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miércoles, 1 de abril de 2026

El cincuentín navarro de 1652

 

El cincuentín navarro de 1652. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 58 (1097) (Mayo, 2002): pp. 44-45.

 

Miguel Ibáñez Artica

 

Recientemente (en 2002) ha sido puesto a la venta en la casa “Numismatica Ars Classica” de Zurich (Suiza) un cincuentín navarro, por este motivo merece la pena realizar algún comentario sobre esta singular y rara moneda.

Las mayoría de las emisiones navarras en plata de Felipe IV se realizaron en 1651 y 1652, a partir de las monedas faltas de peso de ocho y cuatro reales de Perú, retiradas de la circulación a finales de 1650  (Archivo General de Navarra. Sección de Moneda, pesos y medidas, Legajo 1º, carpeta 15).

Las emisiones de 1651, 1652 y 1653 llevaban la leyenda “Castelle et Navarre”, lo cual provocó una encendida protesta de las Cortes del Reino de Navarra, que solicitaron la supresión del término “Castilla” en las leyenda monetales, así como que figurase tan sólo “Navarre Rex” en las monedas acuñadas en Pamplona (Nov. Recopilacion (1735) Lib. V, tít. VI, Ley XII). Las protestas fueron tenidas en cuenta, y se recogieron posteriormente en las emisiones de 1658 y 1659, donde ya no aparece ninguna alusión al reino de Castilla. De hecho, en las monedas de oro (ocho escudos) y plata (cincuentín) de 1652 ya aparece la nueva leyenda “Navarre Rex”, y el cuño de la pieza de ocho reales de 1653 con la leyenda antigua, que se conserva en el Museo de Navarra, se encuentra sin usar, no conociéndose ninguna moneda con esta fecha. Posiblemente a pesar de estar ya el cuño preparado (probablemente los correspondientes a los años 1651, 1652 y 1653 se fabricaron a la vez, a finales de 1650 o en 1651), no se llegó a utilizar, al modificarse la leyenda de las monedas durante el año 1652. Por el contrario durante 1652 siguieron acuñándose con la leyenda antigua (Castelle et Navarre) monedas de medio, uno, dos y cuatro reales de plata.

Figura 1.- Cincuentín navarro conservado en el Museo de Navarra.

 

En algún momento indeterminado del año 1652 se acuñan en Navarra las monedas más espectaculares de toda su historia, las piezas de ocho y cuatro escudos de oro,  y la de cincuenta reales de plata o cincuentín. Si bien las dos primeras no llevan año de emisión, y no se ha encontrado de momento ninguna referencia documental al año de su fabricación, bien podemos situarlas en torno a esta época.

Con respecto al cincuentín, el ejemplar ofertado recientemente en Suiza es el mismo que se vendió el 30 de abril de 1981 en una subasta de la madrileña casa Numinter, y en el catálogo de la firma helvética (nº 22 de marzo del 2002), se aportan interesantes datos sobre la composición metalográfica del cincuentín navarro, que presenta una pureza en plata de más del 95%. Con respecto al método utilizado para la fabricación de esta singular pieza, se ha sugerido repetidamente que dada la imposibilidad de disponer en la ceca de Pamplona de una técnica que permitiera la acuñación de estas grandes monedas (técnica que existía en la casa de moneda de Segovia donde se emitieron la mayor parte de cincuentines) la fabricación del mismo se hizo por fundición, utilizando como moldes los cuños. Sin embargo, en el cincuentín que se conserva en las colecciones del Museo de Navarra, y que proviene del antiguo monetario de la Catedral de Pamplona, se observan claras señales de “repintado” es decir de doble acuñación. Por lo que podemos suponer que estas piezas en realidad se acuñaron, sobre cospeles fabricados por fundición y probablemente fuertemente recalentados para aumentar su maleabilidad y facilitar así su acuñación.

Figura 2.- Cuño de anverso del cincuentín, conservado en el Museo de Navarra.

 

Tal como se puede observar en la pieza conservada en el Museo de Navarra, con posterioridad a la acuñación, las letras fueron retocadas manualmente con el fin de conseguir una estilización y una mejor presentación, retoque que no se hizo en la moneda puesta a la venta recientemente.

Desconocemos por completo las circunstancias y número de piezas fabricadas en Pamplona del singular cincuentín navarro, es de suponer que este tipo de monedas en la práctica no llegaron a circular como moneda, sino que fueron utilizadas para obsequios a personajes importantes, cumpliendo una función más medallística que numismática, si bien se trata de verdaderas monedas, cuando menos desde la perspectiva teórica. Hay que suponer por tanto una corta emisión, y un tratamiento artesanal e individualizado para cada una de las piezas fabricadas.

 

Artículo original:





martes, 1 de julio de 2025

Las emisiones monetarias fabricadas con moldes. I Roma y la Galia Celta.

 

Las emisiones monetarias fabricadas con moldes. I Roma y la Galia Celta. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 81 (1340) (Abril, 2025): pp. 46-49.

 

Miguel Ibáñez Artica

 



            Desde que en el siglo séptimo antes de nuestra Era se produjeron las primeras monedas en el reino de Lidia en la península de Anatolia (Figs. 1a, b), la técnica de fabricación utilizada originalmente fue la conocida como “acuñación a martillo”,  consistente en colocar un disco de metal (cospel) entre dos cuños, y tras dar un fuerte golpe con un martillo sobre uno de ellos, la imagen grabada en negativo en los cuños se transfiere en positivo al cospel (Fig. 1e).

Esta metodología de elaboración de monedas rápidamente se expandió por el Mediterráneo, primero en las ciudades griegas (Figs. 1c, d) y en el imperio persa, y posteriormente fue utilizada por otros pueblos y civilizaciones, experimentando con el tiempo mejoras técnicas como la utilización de diferentes tipos de prensas y maquinaria, que sustituyeron al original golpe de martillo, aumentando así progresivamente la eficacia del proceso de fabricación de la moneda hasta llegar a nuestros días (Fig. 1f).

 


Figura 1.- Acuñación “a martillo”.

a: Cuño de anverso con la imagen de una cabeza de león, Reino de Lidia siglo VII a.C.; b: Estátera de electro (aleación de oro y plata) de Lidia; c: Cuño para fabricar tetradracmas atenienses, s. V a.C.; d: Tetradracma ateniense. S. V a.C.; e: Representación de un operario acuñando monedas “a martillo” en un jetón alemán de 1560; f: Acuñación con maquinaria a finales del s. XIX.

 

            Sin embargo en las emisiones antiguas, los cospeles, es decir los discos metálicos sobre los que se produce la acuñación que los convierte en monedas, se fabricaban en moldes, vertiendo el metal fundido (oro, plata o bronce) en pequeñas oquedades redondas practicadas en la piedra o en arcilla. Esta primitiva metodología de fabricación de cospeles pervivió hasta la Edad Moderna, y una de las escasas cospeleras de esa época que han llegado hasta nosotros se conserva en el monetario del Museo de Navarra (Fig. 2).

 


Figura 2.- Cospelera de época moderna (Museo de Navarra nº 20.371).

 

            Si bien la mayoría de las monedas que se han fabricado en occidente desde la antigüedad hasta nuestros días son piezas acuñadas, durante algunas épocas, en ciertos lugares y bajo determinadas circunstancias, también se han producido emisiones monetarias utilizando un método diferente, vertiendo el metal fundido en un molde, de forma que tras el enfriamiento y solidificación del mismo se crea la moneda. A pesar de que la fabricación con moldes resulta aparentemente más sencilla que la técnica de acuñación, ha sido mucho menos utilizada en occidente. Uno de los inconvenientes es que las monedas fundidas presentan los relieves menos marcados y un aspecto más burdo. Resulta muy difícil reproducir en ellas los minuciosos detalles que suelen presentar las monedas acuñadas.

 

Monedas romanas fundidas del siglo tercero antes de nuestra Era.

            En algunas colonias griegas ya se habían fabricado objetos de uso monetario utilizando moldes en los que se vertía bronce fundido, por ejemplo en Istros, colonia milesia en la orilla del Mar Negro, muy cerca del delta del Danubio, entre los siglos sexto y quinto antes de nuestra Era se fabricaron pequeñas puntas de flecha utilizadas como moneda (Fig. 3a). En las mismas fechas en otra ciudad griega cercana a la anterior, Olbia, ubicada en la desembocadura del río Dnieper, se produjeron grandes cantidades de pequeñas piezas con aspecto de delfín (Fig. 3b) utilizadas también como moneda. Finalmente en la antigua colonia griega de Acragante (actual Agrigento al sur de Sicilia) a mediados del siglo quinto antes de nuestra era, se emitieron de forma puntual algunas piezas de bronce fundido con formas irregulares, que convivieron con las monedas de plata (dracmas, tetradracmas...) acuñadas en la ciudad. Estas monedas de forma piramidal o bien ovalada presentan en relieva las figuras de un águila y un cangrejo (Fig. 3c), este último, animal totémico de la ciudad, o bien una cabeza de águila y una pinza de cangrejo (Fig. 3d).

            Con respecto a la Península Itálica, aunque la moneda de plata griega ya se conocía en la zona desde tiempo atrás, los romanos a comienzos del siglo tercero antes de nuestra Era fabricaron con moldes unos pesados lingotes de bronce de unos 1.700 gramos, denominados Aes signatum, utilizados en las transacciones comerciales como moneda (Fig. 3e).

En una segunda fase se desarrolló un sistema monetario basado en el denominado Aes rude (Fig. 3f), una moneda redonda fabricada en molde con un peso de una libra (324 gramos) y un diámetro de unos 70 mm, emitiéndose también diferentes divisores como el Semis (Fig. 3g) equivalente a medio as, el Triens (Fig. 3h) con valor de un tercio, el Quadrans (Fig. 3i) igual a un cuarto de as, el Sextans (Fig. 3j) con valor de un sexto de As, la Uncia (Fig. 3k) o doceavo de as y la Semiuncia (Fig. 3l) equivalente a 1/24 ases. La principal causa de que se utilizara la técnica de fabricación con moldes, fue que estas piezas tan grandes eran muy difíciles de producir por la técnica de acuñación a martillo.

            La crisis generada por las derrotas romanas frente a los cartagineses durante la segunda guerra púnica repercutió en la moneda, que hacia el 218 a.C. redujo su peso a la mitad, de forma que el nuevo as, denominado ahora semilibral, tenía un peso de 163,5 gramos. En esos momentos se fabricó mediante fundición en molde la moneda de mayor tamaño emitida en la Edad Antigua, con 110 mm de diámetro y algo más de un kilogramo de peso, con valor de diez ases y denominada Decussis (Fig. 3m), que lleva en el anverso el busto de Roma y en el reverso una proa de nave de guerra con la marca de valor “X” encima. En sucesivas devaluaciones la moneda romana fue perdiendo peso de forma que el as, que inicialmente tenía el peso de una libra (324 gramos) terminó a mediados del siglo segundo a.C. con el peso de una uncia (27 gramos), y durante este proceso de reducción de tamaño y peso, se modificó también la técnica de fabricación utilizada, abandonando la fusión con moldes y volviendo a las técnicas de acuñación que se utilizaron desde entonces en la moneda romana.

            Hasta comienzos del siglo III a.C. los ases, tanto romanos como las imitaciones hispanas, se fabricaron por fusión en moldes múltiples bovalvos, mientras que los semises, de menor tamaño y peso, eran producidos mediante el proceso de acuñación ya desde tiempo atrás.

 

Figura 3.- Monedas griegas y romanas fundidas.

Monedas griegas:

a: Moneda con aspecto de flecha, Istria, s. VI-V a.C.; b: Moneda con forma de delfín, Olbia, s. VI-V a.C.; c y d: Monedas con forma irregular de Akragas  (Agrigento, Sicilia), 450-400 a.C.

Monedas romanas:

e: Aes signatum, s. III a.C.; f: Aes Grave; g: Semis; h: Triens; i: Quadrans; j: Sextans; k: Uncia; l: Semiuncia; m: Decussis con valor de diez ases semilibrales (218-201 a.C.).

 

Los potines celtas del siglo I a.C.

            En época de la república romana, la Galia estaba integrada por una vasta región donde habitaban hasta sesenta pueblos diferentes, que incluía los actuales territorios de Francia, Bélgica, Luxemburgo, Suiza y una pequeña parte de los territorios ubicados en el norte de Italia y Alemania. Desde el punto de vista numismático podríamos añadir a estos pueblos celtas, el sur de Gran Bretaña, donde también se fabricaron monedas fundidas  en el siglo primero antes de nuestra Era.

            Las primeras emisiones monetarias de esta región tuvieron lugar en la colonia griega de Massalia (actual Marsella) durante el siglo VI a.C. donde se acuñaron dracmas y óbolos de plata. Con posterioridad el uso de la moneda se extendió por los pueblos vecinos del valle del Ródano, y la moneda típicamente gala surgió hacia el siglo cuarto antes de nuestra Era, desarrollándose con características propias, primero con el comercio con los griegos y más tarde por las relaciones comerciales establecidas entre los diferentes pueblos celtas de la Galia. En las primeras emisiones se imitó, a veces en forma muy burda, el diseño de las monedas macedónicas de Filipo II y Alejandro Magno (Fig. 4a), utilizando como modelo las monedas de oro que habían traído los mercenarios galos. Cada uno de los pueblos emitía su propia moneda si bien las piezas acuñadas en metales nobles circulaban también en los pueblos vecinos.

Si comparamos las emisiones monetarias de la Galia con las producidas en la Península Ibérica durante los dos últimos siglos anteriores a nuestra Era, podemos observar una mayor heterogeneidad y diversidad, tanto en los patrones metrológicos como en los iconográficos, de las monedas emitidas en el territorio de la Galia celta frente a una cierta homogeneidad metrológica (siguiendo los patrones romanos del denario, as y sus divisores) e iconográfica (jinete lancero, con espada, con palma...) en la Península. Otra gran diferencia es que en la Galia se acuñaron grandes cantidades de monedas de oro (Fig. 4), especialmente a partir del siglo segundo antes de Cristo, a partir de las ricas minas de metal aurífero de la región, mientras que en Hispania, a pesar de contar con yacimientos en el noroeste peninsular, no llegó a fabricarse moneda de oro indígena.

 


Figura 4.- Ejemplos de monedas de oro acuñadas en la Galia.

a-d: Estáteras (a y b: Región armoricana; c y d: Senones); e: Hemiestátera (Galia Belga); f: Un cuarto de estátera (Andecavi, Angers).

 

            Los motivos inspirados en las monedas greco-macedonias y posteriormente en las monedas romanas fueron evolucionando acomodándose  al arte celta, transformándose en motivos geométricos de alto contenido simbólico. Hasta hace poco se consideraban estas monedas como de “arte degenerado” al compararlas con la iconografía realista de otras emisiones contemporáneas (por ejemplo de la moneda ibérica), pero en la actualidad se interpreta como un arte singular, que huye del realismo, presenta un gran contenido simbólico y destaca los elementos ornamentales sobre los motivos principales, poniéndolo en relación con algunas corrientes artísticas contemporáneas como el arte abstracto.

            Entre los siglos cuarto y primero antes de nuestra Era convivieron diferentes tipos de monedas acuñadas en oro, plata y bronce, así como unas singulares emisiones en aleación de cobre, plomo y estaño denominadas “potin” que se fabricaban fundiendo la mezcla de metales y vertiéndola en un molde bivalvo donde podían obtenerse varias piezas a la vez en lo que se conoce como “árbol de fundición”, del que posteriormente se recortaban las monedas. En algunos casos, el corte se realizaba sobre la “rama” o canal que comunicaba unas monedas con otras, de forma que parte de esa “rama” sobresale de la moneda (Figs. 5a y e).

            La adición de plomo y estaño al cobre rebajaba su punto de fusión, de forma que se tardaba menos tiempo en fundir el metal y también en solidificarlo, acelerando así el proceso de fabricación. Los moldes se elaboraban en arcilla como los hallados en el territorio de los Suesiones (excavaciones en Villeneuve-Saint Germain,  región de Picardía, Francia), en bronce como el hallado de manera fortuita en Romenay  en la región de Borgoña (Fig. 5a), o incluso en madera..

 


Figura 5.- Los potines de la Galia.

a: Molde para fabricar potines de los sécuanos hallado en Romenay en el año 2009.

b: Potines fabricados por diferentes pueblos de la Galia en el siglo I a.C.

 

            Los potines se emitieron por diferentes pueblos distribuidos por toda la Galia, si bien aparecen con mayor abundancia en la región septentrional (Fig. 5b) y tuvieron una difusión local, circulando como monedas de pequeño valor para satisfacer las necesidades cotidianas de las poblaciones que habitaban en las villas galas. La mayoría de estas monedas fundidas son anepígrafas, lo cual dificulta mucho su atribución, que se basa en la distribución geográfica de los hallazgos realizados, ya sea de carácter fortuito, como especialmente en excavaciones arqueológicas oficiales.

            Los motivos que presentan son muy variados, animales como el jabalí, el caballo, el lobo o el águila, todos ellos muy esquematizados, bustos humanos, personajes en diferentes actitudes, símbolos celtas, figuras geométricas, etc... Para su sistematización, los numismáticos galos establecen diferentes tipos en función de las imágenes representadas, por ejemplo “tipo cabeza gruesa”, “cabeza de indio” (Figs. 6a, c, g), “cabeza diabólica”, “cabeza con casco” (Fig. 6e), “guerrero corriendo” (Fig. 6d). “personaje de frente” (Fig. 6f), “con caballo” (Fig. 6h, l), “con jabalí” (Fig. 6i), “con esvástica” (Fig. 6j), “con rama” (Fig. 6b), “con animales enfrentados” (Fig. 6k), etc...


Figura 6.- Ejemplos de diferentes tipos de potines.

a: Tipo “cabeza de indio”, Leucos; b: Tipo “con rama”, Nervios: c: Tipo “cabeza de indio”, Remos; d: Tipo “guerrero corriendo”, Nervios; e: Tipo “cabeza con casco”, Nervios; f: Tipo “personaje de frente”, Remos; g: Tipo “cabeza de indio”, Senones; h: Tipo “con caballo”, Suesiones; i: Tipo “con jabalí, torqués y glóbulos”, Suesiones; j: Tipo “con esvástica”, Suesiones; k: Tipo “pájaro y animales enfrentados”; l: “Tipo con caballo”, región de París.

 

            Estas monedas fundidas o potines circularon principalmente durante el siglo primero antes de nuestra Era, comenzando su desaparición tras la conquista del territorio por parte de Julio César en el año 51 a.C. siendo sustituidas paulatinamente por la moneda romana en los primeros años del Imperio aunque todavía aparecen en las excavaciones de santuarios galo-romanos. Excepcionalmente también encontramos monedas celtas de la Galia, tanto de oro como de plata, fabricadas en moldes (Fig. 4d).

            Podemos mencionar también unas pequeñas ruedas, a veces simples anillos, o bien con radios, frecuentemente cuatro y en otros casos seis u ocho, utilizadas en época celta y galo-romana, fabricadas con moldes, generalmente con aleaciones de bronce y plomo, o exclusivamente de plomo, e incluso en casos excepcionales en metales preciosos, y que han sido interpretadas por algunos autores como monedas o premonedas.

            Estos objetos se convirtieron en exvotos a partir del siglo primero a.C., encontrándose a veces en grandes cantidades en los santuarios junto con monedas y armas inutilizadas.


Figura 7.- Ruedas galas.

 

domingo, 1 de junio de 2025

El castigo por falsificar moneda en Navarra durante la Edad Media

 

El castigo por falsificar moneda en Navarra durante la Edad Media. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 80 (1339) (Mayo, 2024): pp. 48-49.

 

Miguel Ibáñez Artica

 


 




            La falsificación de moneda es tan antigua como la misma moneda, y en Navarra se remonta a las abundantes emisiones de denarios forrados de las cecas vasconas de BASKUNES y ARSAOS del siglo primero antes de nuestra Era (Fig. 1a). Algo más tarde se fabrican monedas con un recubrimiento de plata obtenido mediante la técnica de amalgamamiento con mercurio en falsificaciones de dirhams musulmanes y dineros del monarca Sancho V Ramírez en el siglo XI (Fig. 1b).

 

Figura 1.- Denarios ibéricos forrados (a) y monedas musulmanas y cristianas de Sancho V Ramírez falsificadas mediante amalgamamiento con mercurio (b).

 

            Las informaciones sobre falsificación de moneda son abundantes en la documentación navarra medieval, por ejemplo en 1337, dos caballeros son robados en Roncesvalles mientras dormían. Les son sustraidos 12 gruesos torneses blancos (Fig. 1a) y en su lugar se colocan 16 de estaño (Fig. 1a’).  Al llegar a San Juan de Pie de Port, los caballeros se dan cuenta del engaño y denuncian la sustitución de las monedas al castellano de la ciudad, éste sale hacia Valcarlos donde detiene a Johan Sánchiz, quien confiesa la “robería” y que sabe hacer moneda falsa, siendo por ello ahorcado en el castillo (AGN, Registro 381 de 1337).

 

            Nuevamente encontramos referencias a detenciones por falsificación de moneda en 1340 y 1343, en este último caso es detenido un platero de Pamplona llamado Pedro de Viscarret, que es encerrado en el castillo de Tudela, y trasladado después a Estella donde aún permanecía en 1347.

 

            En coasiones se producen acusaciones falsas, tal como se señala en la multa que debe pagar en 1344 Davit “el cirurgico” por llamar “monedero et falsificador de moneda” al judío Ezmel Chico, y en ocasiones estas falsas denuncias reciben severos castigos, como el impuesto al maestre Jacques Licras: “lo dit maeftre Jaques fue llevado por las rues mayors de Pamplona... lo dit maeftre Jaques fu rastrat et li fu tayllada la lengua al pe de la forca et ap fu enforcat”, es decir, le fue cortada la lengua y después ahorcado por haber acusado falsamente a Pedro de Lecumberri de falsificar moneda (AGN, Reg. 56, fols. 187v y 188).

 

Figura 2.- Grueso tornés de Luis IX de Francia (1226-1270) (a), y falsificación de época en estaño (b).

           

            Las falsificaciones realizadas en tiempos de Carlos II parecen afectar fundamentalmente a la moneda de oro castellana, en relación con las falsificaciones de moneda castellana realizadas en Aragón e introducidas en otros reinos por contrabandistas, mecanismo utilizado para desestabilizar la economía de los reinos enemigos como un étodo de guerra más. En 1374 es apresado un mozo castellano en Orduña al que se le encontraron cuatro doblas de plata sobredorada de Pedro I de Castilla, y en el año anterior el justicia de Tidela viajó a Tarazona para hablar con el obispo sobre “el fecho de la falsa moneda”, enviando un mensaje con el “libro de la moneda” incautado en casa de Sancho Ruiz, preso en Tarazona, ciudad que contaba con una larga tradición en la falsificación de moneda desde el siglo XIII.

 

El caso más espectacular se produce en 1362, cuando es ajusticiado en Tudela el falsificador Martín Martínez de San Vicente. Al cuplimiento de la sentencia “a facer cocer” asiste el justicia acompañado de nueve hombres a caballo y treinta a pie. Se emplean en la ejecución 16 cargas de leña para calentar el agua de la caldera, labor realizada por cuatro hombres. Una vez “muerto et cocho”, es ahorcado públicamente arrojándole a la cabeza la moneda falsa incautada (orden del 25 de enero de 1362, AGN, Reg. 101, fols. 65-67). Este tipo de ajusticiamiento sigue el modelo francés, donde el culpable de falsificacion era cocido en una caldera (Fig. 1c). Durante más de 500 años, hasta el 2017, en la fachada lateral del edificio denominado Waag, en la ciudad neerlandesa de Deventer, colgaba una caldera de cobre donde el año 1434 fue ajusticiado el Maestro de la Casa de la Moneda de Batenburgo al encontrar en su poder moneda falsa (Fig. 1d). Actualmente la caldera está expuesta en el museo de la ciudad.


Figura 3.- a: Escena de ajusticiamiento en un manuscrito medieval (c. 1294); b: Fachada lateral del edificio Waag en Deventer (Países Bajos) y detalle de la caldera donde se ajustició por falsificador al maestro de la moneda en 1434.

 

            También existen representaciones del castigo que le espera al falsificador de moneda en el otro mundo. En el lado derecho del tímpano de la abadía de la Santa Fe, de la comuna Occitana de Conques, entre los condenados al infierno, está representado un falsificador de moneda que sujeta un cuño, identificado como tal por llevar grabada la leyenda “CVNEVS”, con un demonio que emergiendo de las llamas le tira de las barbas (Fig.4). Esta representación del siglo XII evidencia la importancia que el delito de falsificar moneda tenía en la época.

 

Figura 4.- Iconografía románica del castigo al falsificador (Abadía de Santa Fe, Conques, Francia).

 

            Para finalizar, se conocen también falsificaciones de las monedas del Príncipe de Viana, en este caso son gruesos de cobre que llevarían un baño de plata (Fig. 5b). Estas monedas podrían haber sido fabricadas por los agramonteses, partidarios de rey Juan, con el fin de desprestigiar las buenas emisiones del Principe Carlos (Fig. 5a), durante la guerra civil que dividió al reino de Navarra entre los años 1451 y 1464.

 

 

Figura 5.- a: Grueso de Carlos, Príncipe de Viana; b: Falsificación de época en cobre.

 

viernes, 1 de noviembre de 2024

Heliogábalo y el meteorito de Emesa en las monedas.

 

Heliogábalo y el meteorito de Emesa en las monedas. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 80 (1338) (Abril 2024): pp. 48-51.

 

Miguel Ibáñez Artica


                Una de las piedras sagradas más conocidas en la antigüedad era la piedra negra que se veneraba en la ciudad de Emesa (actual Homs en Siria),  descrita por Herodiano (V, 3, 5) como una  enorme piedra negra con un extremo puntiagudo y una base redonda en forma de cono. Los fenicios sostienen solemnemente que esta piedra bajó de Zeus; señalando algunas pequeñas figuras en relieve, afirman que es una imagen en bruto del sol, porque naturalmente esto es lo que quieren ver”.

                La popularidad de esta piedra sagrada, tradicionalmente considerada como un meteorito, se debe al joven emperador Vario Avitio Basiano (Fig. 1b) de la dinastía severa, más conocido como Heliogábalo (218-222 d.C.).

Figura 1.- Heliogábalo y su familia.

a: Julia Maesa, abuela de Heliogábalo; b: Heliogábalo; c: Julia Soemias, madre de Heliogábalo.

 

Nacido en la ciudad de Emesa,  en la provincia romana de Siria, con apenas catorce años de edad ascendió al trono tras el asesinato de su tío Caracalla. Por instigación de su poderosa abuela Julia Maesa (Fig. 1a), cuñada del fundador de la dinastía Septimio Severo, consiguió desplazar a Macrino, que había sido elegido emperador por las tropas y ratificado por el senado.

 Cuando llegó a Roma, introdujo el culto al sol (Helios) como deidad principal,  construyendo un lujoso templo en la ladera del monte Palatino donde fue colocada la piedra negra que hizo traer desde Emesa(1), y durante el solsticio de verano, la gran piedra, recorría triunfalmente las calles sobre en un carro tirado por caballos, delante el emperador caminando de espaldas, con la mirada puesta en la piedra sagrada, dirigía el carro (Fig. 2):

En los suburbios de Roma, el emperador construyó un templo muy grande y magnífico al que todos los años en pleno verano llevaba a su dios. Organizó espectáculos lujosos y construyó pistas de carreras y teatros, creyendo que carreras de carros, espectáculos e innumerables recitales agradarían a la gente, que organizaba fiestas y celebraciones nocturnas. Colocó al dios del sol en un carro adornado con oro y joyas y lo sacó de la ciudad a las afueras. Un carro de seis caballos llevaba al dios sol, los caballos enormes y de un blanco impecable, con costosos adornos de oro y ricos ornamentos. Nadie llevaba las riendas y nadie iba en el carro; el vehículo era conducido como si el mismo dios del sol fuera el auriga. Heliogábalo  corría hacia atrás frente al carro, de cara al dios y sujetando las riendas de los caballos. Hizo todo el viaje de esta manera, de espaldas, mirando al rostro de su dios. Como no podía ver a dónde se dirigía, su ruta estaba pavimentada con polvo de oro para evitar que tropezara y cayera, con  los guardaespaldas situados a cada lado para protegerlo de lesiones. La gente corría paralela a él, portando antorchas y arrojando guirnaldas y flores. Las estatuas de todos los dioses, las ofrendas costosas o sagradas en los templos, los ornamentos imperiales y las valiosas reliquias fueron llevadas por la caballería y toda la Guardia Pretoriana en honor al dios sol. Después de sacar al dios y colocarlo en el templo, Heliogábalo realizó los ritos y sacrificios descritos anteriormente; luego, subiendo a las enormes y altas torres que había erigido, arrojó, indiscriminadamente, copas de oro y plata, ropa y telas de todo tipo a la multitud de abajo. También distribuyó todo tipo de animales domesticados excepto los cerdos, que, según la costumbre fenicia, rehuía”. Herodiano, Vol. V, 6, 6.

 

Figura 2.- Desfile de la piedra sagrada por las calles de Roma y representación de la misma en un áureo de Heliogábalo.

 

El nombre con el que se conoce a este emperador “Heliogábalo” deriva de la denominación de la deidad a la que se rendía culto en Emesa: “Elagabalus”, latinización del árabe Ilāh ha-Gabal, de ilāh ("dios") y gabal ("montaña"), es decir dios de la montaña. Sin embargo no parece que el emperador pretendiera expandir el nuevo culto de adoración a su dios personal con la finalidad de unificar el imperio.

                La piedra sagrada o betilo figura en numerosas emisiones realizadas en la ciudad de Emesa. Antes de Heliogábalo, durante el reinado de Antonino Pío (138-161 d.C.) la vemos representada con un águila posada en su cima que sostiene una corona en su pico (Fig. 3a). Posteriormente en las monedas de Caracalla (Fig. 3b), Heliogábalo (Fig. 3c) y del usurpador Uranio Antonino (Fig. 3d), vemos el betilo dentro del templo con pórtico hexástilo dedicado al dios-sol, imagen que permanece inalterada desde finales del s. II hasta mediados del s. III d.C.

                Una interesante representación en un denario de la ceca de Antioquia en tiempos de Heliogábalo, muestra la piedra detrás de un águila posada sobre un rayo, que sostiene una corona en el pico, rodeada por cinco estrellas (Fig. 3e), esta rara emisión pudo acuñarse en conmemoración del viaje de Heliogábalo desde Emesa a Roma en el año 219 d.C.

 

Figura 3.- Diferentes representaciones de la piedra sagrada de Emesa.

 

                La imagen más común de esta piedra, tanto en las monedas de oro como en las de plata y bronce es, sobre un carro tirado por cuatro caballos, representados frontalmente (Figs. 3h, i, j), o más frecuentemente en forma lateral (Figs. 3f, g), que hacen a alusión a las procesiones organizadas por Heliogábalo en Roma durante el solsticio de verano.

                La figura del carro lateral mirando a la derecha o a la izquierda la podemos ver en los áureos de Heliogábalo acuñados en Antioquía (Fig. 4a) y Roma (Fig. 4b), y también mirando a la derecha en los denarios de Antioquía (Figs 4d). Llama la atención en estas emisiones la presencia de cuatro objetos, interpretados como parasoles o “semeia” que rodean la piedra (Fig. 4c) y que también aparecen representados a los lados del betilo en vista frontal (Fig. 3h; Fig. 4d), o cuando éste se encuentra en el templo (Fig. 3b). En las provincias del Este, el pasarol era símbolo de riqueza mientras  en Siria se colocaban “semeia” entre las estatuas de los dioses.

                Más raras son las representaciones frontales, que aparecen en los dobles denarios de Heliogábalo (Fig. 3h; Fig. 4d), donde puede verse al joven emperador delante de la cuadriga sobre la que va la piedra sagrada blasonada por un águila. En las restantes representaciones de este tipo, en monedas de bronce, no aparece la figura del emperador (Fig. 3i; Figs. 4f, g), y en una rara emisión de Neápolis de Samaria vemos representados sobre la cuadriga, a la izquierda la piedra de Emesa y a la derecha el monte Gerizim con su templo y escalinata (Fig. 3j).

Figura 4.- Representaciones de la piedra sagrada de Emesa transportada en una cuadriga.

a: Áureo de Heliogábalo (218-222 d.C.), Antioquía; b: Áureo, Roma; c: Denario, Antioquía; d: Doble denario de Heliogábalo (218-222 d.C.) ; e: Denario, Antioquía f: Bronce de Heliogábalo con Alejandro Severo como césar, Aelia Capitolina (Jerusalén), Judea; g: bronce de Heliogábalo (218-222 d.C.), Hierapolis Castabala, Cilicia.

 

                En tiempos del emperador Heliogábalo además de las imágenes de la piedra sagrada de Emesa desfilando sobre una cuadriga, la podemos ver representada estática en el centro del templo (Figs. 5a, b), y en la ciudad fenicia de Sidón, las emisiones a nombre de las esposas del emperador, representan otra famosa piedra sagrada, en este caso la que se veneraba en la ciudad en el templo de la diosa Astarté, y que estaba colocada dentro de un carro, que se paseaba por la ciudad en las festividades dedicadas a la diosa (Figs. 5c-f). Esta piedra sagrada posiblemente también era un meteorito caído del cielo.

 

Figura 5.- Representaciones de las piedras sagradas de Emesa y del carro de Astarté en tiempos del Emperador Heliogábalo..

a, b: bronces de Heliogábalo (218-222 d.C.), Seleucia Pieria; c: bronce de Heliogábalo (218-222 d.C.), Sidón, Fenicia; d, e: bronces de Julia Paula, primera esposa de Heliogábalo (219-220 d.C.), Sidón, Fenicia; f: bronce de Annia Faustina, tercera esposa de Heliogábalo (221 d.C.), Sidón, Fenicia.

 

                El reinado de Heliogábalo no fue lo que esperaba de él su abuela Julia Maesa, y el adolescente emperador se desocupó del gobierno del imperio, ocupando su tiempo en fiestas y celebraciones, practicando una gran arbitrariedad a la hora de elegir sus colaboradores entre sus amantes masculinos, como el atleta de Esmirna Aurelius Zoticus y otros libertos a quienes promocionó como gobernadores, legados o cónsules, nombrando prefecto del Pretorio a un bailarín, prefecto de la institución dedicada al transporte y reparto de los cereales (annona) a un barbero, y prefecto de la guardia a un auriga.

                Los continuos excesos y escándalos del joven emperador hacían que la situación se volviera cada vez más insostenible, y fue de nuevo la todopoderosa e influyente Julia Maesa, abuela de Heliogábalo, la que revirtió la situación provocando la insurrección de los soldados, que dieron muerte a Heliogábalo y a su madre Julia Soemias el día 11/III/222 (Fig. 5), proclamando como nuevo emperador a Severo Alejandro, primo del monarca asesinado y también nieto de Julia Maesa.

 

Figura 5.- Asesinato de Heliogábalo y su madre por la guardia pretoriana en un antiguo grabado,  y áureo acuñado en Roma del nuevo emperador Severo Alejandro (222-235 d.C.)

 

 

Notas:

(1) La piedra de Emesa no es el primer meteorito trasladado a Roma, siglos atrás el cónsul Publio Cornelio Escipión Nasica, primo de Escipión el Africano, llevó desde Pérgamo a Roma la “piedra negra”, un meteorito sagrado donde residía la “madre de los dioses”. Tras el asesinato de Heliogábalo, Alejandro Severo hizo volver a Emesa el betilo y consagró el templo dedicado a El-Gabal al dios Júpiter Ultor, templo que aparece representado en algunas monedas y medallones con motivo de su consagración. Alejandro rompió con la excepcional religión de su predecesor al desterrar a la deidad Elagabal de sus monedas, restaurando en ellas las deidades del panteón romano tradicional.

 

 

Bibliografía:

 

Anon. (1993). Histoire Auguste: Tome III, 1re Partie: Vies de Macrin, Diadumenien Et Heliogabale. Coll. des Universités de France/ Coll. Budé. Série latine. Ed. Bilingüe: 330 pp.

Ibáñez, M., (2020). Dioses, meteoritos y monedas. Col Miscelánea Numismática 1: 83 pp.