiados), e incluso se encontraron piezas emitidas a nombre de “Carolvs”, proponiéndose en 1983 que muchos ejemplares de los hallados eran imitaciones de la moneda escocesa, realizadas en los Países Bajos.

Por ahora los hallazgos de esta moneda publicados en España se centran en la zona de Navarra y País Vasco (Oyarzun: 76 ejemplares, Guetaria: 26 ejs.; Tudela: 7 ejs.; Lasarte: 6 ejs.; Lezo: 4 ejs. y Ujué con un número indeterminado).

Es de suponer que conforme se progrese en las excavaciones arqueológicas controladas, surjan más ejemplares que permitan determinar la distribución geográfica que tuvo este singular tipo monetario, que durante la segunda mitad del siglo XV circuló en nuestro territorio junto con otras monedas foráneas, especialmente con los ceitiles portugueses de Alfonso V.


Una de las posibles explicaciones de la presencia de estos tipos monetarios, es que tanto los peniques escoceses como los ceitiles portugueses se acuñaron en cobre puro, mientras que el resto de las monedas “negras” de la época llevaban algo de plata, en mayor o menor cantidad, y siguiendo una conocida ley de que la moneda mala elimina a la buena, la introducción de moneda de cobre se vio compensada por la salida de la moneda autóctona peninsular con liga de plata. La aparición de monedas portuguesas y escocesas no refleja en realidad un intercambio comercial con dichos países sino un comercio fraudulento de monedas, que se trasladaban de unos lugares a otros, las que tenían plata, se exportaban para fundir y las de cobre se importaban para sustituir a las anteriores.