viernes, 31 de agosto de 2018

Dos historias paralelas contadas por las medallas.


Dos historias paralelas contadas por las medallas. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 77(1273) (Mayo 2018): pp. 49-51.

Miguel Ibáñez Artica.

            Entre las medallas conmemorativas resultan especialmente interesantes las que reflejan acontecimientos históricos de relevancia. Aunque en algunos casos pueden llegar a falsear la verdad (por ejemplo las medallas donde se refleja la rendición de Blas de Lezo ante el almirante Vernon(1)), en la mayoría de ocasiones son fieles testigos de los acontecimientos acaecidos.

            Este es el caso de las dos medallas que pasaremos a comentar,  que conmemoran respectivamente la “liberación” de las ciudades de Pamplona y San Sebastián en el transcurso de la Guerra de la Independencia. Se trata de los ejemplares de la colección producida por James Mudie en 1820 para celebrar los triunfos británicos en las guerras napoleónicas. Fueron fabricadas en Birminham en oro, plata y bronce como contraposición a las numerosas emisiones francesas que glorificaban las gestas napoleónicas, dándose la circunstancia de que estas medallas inglesas presentan el mismo módulo que las francesas, 41 mm, y además en muchos casos fueron obra de los mismos artistas franceses que poco antes se habían dedicado a glorificar la obra de Napoleón Bonaparte en las medallas.

La primera de ellas, que es el número 25 de la colección Mudie (Figura 1) muestra en el anverso el retrato del Mariscal de Campo Arthur Wellesley, primer duque de Wellington y en el reverso un soldado romano a caballo que recibe las llaves de la ciudad de Pamplona, representada por una figura femenina que le extiende los bazos ofreciéndole una llave en su mano derecha, con la leyenda en inglés “Inglaterra protege la ciudad de Pompeyo”, y en el exergo “Capitulación de Pamplona, octubre, el 31 de 1813”. Esta medalla fue realizada por el parisino N.G.A. Brenet y el suizo J.P. Droz.


Figura 1.- Medalla de la capitulación de Pamplona (Museo de Navarra: n. 14.522).

            La “conquista” de Pamplona, o más bien de la Ciudadela de Pamplona por las tropas francesas resulta una historia cuando menos curiosa. El 31 de diciembre de 1807 un ejército al mando del general D’Armagnac cruzó la frontera, para llegar a Pamplona el 8 de febrero. En teoría el objetivo era descansar en la ciudad para proseguir viaje hacia Portugal, si bien las instrucciones secretas del general francés eran las de ocupar la Ciudadela. D’Armagnac se entrevistó con el Virrey de Navarra,  Leopoldo de Gregorio y Paterno, Marqués de Vallesantoro, solicitando acantonar las tropas francesas en la Ciudadela, a lo que el Virrey se negó aduciendo que para ello tenía que recibir autorización de Madrid. Ante la negativa, se ideó un plan de ocupación del recinto fortificado, en la noche del 15 al 16 de febrero, un grupo de unos cien soldados franceses seleccionados, aparentemente desarmados se dirigieron hacia la puerta principal de la Ciudadela para recoger las raciones de pan que se les entregaban diariamente, y aprovechando que una blanca capa de nieve cubría el suelo, comenzaron a arrojar bolas de nieve a los soldados que custodiaban la Ciudadela, provocando a la guarnición, que comenzó a devolver las bolas de nieve a los franceses, y aprovechando los momentos de distensión producidos por esta singular “batalla”, un grupo de soldados franceses que portaban sus armas escondidas bajo los capotes, entraron y desarmaron a los vigilantes sin realizar un solo disparo. Así pues, podemos decir que la Ciudadela de Pamplona, una de las más impresionantes fortificaciones de la época, se conquistó con bolas de nieve.


Figura 2.-  En la documentación remitida por el Virrey de Navarra el 16 de febrero se indica “las críticas circunstancias del dia han sido el que se acuartelasen en esta plaza tropas francesas…”. En la imagen, la entrada principal de la Ciudadela de Pamplona.

            Casi seis años más tarde, el 31 de agosto de 1813, la situación había cambiado drásticamente, la guarnición francesa de 3.000 soldados al mando del gobernador francés de Pamplona Louis Pierre Jean Cassan, se encontraba sitiada en la Ciudadela por un ejército de más de 10.000 hombres al mando del mariscal donostiarra Enrique José O’Donnell. Tras las contundentes derrotas de las tropas francesas infringidas por el Duque de Wellington, primero en Vitoria (21 de junio) y un mes más tarde a las afueras de Pamplona, en Sorauren (25 de Julio) la suerte de los franceses que ocupaban la el recinto amurallado estaba decidida.

A pesar de todo, las tropas francesas resistieron dos meses el asedio, e incluso amenazaron con volar el recinto fortificado antes de rendirse, pero ante la repuesta de Wellington de que si lo hacían todos los oficiales serían ejecutados y los soldados diezmados, finalmente se produjo la capitulación el 31 de octubre, fecha que se recoge en la medalla.

            La segunda pieza corresponde a la liberación de la ciudad de San Sebastián y es la número 24 de la colección Mudie, obra de Thomas Webb, Peter Rouw y George Mills. En el anverso aparece el perfil de Thomas Graham barón de Lynedoch, a quien Wellington ordenó dirigir el asedio de San Sebastián (Figura 3).


Figura 3.- Medalla conmemorativa de la “liberación” de San Sebastián.

            Tras la derrota del ejército napoleónico en Vitoria el 21 de junio, y mientras el grueso de las tropas francesas cruzaba la frontera en retirada, el general Emmanuel Rey se hacía cargo de la ciudad al mando de un contingente de 2600 soldados que en julio fueron sitiados por el ejército de Wellington. Mientras el Duque dirigía las tropas españolas que contuvieron la ofensiva francesa en el río Bidasoa, el general Graham al mando de las tropas anglo-portuguesas conseguía romper las defensas de la ciudad por el lugar conocido actualmente como “La Brecha” el 31 de agosto de 1813 a las dos de la madrugada (Figura 4).


Figura 4.- Diorama de la conquista de San Sebastián, en el Museo del Real Regimiento Escocés en Edimburgo, y vista de la calle “31 de Agosto” de Donostia, la única que no fue incendiada al encontrarse en primera línea de fuego y servir de parapeto a las tropas atacantes.

            A pesar de que el general francés había ordenado la evacuación, varios miles de donostiarras permanecieron en la ciudad con la esperanza de ser liberados, pero tras irrumpir en la ciudad, y retirarse los franceses al castillo de la Mota en el monte Urgull, las tropas “libertadoras” se dedicaron al pillaje y al saqueo de la ciudad durante seis días y medio, asesinado indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños, de forma que el fatídico día del 31 de agosto, además de las casi 4.000 bajas que sufrió el ejército inglés en la contienda fallecieron asesinados más de un millar de civiles.

            Al anochecer se inició un voraz incendio provocado por los saqueadores que arrasó la ciudad, salvándose una treintena de casas de un total de 600, en la antigua calle de la Trinidad, rebautizada como “31 de agosto”, que no fueron incendiadas al encontrarse durante la primera semana de septiembre en primera línea de fuego, sirviendo de protección a las tropas atacantes de las balas de los franceses refugiados en el monte Urgull.

El teniente Matías de Lamadrid, testigo de los acontecimientos,  recoge en su diario: “Los excesos que cometieron los ingleses, como los portugueses, no tienen cuento, y jamás estas dos naciones se quitaron el horrible borrón que aquí echaron a sus glorias. Cual si la infeliz ciudad fuese de enemigos, los más implacables la saquearon cruelmente, mataron a varios de sus desdichados moradores, y por último la incendiaron, quedando esta hermosa población hecha ceniza, excepto unas 34 casas….. No hubo doncella, casada, ni niña que no experimentase su brutalidad. Y, en fin, ellos robaron, incendiaron e hicieron con esta ciudad amiga lo que apenas puede imaginarse hacible en la más contraria”. (2)


Figura 5.- “Cementerio de los ingleses” en el monte Urgull de San Sebastián.

            Tras dos meses de un duro asedio en el que el ejército sitiador tuvo miles de bajas, las tropas que se defendían en el castillo de la Mota se rindieron el 8 de septiembre, ese mismo día las autoridades municipales y vecinos supervivientes se reunían en el barrio de Zubieta para planificar la reconstrucción de la arrasada ciudad, y en diciembre ya se había constituido la Junta de Obras encargada de la tarea que concluiría 36 años más tarde, en 1849.


Figura 6.- Imágenes de los reversos de las medallas de Mudie: a.- liberación de Pamplona; b: liberación de San Sebastián; c.- Batalla de los Pirineos.

            Las medallas de Mudie reflejan muy bien los distintos escenarios, Pamplona con una imagen pacífica (Figura 6a), y San Sebastián, con una escena violenta (Figura 6b). La destrucción y saqueo de la ciudad fue consecuencia del duro asedio y feroz combate que tuvo lugar en los días previos, y que causó centenares de bajas en el ejército atacante, de forma que tras penetrar en la ciudad por la brecha abierta en las murallas, y replegadas las tropas francesas al castillo de Urgull, los soldados británicos y portugueses vertieron toda su ira en los pacíficos habitantes de la ciudad.

            Otra medalla de esta serie está dedicada a la batalla de los Pirineos, que tuvo lugar a finales de julio y comienzos de agosto de 1813, y que se libró en Roncesvalles y Maya (25 de julio), Sorauren (28 de julio) y Echalar (2 de agosto) concluyendo con la derrota del mariscal Soul que había llegado con un importante ejército desde Francia en ayuda de las guarniciones de Pamplona y San Sebastián. En esta medalla el león británico que ha escalado el Pirineo ataca al águila napoleónica, destruyendo con sus fauces el huso de Júpiter (Figura 6c).

Notas:

(1) Las medallas de Blas de Lezo y el almirante Vernon. (Diciembre, 2003)  Eco Filatélico y Numismático 59 (1114): 42-43.

(2) Sánchez, J.L. (2009). Diario de un Oficial en la Guerra de Independencia (1813-1814). Región Editorial, Palencia: 140 pp.











sábado, 25 de agosto de 2018

Las escrituras cuneiforme y egipcia en las monedas.


Las escrituras cuneiforme y egipcia en las monedas. (En prensa).

Miguel Ibáñez Artica.



            En las monedas podemos encontrar muchos de los diferentes tipos de escritura utilizados en las diversas partes del Planeta durante los últimos cinco milenios, y en la actualidad circulan a lo largo de todo el Mundo monedas que presentan una veintena de alfabetos diferentes, lista que se incrementa si consideramos las utilizadas en tiempos pasados y que a fecha de hoy ya no se usan. Los dos primeros tipos de escritura empleados por el hombre fueron dos, en primer lugar el sistema cuneiforme, surgido en Mesopotamia hacia el 3.300 antes de nuestra Era, y que consistía en una serie de líneas con aspecto de cuña, grabadas sobre la arcilla con una fina madera biselada. Así como el alfabeto latino que utilizamos en occidente sirve para escribir en diferentes idiomas (español, francés, inglés, alemán, euskera....), la escritura cuneiforme fue utilizada para representar idiomas muy diferentes como el sumerio, acadio, elamita, hitita, persa... durante un largo período de tres milenios. 

En paralelo y en la misma época en que en la ciudad de Sumer aparecían los símbolos precursores del cuneiforme, surgía en Egipto la escritura jeroglífica. Mientas el origen de la escritura en Mesopotamia está relacionado con la necesidad de llevar la contabilidad de los bienes de templos y gobernantes (ganado, aceite, tejidos, armas...), la escritura jeroglífica surge en un contexto “mágico-religioso”, (la palabra jeroglífico deriva de los términos griegos “hieros”= sagrado y “glifo”= grabar) y resulta mucho más artística y sofisticada que la cuneiforme.

La escritura jeroglífica egipcia y la hierática, que es una simplificación de la anterior para ser utilizada en documentos (sobre papiro), eran conocidas por muy pocas personas especializadas en su lectura y escritura, los funcionarios reales o de los templos. Con el tiempo se desarrolló una forma más sencilla, denominada “demótica” por el historiador griego Herodoto en el s. V a.C., es decir una escritura empleada por la “gente común”, que era utilizada por muchas personas.

A pesar de que ambos tipos de estrituras, cuneiforme y egipcia, estuvieron vigentes durante más de tres mil años, apenas encontramos inscripciones con estos símbolos en las monedas, y tan solo aparecen en contadas ocasiones en las piezas que pasaremos a describir y comentar (Fig. 1).


Figura 1.- Monedas que presentan escrituras cuneiforme y egipcia (jeroglífica y demótica).

La escritura cuneiforme aparece representada exclusivamente en unas pequeñas monedas -cuartos de shekel-,  acuñadas en el territorio palestino de Samaria durante la segunda mitad del s. IV a.C. (Meshorer & Qedar 1999; nº. 129; Fig. 2). En el anverso de la moneda aparece un personaje sentado en un trono tañendo un arpa de cinco cuerdas, y bajo ella, dos símbolos cuneiformes y otro encima, así como otros tres símbolos bajo el arpa (Fig. 2a). Una segunda emisión (Fig. 2b) muestra un escudo bajo el arpa y unos pequeños símbolos cuneiformes (?) en la parte superior derecha. En el reverso de ambas piezas figura un hombre de pie que atraviesa con su lanza a un caballo.

Estas emisiones se produjeron en una época en que la región de Samaria estaba en la órbita del dominio persa, y los abridores de cuños que realizaron estas monedas estarían dirigidos por altos funcionarios de la administración del imperio, buenos conocedores de la escritura cuneiforme.



Figura 2.- Monedas acuñadas en Samaria (Palestina) en el s. IV a.C., con leyenda en escritura cuneiforme.

            Con respecto a las monedas que presentan escritura egipcia, también la situación es bastante excepcional. En primer lugar podemos citar una rarísima y valiosa moneda de oro, una estátera emitida por el faraón Nekht-har-hebi (Fig. 3a), cuyo nombre helenizado es  Nectanebo II, gobernante de la XXX dinastía -la última que tuvo reyes egipcios autóctonos-, y cuyo reinado se extendió entre el 359 y el 343 a.C. 



Figura 3.- Monedas con leyendas en escritura egipcia.
            a: Estátera de oro del faraón Nectanebo II (359-343 a.C.)
b: Tetradracma de plata acuñado en Egipto por Artajerjes III Oco (343-338 a.C.) con leyenda en demótico egipcio.

En el anverso aparece un caballo al galope y en el reverso  un collar pectoral “neweb” = oro, cruzado por una tráquea de la que cuelga un corazón, que significa “nefer” = bueno, de forma  que la representación jeroglífica de estos dos elementos juntos significa “oro bueno”.

Aunque tradicionalmente se considera que estas monedas de oro fueron acuñadas por el faraón para el pago de las tropas mercenarias griegas, hay que tener en cuenta que en esos momentos la inscripción jeroglífica solo podría haber sido leída como “oro bueno” por los escribas egipcios especializados en este tipo de escritura .

El faraón Nectanebo había derrocado a su tío Thakos para ocupar el trono, pero fue expulsado del mismo por los persas, tras de lo cual se refugió en Etiopía, y durante unos años aún mantuvo el control del Alto Egipto. Le sucedió en el trono el rey persa Artajerjes III quien también acuñó en Egipto monedas, en este caso tetradracmas de plata de imitación ateniense (Fig. 3b).

Lo más interesante de estas emisiones egipcias del monarca persa, es que llevan la inscripción “Pharaoh Artaxerxes” en escritura demótica al lado de la lechuza. Podemos interpretar esta leyenda como una respuesta a las emisiones de su antecesor Nektanebo II, quien como acabamos de comentar había utilizado símbolos jeroglíficos en sus monedas de oro. Las nuevas monedas acuñadas por el rey persa y faraón de Egipto, también destinadas al pago de las tropas mercenarias, llevaban la inscripción de “Faraón Artajerjes” con letras demóticas, un tipo de escritura que a diferencia de la jeroglífica (conocida por muy pocos), era de uso común entre la población. Así pues esta leyenda cumple también una finalidad de propaganda política, reconociendo al Gran Rey Artajerjes III como legítimo Faraón de Egipto.

El dominio de los reyes persas sobre Egipto fue muy efímero, ya que unos años más tarde, en el 332 a.C. todo el imperio aqueménida, incluido Egipto, era conquistado por Alejandro Magno, y en el 305 a.C. uno de sus generales, Ptolomeo Sóter, se convertía en el primer faraón de la dinastía ptolemáica que gobernaría Egipto hasta la conquista romana de Augusto en el año 30 a.C.

Durante los períodos helenístico y romano, las abundantes emisiones egipcias de monedas de oro, plata y bronce llevaron las inscripciones en idioma y alfabeto griego, y a partir de la conquista musulmana (639-646 d.C.) en árabe.


Figura 4.- Símbolos y dioses egipcios en monedas fenicias, griegas y romanas.
            a: Disco solar flanqueado por el “ureus” en trihemishekel de oro y en 1,5 estátera de plata acuñadas en Cartago durante la primera guerra púnica (264-241 a.C.); b: Busto frontal del dios Bes en óbolo acuñado en Samaria en el s. IV a.C.; c: Busto frontal de Bes en óbolo de Cilicia (s. V-IV a.C.); d: Representaciones del dios egipcio Bes en las monedas fenicias de plata y bronce de Ebusus (Ibiza); e: Esfinge portando la doble corona de Egipto en un shekel fenicio (450-410 a.C.); f: Esfinge alada en un áureo de Augusto acuñado en Pérgamo el 19-18 a.C.; g: Dios egipcio Tutu con aspecto de esfinge,  cola de serpiente, y sobresaliendo en su pecho la cabeza de un cocodrilo, en un dracma de bronce acuñado en Alejandría por Adriano en el 133/4 d.C.; h: Bustos enfrentados de Isis y Amón (Demeter-Zeus) en un dracma de bronce del emperador Adriano acuñado en Alejandría el 133/4 d.C.; i: Busto de Serapis-Pantheos, con calathus y cuerno de Amón en un dracma de bronce de Antonino Pío, acuñado en Alejandría el 141/2 d.C.

A pesar de que en numerosas monedas fenicias, griegas y romanas aparecen frecuentes alusiones a deidades y símbolos egipcios (Fig. 4), como la representación del dios Bes en las abundantes emisiones fenicias de Ebusus (Ibiza, la isla de Bes, Fig. 4d), la escritura egipcia está muy poco representada en las monedas y tras la conquista griega, fue este idioma y alfabeto el que se utilizó en las epigrafías monetales durante varios siglos.

             









miércoles, 1 de agosto de 2018

Una exposición permanente en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.


Una exposición permanente en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 70(1232) (Septiembre 2014): pp. 50-51.

Miguel Ibáñez Artica.


            Tras seis largos años de obras, el Museo Arqueológico Nacional (MAN) abrió sus puertas el pasado mes de marzo (2014), resurgiendo completamente renovado cual mariposa que sale del letargo de la crisálida. La espera ha merecido la pena ya que se ha convertido en uno de los mejores y más didácticos museos de Arqueología del Planeta. Las más de 15.000 piezas seleccionadas y expuestas, se distribuyen en una docena de secciones, que van desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna.

            En la entreplanta, y a lo largo de un pasillo, se exhibe la exposición que bajo el título de “La moneda, algo más que dinero” donde se presentan no solo las monedas metálicas convencionales, sino también una amplia serie de objetos y elementos utilizados como “moneda tradicional” en todas las regiones del Globo (Fig. 1).


Figura 1.- Diferencias y similitudes entre “dinero” y “moneda”.

            En una de las vitrinas se exponen conchas de cauri y algunos sofisticados objetos realizados con conchas marinas y utilizados como moneda incluso en la actualidad, como el “mwali” empleado en la ceremonia del “Kula” en la Melanesia (Fig. 2). Merece la pena destacar algunas valiosas piezas como la impresionante “moneda pluma” que se utilizaba en la Isla de Santa Cruz(1)  (Fig. 3), así como las constituidas por elementos naturales utilizados en en consumo humano (cacao, trigo, sal, -de donde deriva el término “salario”, etc…) (Fig. 4).

             

Figura 2.- Máscara africana de caurís y monedas-concha.


Figura 3.- “Moneda pluma” de la Isla de Santa Cruz y vitrinas de “premoneda”.


Figura 4.- Cacao usado en América precolonial; medio robo de trigo utilizado en Navarra como moneda, barra de sal de Etiopía (“amole”), piedra de Yap y collar africano.

A lo largo de varios paneles, y de forma didáctica, se exponen diferentes aspectos relacionados con las monedas, su proceso de fabricación, sus relaciones con el arte y el poder político, su utilización en el ámbito económico y social (“dinero de la novia” y “dinero de sangre”)(2), sus relaciones con los diferentes sistemas de pesos y medidas, los sistemas contables y la forma de realizar las operaciones aritméticas antes de la utilización del álgebra, etc… (Fig. 5). También se incluye un apartado sobre la utilización de la moneda en rituales funerarios como el conocido “óbolo de Caronte” y reproducciones de esculturas medievales que muestran el proceso de fabricación de la moneda (Fig. 6).  


Figura 5.-  El arte en la moneda, prensa de acuñación y propaganda política en la moneda.


Figura 6.- El “óbolo de Caronte”, monederos de piedra de Carrión de los Condes y tesoro de Gazteluberri.

            Además de esta amplia sección monográfica dedicada al dinero en todas sus formas, la moneda está presente en el resto de las salas. Merece la pena destacar por ejemplo el tesoro de  Gazteluberri, hallado en abril de 1960 en la localidad guipuzcoana que le da su nombre: dentro de un cencerro enterrado en la ladera de un monte, aparecieron 52 monedas de oro y plata acuñadas entre 1537 y 1556 que fueron ocultadas a finales del siglo XVI por algún ganadero o contrabandista de la zona(3) (Fig. 6). Finalmente no podemos dejar de mencionar que aquí podremos ver y disfrutar de las mejores y más valiosas piezas de la numismática española, desde la gran dobla de diez doblas de Pedro I de Castilla acuñada en Sevilla en 1360, las monedas de veinte y diez excelentes de los Reyes Católicos, y por supuesto, la pieza más espectacular, el “centén”  de 100 escudos de oro, con un diámetro de 7,5 cm. y un peso de 338 gramos. El ejemplar ahora expuesto, fue adquirido por el monarca Carlos III para su colección particular de monedas, y en 1842 se incorporó a la Biblioteca Nacional (precursora del actual Museo Arqueológico). Se da la circunstancia de que esta pieza, de la que solamente se emitieron siete ejemplares en la ceca de Segovia, es considerada como la moneda de oro más grande acuñada en Europa y la de más valor de las acuñadas en España a lo largo de toda su historia (Fig. 7).


Figura 7.- Las moneda de oro españolas de mayor tamaño.

Notas:




(3) Ver artículo: Navascues, J.M., 1967. El tesoro de Gazteluberri. Numario Hispanico 11: 93-114 + 8 láminas.









sábado, 30 de junio de 2018

La Hiperinflación griega de 1944 a través del papel moneda.


La Hiperinflación griega de 1944 a través del papel moneda. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 72(1256) (Noviembre 2016): pp. 56-57.

En los últimos meses (2016(1)), la comprometida situación económica de Grecia ha acaparado las noticias de los medios de comunicación, pero no es la primera crisis económica importante que sufre el país heleno. Como muchos otros Estados a lo largo de su historia reciente, Grecia también padeció una profunda crisis inflacionaria al término de la Segunda Guerra Mundial, que queda perfectamente reflejada en los billetes, con valores de millones de dracmas, emitidos en esos momentos.

Remontándonos a los orígenes de la moneda, las piezas metálicas y redondas convencionales que utilizamos de forma cotidiana, tienen su lugar de nacimiento en Asia Menor, de donde pasaron a Grecia. Entre las primitivas emisiones griegas, la más conocida es el Dracma, cuyos antecedentes se remontan a las premonedas rituales de hierro, no muy diferentes de las utilizadas hasta bien avanzado el siglo veinte en algunas regiones subsaharianas.

El tirano Fidón de Argos, a finales del siglo octavo antes de nuestra Era, estableció un sistema de pesas y medidas, tomando como unidad el óbolo, una fina barra de metal similar a un espeto o asador, posiblemente utilizado en los sacrificios rituales religiosos(2). El conjunto de seis varillas u óbolos que se podían sujetar con una mano recibió la denominación de “dracma”, y poco más tarde cuando comenzaron a fabricarse monedas de plata en Atenas, “heredaron” los mismos nombres de las antiguas premonedas de hierro: óbolos y dracmas. En esta época la moneda de un dracma contenía 4,3 gramos de plata.

Con algunas excepciones (Esparta mantuvo durante algún tiempo las primitivas monedas de hierro) el sistema de óbolos y dracmas de plata se expandió por toda Grecia, donde la moneda más frecuente acabó siendo el tetradracma ateniense, cuyas primeras emisiones se remontan al siglo V a.C., y que presenta el perfil de la diosa Atenea en el anverso y el mochuelo con una rama de olivo en el reverso, motivo que se mantiene en la actual moneda de un euro de Grecia (Figura 1).


Figura 1.- Billetes de cinco millones de dracmas y sobre ellos, tetradracmas atenienses (s.V y IV a.C) y monedas de un euro actuales.

Sin embargo, la historia del dracma es intermitente, tras la desaparición del Imperio Romano, Grecia quedó integrada en el Imperio Bizantino que perduró desde el siglo quinto de nuestra Era hasta 1453. En este tiempo las monedas circulantes en la zona fueron los sólidos, silicuas y follis bizantinos, si bien en algunas regiones, a partir del s. XIV circularon los dineros torneses de origen francés (3).

Tras la caída del Impero Bizantino, Grecia fue incorporada al Imperio Otomano, hasta que con el apoyo de las potencias europeas recobró el estatus de  estado independiente a comienzos del siglo XIX. En 1827 se proclamaba el primer gobernador de la nueva república, y el 8 de febrero de 1833 se establecía el dracma como la moneda de curso legal del País Helénico, moneda que se mantuvo con vicisitudes hasta ser sustituida por el euro el primero de enero del 2002.

Durante los siglos XIX y XX, Grecia padeció constantes vaivenes políticos, alternando épocas de monarquía con otras de república, incluso durante la Primera Guerra Mundial existieron dos gobiernos, uno pro-alemán a favor del rey, ubicado en Atenas; y otro pro-británico, con sede en Salónica. 

Una de las principales amenazas para la economía de un país, es la aparición de una hiperinflación, es decir una inflación descontrolada en la que los precios se incrementan rápidamente, mientras la moneda pierde su valor. El principal causante de este fenómeno es el aumento masivo de la cantidad de dinero puesto en circulación, que no se encuentra respaldado por el crecimiento de la producción de bienes y servicios. El desequilibrio entre la oferta y demanda de dinero provoca la pérdida de confianza en la moneda y la bancarrota del sistema.

En todas las épocas de la historia se han producido fenómenos de inflación más o menos graves (son bien conocidas en España las sucesivas crisis de la moneda de vellón en el siglo XVII(4)), pero los procesos de hiperinflación, caracterizados por la emisión de papel moneda con valores millonarios -e incluso billonarios-, es un fenómeno relativamente reciente. Se inicia en la República de Weimar (nombre con el que se identifica a Alemania en el período entre guerras) entre 1921 y 1923, y por el momento termina con la hiperinflación que asoló a Zimbawe entre 2006 y 2009.

            Durante el segundo semestre de 1944, se imprimieron en Grecia billetes con valores millonarios que oscilan entre el de un millón de dracmas (que comenzó a circular  a finales de junio de 1944), y el de cien mil millones de dracmas, emitido el 3 de noviembre del mismo año (Figura 2).


Figura 2.- Billetes hiperinflacionarios emitidos en Grecia entre los meses de junio y noviembre de 1944.

Este brutal episodio de hiperinflación fue una consecuencia más de la guerra. Cuando comenzó el conflicto, Grecia contaba con una estabilidad fiscal y monetaria consolidada, pero durante la ocupación alemana la economía se derrumbó, al forzar una excesiva contribución a la financiación de las operaciones militares extendidas por todo el sudeste de la cuenca mediterránea. El déficit público y los gastos militares extranjeros fueron financiadas exclusivamente con la fabricación de más papel moneda, y los gobiernos títeres y el Ejército de Ocupación obligaron al Banco de Grecia a crear más y más dinero de papel a golpe de imprenta.

Aunque Atenas fue liberada por los británicos el 14 de octubre de 1944, curiosamente los billetes con valores más altos, de diez mil millones y cien mil millones de dracmas, fueron emitidos en los días posteriores, el 20 de octubre y el 3 de noviembre respectivamente. Ese mismo mes se puso en marcha un proyecto de reforma monetaria, estableciendo un nuevo dracma que equivalía a cincuenta mil millones de “dracmas viejos”.

Notas:

(1) El presente artículo fue publicado en el año 2016, cuando la situación de Grecia era crítica y el Estado debía ceder una serie de organismos públicos como las compañías de aguas de Atenas y de Salónica, la empresa distribuidora de electricidad y el metro de Atenas, así como las acciones públicas en la compañía telefónica OTE, para conseguir el “tercer rescate de Grecia” por parte del FMI y la troika comunitaria.

(2) En las excavaciones realizadas  en el templo Hereo de Argos a finales del s. XIX, bajo la dirección del arqueólogo norteamericano Ch. Waldstein, se descubrió un conjunto de 180 asadores todos ellos de la misma longitud (120 cm.) que corresponden con los óbolos rituales que dieron su nombre a las monedas.

(3) Incluso una compañía de mercenarios creada por el monarca Carlos II de Navarra, denominada  “compañía blanca” o “compañía de Navarra”, e integrada por navarros y gascones, llegó a gobernar el Peloponeso entre 1383 y 1387.

(4)  Ver artículos: La aventura de los resellos castellanos del siglo XVII sobre monedas de vellón y cobre. (Febrero, 2004)  Eco Filatélico y Numismático 60(1116): pp- 44-45.
Picaresca en los resellos castellanos del siglo XVII. (Marzo, 2004)  Eco Filatélico y Numismático 60(1117): pp. 48-49




Bibliografía:

Hiodinou, V., 2004. Black market, hyperinflation and hunger, Greece 1941-1944. Food and Foodways 12 (2/3): pp. 81-106.

Lazaretou, S., 2003. Greek monetary economics in retrospect. The aventures of the drachma. Bank of Greec, Econ. Res. Depart. Working Paper 2: 41 pp.

Makinen, G.E., 1986. The Greek Hyperinflation and Stabilization of 1943-1946. The Journal of Economic History 46(3): pp. 795-805


viernes, 1 de junio de 2018

Manillas y calderos utilizados como moneda en el siglo XVI para el comercio de esclavos africanos.


Manillas y calderos utilizados como moneda en el siglo XVI para el comercio de esclavos africanos. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 60(1125) (Diciembre 2004): pp. 48-49.

Miguel Ibáñez Artica.


Entre finales de los años 80 y comienzos de los 90, tuvieron lugar en la bahía de Guetaria (Costa vasca, N. de España), una serie de prospecciones submarinas, dirigidas por Dª Ana Benito, de la Sociedad Científica Aranzadi de San Sebastián, que dieron como fruto la recuperación de un abundante material(1), entre el que destaca un numeroso conjunto de lingotes de cobre, manillas de latón y algunos calderos.

La datación del yacimiento arqueológico se ha realizado a partir de los elementos encontrados (dos monedas, una siciliana de Alfonso V de Aragón del s. XV y un ceitil de Manuel I de Portugal, armas y utillaje), y especialmente a partir de la información de los archivos: un documento de Felipe II fechado en 1587, indica cómo, 63 años atrás, en la bahía de Guetaria había naufragado un navío flamenco cargado de mercancías, señalando incluso que gran parte de la misma había podido ser recuperada (3 quintales y 69 libras de argollas de latón....). Según estos datos podemos fechar el naufragio hacia 1524 (dos años después de que el marino guetariano Juan Sebastián Elcano completara su periplo de dar la vuelta al mundo).


Figura 1.-  Antiguo grabado del castillo de Mina en el Golfo de Guinea.

En esta época, la estación portuguesa de San Jorge de Mina en la costa africana, importaba desde Amberes unas 150.000 manillas al año (Fig. 1). Conocemos también que mientras su precio en Amberes era de 10 reis por cada manilla, la cifra se incrementaba hasta 120 reis en la estación de San Jorge de Mina debido a los riesgos del peligroso viaje, y en 1518 un solo barco llegó a transportar 13.000 manillas. Sin embargo, la mejor fuente de información procede de unos años posteriores, cuando la corona portuguesa realizó un contrato trianual con Cristoff Fugger a finales de 1547. En este documento, se establece el envío de 6.750 quintales de manillas destinadas al comercio de San Jorge de Mina y 750 quintales para el resto de Guinea. Estas manillas, denominadas “tacoais”, pesaban entre los 284 gramos (las destinadas a la estación de San Jorge de Mina) y los 241 gr. (las destinadas al resto de Guinea). El contrato no sólo especifica la importación de manillas, también se utilizan con idéntico fin los orinales, cazuelas y cuencos de barbero (Fig. 2).


Figura 2.- A comienzos del s. XVI, una esclava y su hijo, podían adquirirse por cuatro manillas y una bacina de barbero.

A partir de estos datos, podemos determinar que las manillas encontradas en Getaria se corresponden con el tipo denominado “tacoais”, vigente durante la primera mitad del s. XVI, su peso de 306 gramos es ligeramente menor que el que se señala hacia 1513 (de 312 gr.) y algo mayor que lo estipulado en el contrato de 1547 anteriormente citado.
Las manillas encontradas en Guetaria presentan unas características diferentes a las de los tipos publicados por Johanson en 1967,  falta en ellas el ensanchamiento de su zona terminal, que confiere a la mayoría de las manillas europeas un inconfundible aspecto. En los ejemplares hallados en el pecio de Getaria, el diámetro va aumentando progresiva y gradualmente hacia el extremo. Su diámetro en la zona media de 12 mm. se aproxima al observado en la manilla “mkoporo”, si bien el cociente entre el diámetro de la zona terminal y la zona media es de 1,86, muy similar al valor que presenta el tipo “popo” (Fig. 3). Por este motivo estas manillas habían sido identificadas como de tipo “popo primitivo”. Su composición metalográfica es muy sencilla: siete partes de cobre, dos de cinc y una de plomo, mientras en tipos más modernos (atoni, onoudu y popo), aparece menor proporción de cobre y cinc y más cantidad de plomo (el cobre y plomo oscilan entre un 30 y un 50%), con cantidades significativas de  estaño y arsénico, elementos ausentes en las manillas de Guetaria.


Figura 3.- Diferentes tipos de manillas europeas utilizadas en el comercio africano.

Con respecto a los calderos, utilizados también como moneda, para el período comprendido entre 1504 y 1531, de todo el latón y cobre facturado a la estación de Mina, un 81% lo fue en forma de manillas y el resto en forma de diferentes tipos de calderos. Probablemente los encontrados en Guetaria se corresponden con los tipos usados como moneda, se transportaban en conjuntos de tres en tres, el exterior de mayor tamaño, con un diámetro de 348 mm. y un peso de 1.220 gramos, el intermedio con 315 mm. y 960 gramos y el más pequeño con un diámetro de 268 mm. y un peso de 760 gramos.


Figura 4.- Antiguo grabado, a la derecha imagen de la ensenada de Guetaria donde acaeció el naufragio.

El naufragio de Guetaria no es un acontecimiento excepcional (Fig. 4), encontramos otro muy similar y bien documentado ocurrido el 19 de enero de 1527 frente a la costa de Gunwalloe en Cornwall (S. de Inglaterra), se trataba en este caso del barco “San Antonio”, una carraca portuguesa que transportaba lingotes de cobre y plata, calderos y otros recipientes, tejidos, armaduras y diferentes piezas no especificadas. En este cargamento cabe destacar una partida de 2.100 bacinas de barbero, probablemente destinadas también al comercio africano(2).

Notas:

(1) Benito, A. & M. Ibáñez (2005). “Premonedas” portuguesas destinadas al comercio del oro en la costa africana en el siglo XVI: estudio de las “manillas” y calderos hallados en un pecio de Guetaria (Guipúzcoa). Gaceta Numismática 157: pp. 63-81.

(2) Chynoweth, J. (1968) The wreck of the St. Anthony. J. Roy. Inst. Cornwall 4/5 (4).

Anexos

II.- Benito, A. & M. Ibáñez (2005). “Premonedas” portuguesas destinadas al comercio del oro en la costa africana en el siglo XVI: estudio de las “manillas” y calderos hallados en un pecio de Guetaria (Guipúzcoa). Gaceta Numismática 157: pp. 63-81.



























III.- Ibáñez, M., (2005). Portuguese “tacoais” manillas and pots from the XVI Century used as money for the African trade. Der Primitivgeldsammler 26(1): 9-14.