miércoles, 15 de marzo de 2017

El español en monedas y jetones.

El español en monedas y jetones. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 72(1253) (Julio/Agosto 2016): pp. 45-47.

Miguel Ibáñez Artica.

            Desde el siglo primero antes de nuestra Era, cuando tras la batalla de Munda el 45 a.C., la escritura en caracteres “ibéricos” comenzó a abandonarse para desaparecer en tiempos de Augusto, los textos que figuran de las monedas hispanas fueron redactados en latín durante las Edades Media y Moderna (con la excepción del período de ocupación musulmana en el que se utilizó el árabe) hasta comienzos del siglo diecinueve.

En Barcelona, durante la ocupación francesa, se produjeron diferentes emisiones con la leyenda en castellano (monedas de plata de 5, 2,5 y una peseta, y de cobre de 4, 2, 1 y ½ cuarto) emitidas a nombre de José Napoleón entre 1808 y 1814 (Figura 1a), y poco después, en 1822 y 1823 a nombre de Fernando VII con las leyendas: “FERNANDO 7 POR LA GRACIA DE DIOS Y LA CONSTITUCION”, y “REY DE LAS ESPAÑAS”” (Figura 1b).


Figura 1.- Monedas con leyendas en español, acuñadas en Barcelona a nombre de José Bonaparte y Fernando VII.

            Aunque estas monedas suelen figurar como las primeras que presentan la leyenda escrita en español, las emisiones más antiguas en castellano se remontan al siglo XVI: son las piezas de vellón de dos cuartos, acuñadas en las cecas de Burgos, Valladolid y La Coruña entre 1566 y 1598.

Se trata de unas modestas moneditas, relativamente comunes y que suelen estar muy recortadas, con lo que las leyendas no suelen estar completas (Figura 2). En el anverso rodeando al castillo, podemos leer: “+ DON º PHILIPPE º”, mientras en el reverso, circundando la figura del león, aparece el texto: “+ REI º DE º HESPANA º”. Estas piezas, las primeras monedas españolas que presentan sus textos escritos en castellano, convivieron con otras similares, pero con leyendas escritas en latín, acuñadas con el mismo valor de dos cuarto en las cecas de Cuenca, Granada, Segovia y Toledo.


Figura 2: Las primera monedas con leyendas en español en tiempos de Felipe II.

            Este intento de “popularizar” la moneda, utilizando el castellano en vez de la tradicional lengua culta itálica, no llegó a cuajar y no tuvo continuidad, así que durante los siguientes reinados hasta comienzos del siglo XIX, las leyendas monetarias siguieron redactándose en latín.

            La “normalización” del uso del castellano, vino como consecuencia de la entrada de España en el “Nuevo Régimen”, lo mismo que previamente había ocurrido en Francia a partir de la Revolución Francesa, donde a partir de los decretos del 9 de abril de 1791 y 6 de febrero de 1793 los textos de las monedas en latín fueron definitivamente sustituidos por el francés. Sin embargo, tal como hemos visto que ocurrió en España, en Francia también existía un precedente, en este caso de época medieval: la moneda de vellón con valor de medio carlín acuñada en la villa de Aquila (reino de Nápoles) a nombre de Carlos VIII (1483-1498) donde figuran las leyendas “CHARLES*ROI*DE*FRE” y “+CITE*DE*LEIGLE” escritas excepcionalmente en francés (Duplessy, 1988, nº 623).

            Los inicios del uso del español en las monedas de forma generalizada(1), se dan durante el denominado “Trienio Liberal”, entre 1820 y 1823, desapareciendo completamente en el período siguiente denominado “Década Ominosa” (1823-1833), para volver a reaparecer, esta vez de forma definitiva en el estado liberal surgido durante el reinado de Isabel II (1833-1868). Las primeras monedas en oro y plata con leyendas en castellano se corresponden con las emisiones de piezas de 80 y 20 reales de la ceca de Madrid en 1834, mientras que las de cobre comienzan un año más tarde en la ceca de Segovia (Figura 3).


Figura 3: Primeras monedas de oro, plata y cobre, acuñadas con las leyendas en castellano bajo el reinado de Isabel II.

            Además de lo comentado hasta ahora sobre el empleo de la lengua española en los epígrafes monetarios, hay que mencionar un hecho muy poco conocido: su uso en el siglo XVI en los jetones emitidos por los monarcas navarros (que gobernaban en la denominada “Navarra Francesa” o “Baja Navarra”) (Figura 4).


Figura 4.- Jetones de la Navarra francesa en español.

            En primer lugar encontramos dos tipos de jetones de Antonio de Borbón, rey consorte de Navarra desde 1555 hasta su muerte en el sitio de Rouen en 1561, donde aparece en el anverso la enigmática leyenda “NO SON TALES MYS AMORES”. En este tipo, emitido en plata en 1555 y en cobre en 1560, figura en el anverso la referida leyenda en castellano y un escudo coronado semipartido: a la izquierda, los escudos de Navarra y Borbón, y a la derecha los de Navarra, Albret, Bearn, Armañac-Rodez, Evreux, Aragón, Castilla y León, y Bigorre en el centro. Todo ello entre dos ramas de rosal entrelazadas. En el reverso, la leyenda “AD CALCVLOS REVERTERE 1555 (o 1560)”y  el escudo coronado cuartelado de Navarra y Borbón, rodeado del collar de San Miguel (Figura 5). Esta última leyenda, que podemos traducir por “el regreso al cálculo”, tal vez podría referirse a la intrusión que en esos momentos hacía el álgebra como herramienta matemática, compitiendo con la tradicional forma de llevar la contabilidad administrativa con ayuda de jetones.

            Un segundo tipo emitido en plata, muestra el mismo anverso con la leyenda en castellano, y en el reverso: “EX TOTO PARS EX VERO SIMILE” con un corazón en el centro rodeado de seis crucecitas, todo ello dentro de un óvalo.


Figura 5.- Jetones de Antonio de Borbón (1555 y 1560) con leyenda en español “NO SON TALES MYS AMORES”.

            También la reina Juana III de Navarra, esposa de Antonio de Borbón emitió un tipo en plata, cobre y latón con la leyenda en castellano “HASTA LA MVERTE” en el reverso. El anverso de esta emisión presenta el busto real con tocado de viuda  mirando a la derecha y la leyenda “IEHANNE PAR LA G. D. DIEV RE D. NAVAR” y en el reverso una gran letra S cruzada por una barra y la mencionada leyenda “HASTA LA MVERTE” (Figura 6).


Figura 6.- Jetones de Juana de Albret con la leyenda en castellano: “HASTA LA MVERTE”.

En este caso, dado que el busto de la reina presenta el característico tocado de viuda, estos jetones tuvieron que emitirse en la década comprendida entre 1562 (muerte del rey) y 1572 (fallecimiento de la reina Juana).

            Resulta problemática la interpretación de las leyendas “NO SON TALES MYS AMORES” y “HASTA LA MVERTE”. En el primer caso, habida cuenta de que este tipo de jetones comienza a emitirse en 1555, fecha en la que Antonio de Borbón es rey consorte de Navarra, en el mejor de los casos, podríamos hacer una interpretación de esta divisa en el sentido de que Antonio, en una declaración de modestia,  no ambicionaba los bienes terrenales, representados por este jetón que servía para llevar las cuentas de ingresos y gastos de la casa real (la leyenda rodea el escudo de la reina). Pero dadas las vicisitudes del momento, esta frase parece vaticinar lo que acaecería pocos años más tarde cuando Antonio se pasa al bando católico, mientras Juana sigue defendiendo tenazmente la causa protestante(2).

            Más sencilla resulta la interpretación de la segunda leyenda “HASTA LA MVERTE”, habida la firme creencia de la reina Juana en el protestantismo, que abrazó en 1560, imponiendo el calvinismo en todos sus dominios. En esos años proliferaban los enfrentamientos entre católicos y hugonotes (denominación que se daba a los calvinistas), y precisamente Antonio de Borbón, esposo de Juana, se había pasado en 1561 al bando católico, falleciendo un año más tarde mientras sitiaba a los protestantes en Rouen. Con esta divisa, escrita en castellano, la reina reafirmaba sus convicciones religiosas de forma inequívoca “Hasta la muerte”.

            Estos jetones emitidos en la Navarra Francesa, parecen establecer un diálogo premonitorio entre Antonio y Juana. A la afirmación del primero de “no son tales mis amores”, leyenda que rodea el escudo de Juana de Albret, ésta, tras el fallecimiento de su marido contesta con una reafirmación en su fe protestante “hasta la muerte”. La causa de que estas leyendas figuren excepcionalmente en castellano y no en latín, como en el resto de las numerosas monedas y jetones emitidos en la Navarra Francesa y Bearne, permanece siendo un misterio difícil de resolver.

            Como curiosidad, y a pesar de que en los primeros tiempos de la emancipación de los Estados Unidos de América se utilizó el denominado “Spanish dollar” o Real de a 8 español como moneda oficial(3), la primera vez que aparece un texto redactado en castellano en una moneda de Estados Unidos, es en marzo del 2009, cuando se emite la pieza de 25 centavos dedicada a Puerto Rico, en esta denominada “peseta puertorriqueña” o “peseta boricua” aparece la frase en español “Isla del Encanto”.


Notas:
(1)                  Se produce una excepción, con textos nuevamente redactados en latín, en algunas emisiones del pretendiente Carlos VII (1868-1876).   
(2)            Más conocido que la presencia del castellano en los jetones de la reina de Navarra, resulta su mecenazgo en la traducción del Nuevo Testamento al euskera, la conocida “Biblia protestante de Leizarraga” (Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria). El ejemplar que estuvo en posesión de la Reina Juana fue adquirido por 33 millones de las antiguas pesetas el 15 de marzo de 1995 por la Caja de Ahorros de Navarra y depositado en la Biblioteca General de Navarra el año 2014.
(3)          Ver el artículo: Elorigen de las Columnas de Hércules en la moneda española. Eco Filatélico y Numismático 68(1204) (Febrero 2012): pp. 42-43.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Las "monedas castor".

Las “monedas castor”. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 70(1236) (Enero, 2015): pp. 46-47.

Miguel Ibáñez Artica.

Durante el pasado año (2014) se acuñó una pequeña moneda conmemorativa en oro que presenta la figura de un castor, imagen diseñada para las monedas de cinco céntimos de Canadá en 1937 por G.E. Kruger Gray, y que se ha mantenido ininterrumpidamente en todas las emisiones canadienses de este tipo monetario desde hace más de 75 años (Figura 1).


Figura 1.- Moneda de oro conmemorativa y monedas canadienses de 5 céntimos de distintos años.

Esta circunstancia nos sirve de excusa para comentar algunas monedas conocidas con el nombre de “monedas castor” y que presentan un mayor valor histórico, aunque en algunos casos no se trata de verdaderas monedas “sensu stricto”, sino de “tokens” o monedas de uso local. Se da la paradoja de que mientras algunas piezas conmemorativas son consideradas oficialmente como monedas, cuando en realidad no han circulado ni circularán nunca, otras, en ocasiones no metálicas, ni con la típica forma redondeada, han circulado y cumplido plenamente las funciones monetarias en un determinado contexto, a veces local o sustituyendo al numerario oficial, cuando este escaseaba o era rechazado.

La primera de estas emisiones ocurrió en plena “fiebre del oro” del oeste americano, cuando en febrero 1849, los habitantes de Oregón decidieron establecer una fábrica de moneda en la ciudad con el fin de amonedar las grandes cantidades de polvo de oro recientemente descubierto en California, pero este plan se abortó con la llegada del general Joseph Lane, primer gobernador de la zona, quien ante la propuesta de las autoridades locales, señaló que según la Constitución de los Estados Unidos,  solamente el gobierno federal podía emitir moneda de curso legal.  A pesar de ello, un grupo de comerciantes consiguieron acuñar más de 50.000 piezas de oro macizo de diez y cinco dólares. 

Estas monedas llevan la fecha de emisión (1849), el nombre de la empresa (Oregon Exchange Company), la denominación de su valor (5 o 10 dólares), la imagen de un castor, y las iniciales de los accionistas de la compañía (Kilborn, Magruder, Taylor, Abernethy, Willson, Rector, (Gill) Campbell, y Smith) (Figura 2), y se mantuvieron  en circulación hasta 1854, fecha en que se creó la Casa de Moneda de San Francisco. En esos momentos, el oro contenido en las monedas valía más del 8% de su valor nominal, por lo que la mayoría de las piezas se fundieron, conservándose en la actualidad apenas medio centenar de ejemplares en colecciones privadas, la mayoría de los cuales presentan un deficiente estado de conservación al contener oro puro que se desgasta y erosiona con gran facilidad.


Figura 2.- “Monedas” de oro puro acuñadas en Oregón durante la “Fiebre del oro”.

Podríamos afirmar que la “moneda castor” más genuina es la utilizada por los indios Kutchin del territorio Yukon (al este de Alaska), quienes consideraban las pieles de castor como moneda. El año 1670 se creó la Compañía de la Bahía de Hudson (HBC) y el monarca inglés Carlos II le otorgó el monopolio comercial de las pieles en una vasta e inexplorada región de casi cuatro millones de kilómetros cuadrados (Figura 3).


Figura 3.- Comercio de pieles con los indios y (en rojo) zona de actuación de la Compañía de la Bahía de Hudson. A la derecha, “tokens” emitidos por la Compañía equivalentes a pieles de castor, encima un colgante con forma de creciente donde se han acuñado en relieve la figura de un castor y los símbolos de la compañía.

En los primeros años del siglo dieciocho se publicaron numerosos bandos y panfletos, que establecían el precio de diferentes productos (pólvora, tabaco, calderos, hachas, anzuelos, cuchillos, cucharas, carne de cerdo etc…) en número de pieles de castor (Figura 4) como referencia monetaria. Los pueblos indígenas rechazaban la moneda occidental, pero aceptaban como moneda objetos de adorno de plata, lo que se conoció como “trade silver”, y aquí encontramos la “moneda castor”, más original y curiosa: unos colgantes con forma de castor, con las marcas de la compañía (HB) e indicación del lugar de emisión (Montreal). Los pequeños colgantes de plata con forma de castor, equivalían a una piel de dicho animal, y con los más grandes, como el que se ilustra (Figura 6), se podían adquirir diez pieles de este apreciado roedor (de nombre científico Castor canadensis).


Figura 4.- Piel de castor, lista de precios de diferentes productos expresados en número de pieles de castor y “token” de la Compañía del Noroeste con la figura de un castor.



Figura 5.-
b y c: “Tokens” de plata con forma de castor; a: Token recortado en lámina y sin aspecto tridimensional; a: Token de cobre con forma de castor, detrás una imagen del libro de D. Taxay “Money of the American Indians” (1970).

            A pesar de su curioso aspecto (Figura 6), estos colgantes están realizados con una lámina de plata de peso y tamaño determinado (Figura 5a), sobre la que se han estampado diferentes marcas (nombre de la entidad emisora, localidad de la fabricación…) y cumplen una misión monetaria concreta no muy distinta de la que tienen las verdaderas monedas. En 1857 la Compañía emitió tokens (monedas locales) con valor de 1, ½, ¼ y 1/8 pieles de castor (Figura 3). No son estas las únicas “monedas” que se fabricaron relacionadas con el comercio de las pieles, la Compañía del Noroeste, que comenzó a funcionar en 1775 era la principal empresa competidora de la HBC, y en 1820 fabricó en Birmingham (Inglaterra) tokens con la figura de un castor (Figura 4).



Figura 6.- “Token” de plata con forma de castor.






miércoles, 15 de febrero de 2017

Cornados navarros del siglo XVI.

Cornados navarros del siglo XVI. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 58(1096) (Abril, 2002): pp. 42-43.

Miguel Ibáñez Artica.

La denominación de “cornado” se introdujo en Navarra durante el reinado de Blanca y Juan (1425-1441), sustituyendo al antiguo “carlín blanco”, o dinero carlín de mejor ley que circuló en tiempos de Carlos II y Carlos III (1350-1425). Se da la circunstancia de que mientras el término “cornado”, fue pronto incorporado a las nuevas ordenanzas de las emisiones monetarias (en 1428), durante algunos años se siguió utilizando el término de dinero negro o prieto, para denominar lo que después sería el medio cornado (a partir de 1432).

El término “cornado” fue introducido en Castilla en tiempos de Sancho IV (1286), para designar una monedita de vellón donde figuraba la cabeza del rey “coronado”, de donde surgió la forma sincopada de “cornado”. Sin embargo, cuando esta palabra pasó a Navarra, ya había cambiado la figura que aparecía en la moneda, y durante el siglo XV los cornados navarros presentaron en el anverso una corona o las iniciales del monarca (Juan II, Carlos, Príncipe de Viana, Francisco Febo) o de los monarcas (Juan y Blanca, Juan y Catalina) con una corona, mientras que los medios cornados presentaban similares características, diferenciándose en que las iniciales van sin coronar. Como dato curioso el 95% de los 180.000 cornados y la totalidad de los 27.000 medios cornados acuñados a nombre de Francisco Febo, fueron fabricados durante los tres años posteriores a su fallecimiento.


Figura 1.- Cornados navarros del siglo XVI.

Tras la ocupación de Navarra por Fernando el Católico, una de las primeras solicitudes presentadas al nuevo monarca, es la de acuñar cornados y medios cornados, ante la escasez de moneda menuda.  La petición se refuerza y  justifica (como suele ser costumbre) con argumentos singulares: “por no haver moneda menuda muchos cessan de dar limosna”. Se autoriza su acuñación hasta un valor de once mil libras, y estos nuevos cornados imitan a las blancas emitidas en Castilla a partir de la pragmática de Medina del Campo de 13 de junio de 1497. En el anverso presentan una letra F coronada y la leyenda: D:G:R:NAVARRE:ET:A, mientras que el reverso mantiene la cruz con círculos entre los brazos y la leyenda: SIT NOMEN DOMINI, divisa característica de la moneda navarra desde tiempos medievales (Figura 2.1). Las diferentes emisiones presentan leyendas más o menos expandidas o abreviadas.

Una variante de este cornado, que presenta sendos armiños a los lados de la letra F coronada, y con leyenda: FERDINANDVS:D:G:RX, ha sido atribuida a Carlos I (IV de Navarra) en base al estilo moderno de las letras que aparecen en las leyendas (Figura 2.2).

En algún momento del prolongado reinado de Carlos I (1516-1558) se cambia el tipo de cornado, introduciendo un nuevo modelo que lleva las columnas de Hércules y la leyenda PLVS VLTRA (Figura 2.3), divisa del monarca documentada desde 1519. La primera emisión de estos cornados presenta en el anverso la leyenda horizontal PLVS VLT (con distintas variantes y separación por las columnas en formas diferentes: PL-VS-VL; PL-SVL-T...). Una segunda emisión, presenta la leyenda circular, rota ahora por la corona que supera las columnas, y entre ellas una gran letra P (Figura 2.4). La leyenda unas veces comienza en el extremo superior de la columna derecha y en otros casos en el inferior de la columna de la izda. El reverso de estos tipos monetarios presenta una letra N sin coronar, generalmente franqueada de equis o círculos, dentro de una gráfila de puntos, y con leyenda exterior SIT NOMEN DOMIN. Estos tipos de cornados con columnas fueron descritos por Heiss (1869), y mientras el primero se atribuyó a Carlos I, en el segundo, la letra P se interpretó como inicial de Philipvs, atribuyéndose a Felipe II (IV de Navarra). En realidad hemos de interpretar esta inicial como la marca de ceca de Pamplona. Probablemente esta emisión, iniciada en tiempos del monarca Carlos I, se prolongó durante los primeros años del reinado de Felipe II, hasta que en la cortes de Sangüesa de 1561 se solicita al rey “que en los cornados que se batiesen de aquí en adelante en este Reino, en la parte de las columnas se ponga como antiguamente una Cruz, y de la otra parte una N y encima de ella una corona”. Como vemos, la petición fue aceptada y se acuñaron estas monedas (Figura 2.5)  que son descritas por vez primera por Vidal Quadras (1892 nº 7543-7).

 El nuevo modelo de cornado tiene una vida relatívamente efímera, acuñándose entre 1561 y 1574, hasta que el 23 de julio de este último año, se dicta un mandato real que describe los nuevos tipos de cornados que deben acuñarse en el reino de Navarra (Figura 2.6): “... que solamente se labren algunas blancas para suplir la presente necessidad, y que sean de buena ley, en las quallas no sera menester poner ningunas letras, sino en la una parte una cifra de mi nombre, conforme a la muestra que se os embia con esta, que es como se pone en las de aca, (se refiere a las blancas de Felipe II con monograma y castillo) y de la otra parte las cadenas de Navarra, como suelen ponerse. De Madrid a veynte y tres de julio de mil y quinientos y setenta y cuatro años. Yo el Rey. Por mandato de su Magestad Juan Vazquez.”. Con fecha 14 de agosto, el maestro Mayor de la Casa de la Moneda autoriza que puedan batirse hasta seiscientos ducados de cornados “que los dichos cornados que se hubieren de batir en este reino, assi al presente como para adelante, hasta que su Magestad otra cosa provea y mande, de la una parte tengan una cifra, que diga Philipus, con una corona encima y de la otra las cadenas de Navarra sin la corona, a imitación de los que se baten en Castilla”.

Vemos pues perfectamente identificados estos cornados o blancas que fueron emitidos a partir de 1574. En 1597 se concede permiso de acuñar quinientos ducados de cornados, con el fin de disponer de moneda para repartir limosnas y desterrar la mala moneda francesa, que ante la carencia de moneda menuda, se introducía en Navarra.


Figura 2.- Principales tipos de cornados navarros acuñados en el siglo XVI.

Con pequeñas variaciones (aparición de una corona sobre el escudo de las cadenas en tiempos de Felipe II, aparición de las letras “P” y “A” como marcas de la ceca de Pamplona en tiempos de Felipe IV...), este modelo de cornado se mantendrá vigente en Navarra hasta finales del s. XVIII.


Los cornados navarros del siglo XVI, circularon en abundancia no sólo en Navarra, sino también en los reinos vecinos, especialmente en Castilla. Así por ejemplo dentro de la vecina provincia de Guipúzcoa, encontramos 139 ejemplares en Guetaria, 82 en Oyarzun, 21 en San Sebastián, así como numerosas monedas dispersas procedentes de diferentes excavaciones arqueológicas. Conviene señalar la importancia de estas modestas moneditas en las transacciones cotidianas, pues servían para adquirir los productos de escaso valor (pan, leche, verduras, vino...) en los mercados, además de su utilización en el recurrido argumento tantas veces esgrimido para solicitar su acuñación: dar limosna a los pobres.  


miércoles, 1 de febrero de 2017

Monedas tradicionales: Hachas de piedra ceremoniales.

Monedas tradicionales: Hachas de piedra ceremoniales. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 58(1098) (Junio, 2002): pp. 46-47.

Miguel Ibáñez Artica.


En los albores de un siglo XXI, donde el discutido fenómeno de la Globalización se extiende velozmente por todas las regiones de la Tierra, con la ayuda de los rápidos avances en el campo de las telecomunicaciones, y donde el moderno dinero electrónico, capaz de dar tres vueltas al Globo en un segundo, se propaga a gran velocidad en esa imparable red de relaciones y comunicaciones, todavía quedan algunos rincones del Planeta, donde se sigue utilizando como moneda diversos y variados objetos como conchas, hachas, colmillos de perro y cerdo, etc...

Las culturas que todavía utilizan en forma cotidiana estos objetos “premonetales” se encuentran en las antípodas, en el Pacífico Sur, y la región que presenta una mayor diversidad y complejidad en estos elementos es Papúa-Nueva Guinea. Este país, con una extensión algo menor que la de España, presenta una población muy heterogénea, donde por ejemplo existen más de setecientas lenguas diferentes, correspondientes a otras tantas culturas. Un denominador común a todas ellas es la utilización de las “monedas primitivas” como elemento fundamental en la “reproducción social”. Su sistema social se basa en un igualitarismo denominado por los antropólogos “bigman”, predecesor de los sistemas democráticos occidentales. Los melanesios utilizan diferentes modalidades de intercambios para crear diferentes tipos de relaciones y son estas formas de intercambio las que en definitiva crean y articulan la sociedad. Como resultado, los diferentes tipos de relaciones sociales se estructuran  por categorías discretas de intercambio.


Figura 1.- Hachas de piedra de Papúa-Nueva Guinea. En primer plano hacha ceremonial del Sepik medio y detrás hacha ceremonial de Highland.

En estas relaciones de intercambio, podemos diferenciar dos esferas o formas diferentes, la primera de tipo “comercial”, es establecida por el clan o grupo, con elementos externos a él, es el caso de los matrimonios, donde se paga un “precio de la novia” (brideprice), o las manufacturas producidas por la tribu, intercambiadas a veces mediante expediciones comerciales regionales. Estos tipos de relaciones de “compra/venta” tienen su denominación específica (por ejemplo entre los Rawa se denominan “urdiyoro”). Una segunda esfera se produce entre los individuos del mismo clan o tribu, donde se produce una redistribución de los elementos adquiridos en el exterior, esta segunda relación recibe la denominación de “no”.  En determinadas ceremonias, se reparten entre los individuos de la tribu conchas-moneda y hachas, de forma que la riqueza obtenida por elaboración propia o por intercambio con el exterior, se reparte y redistribuye entre los miembros del clan.


Figura 2.- Hachas ceremoniales de Highland y sello postal representando dicho elemento.

Las hachas de piedra, no muy diferentes de las utilizadas en Europa durante el Neolítico, constituyen un elemento importante en las relaciones de intercambio, y son utilizadas como moneda (en 1989, se encontró en el curso de un afluente del río Brazza, en Irian Jaya, una pequeña tribu cuya única actividad comercial con sus vecinos era la elaboración de estas preciadas hachas), se fabricaban fundamentalmente en la zona de Highland siendo transportadas e intercambiadas por monedas-concha en las zonas costeras y en los valles. Estas herramientas, constituían (y aún constituyen en muchas zonas) un elemento fundamental en la vida cotidiana (sirven para cortar y trabajar la madera, para la caza, para la guerra...). En algunos casos, las hachas se han transformado en verdaderos elementos ornamentales perdiendo su utilidad como herramientas y convirtiéndose en elementos de poder o riqueza exclusivamente (Figura 2). Este es el caso de las famosas hachas ceremoniales del noreste del monte Hagen (provincias Enga y Chimbú), en la región de Highland, (“tierra alta”), situada en la zona central de Papúa-Nueva Guinea, dominada por la mencionada montaña de 3.777 metros de altitud, que da nombre a la región. Esta zona fue descubierta casualmente en 1932 por los hermanos Leahi, buscadores de oro, y está poblada por un millón de habitantes distribuidos en numerosas tribus, los Dani, Kapauko, Hewa, Kaluli, Simbu, Chimbú, etc...


Figura 3.- Gran hacha ceremonial del monte Hagen de un metro de anchura (MAN 2009/159/125) y billete de dos kinas de Papúa.

El hacha ceremonial del monte Hagen (“kurugu”), debido a su histórico papel como “moneda” tradicional, figura en el actual billete de 2 kinas (la kina es la unidad monetaria de Papúa), y las hachas que todavía se elaboran en la actualidad son idénticas a las que se fabricaban antiguamente, si bien sus piedras son algo más frágiles. Son utilizadas para adquirir sal, aceites, cerdos, conchas y otros objetos de uso cotidiano, así como símbolo de prestigio social. Debido a su fragilidad no se usan en las labores cotidianas, salvo para la amputación de dedos en señal de duelo o en algunos combates privados, y se guardan y atesoran cuidadosamente almacenadas. Una variante de estas hachas son las utilizadas como “moneda” en las ceremonias matrimoniales, en este caso pueden alcanzar un tamaño descomunal, como el ejemplar que aparece en la fotografía (Figura 3).




domingo, 15 de enero de 2017

Anverso y Reverso de la moneda

Anverso y Reverso de la moneda. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 66(1184) (Abril, 2010): pp. 44-45.

Miguel Ibáñez Artica.

            Tradicionalmente se ha denominado “anverso” y “reverso” a las dos caras que presenta una moneda, términos importantes a la hora de describir y estudiar el material numismático. El problema surge a la hora de definir dichos conceptos que curiosamente están ausentes en algún importante glosario numismático como el de Mateu y Llopis (1966).

En primer lugar recurriremos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua donde hallaremos la siguiente definición:

Anverso: En las monedas y medallas, haz que se considera principal por llevar el busto de una persona o por otro motivo.

Reverso: En las monedas y medallas, haz opuesto al anverso.

Podemos observar una cierta vaguedad en esta definición, ya que faltaría por establecer cuál puede ser el motivo por el que consideremos a una de las caras como la principal (Figura 1).


Figura 1.- En las emisiones de blancas de Juan I de Castilla y León (1379-1390), encontramos en una cara de la moneda el cordero con la leyenda “AGNVS DEI QVITOLIS P”, y en la otra la letra “Y” coronada, y la continuación de la leyenda “ECATA MVNDI MISERE”.

Si atendemos a la leyenda, deberíamos considerar el anverso como la cara donde figura el inicio de la misma, pero la inicial de la autoridad emisora (la “Y” coronada) presenta en este caso prioridad, y el lado donde aparece, es el que debe ser considerado como anverso de la moneda.

La ausencia del nombre del monarca en la leyenda, que en su integridad es de tema religioso, ha motivado que alguna de estas piezas encontradas en Francia o Inglaterra, hayan sido interpretadas como jetones, dada su similitud con la serie francesa de “jetones del Agnus Dei” tan frecuentes en los siglos XIV y XV.

En otros diccionarios numismáticos podemos encontrar definiciones algo más completas, como por ejemplo en la excelente obra de H.F. Burzio “Diccionario de la Moneda Hispanoamericana” (Santiago de Chile, 1958):

Anverso: Cara o haz principal de las monedas y medallas, que es el lado que ostenta el busto del soberano o las armas distintivas del estado, o cualquier otro signo de autoridad de la que emana la moneda. La fijación como anverso de la cabeza o busto grabada en la moneda, es tan antigua como la misma y las primeras series griegas y romanas, que ostentan la efigie de sus divinidades o emperadores, sirvieron a los iniciadores de la ciencia numismática como patrón para su determinación, incorporándolo a su léxico.

A falta de cara principal o su especificación en la ley u ordenanza monetaria, se la determina mediante su leyenda, que en general es continua, fijando como anverso la cara de su comienzo. Este procedimiento es el que debe aplicarse en la amonedación hispanoamericana para evitar confusiones, en las series de tipo macuquina de los reinados de Felipe II a Carlos III, en las cuales la cruz cantonada de Jerusalén es reverso hasta Felipe IV y anverso a contar desde este reinado hasta el de Carlos III (Potosí).

Reverso: Haz opuesto al anverso, cuya impronta muestra el tipo secundario de la moneda o medalla. Las piezas primitivas sólo traen un hueco que correspondía a la forma de la herramienta del yunque que sujetaba a la moneda para inmovilizarla, a fin de que el acuñador pudiese cómodamente estampar a fuerza de golpes de maza o martillo, la figura del anverso.

El progreso de la técnica monetaria hizo que más tarde se grabasen en el reverso figuras mitológicas, alegorías, emblemas de la localidad que las batía, la cruz en los pueblos cristianos. Modernamente se reserva el campo de reverso para la indicación del valor.

Otro criterio, relacionado con el proceso de fabricación de la moneda, ha sido el de considerar como “anverso” la cara de la moneda impresa con el cuño fijo o inferior (pila), y “reverso” la fabricada con el superior o troquel (Figura 2). En las monedas acuñadas con la técnica denominada de “martillo”, el cospel se colocaba encima del cuño inferior que iba sujeto a una mesa, y encima se colocaba el troquel cilíndrico que era la pieza que recibía el martillazo. Por este motivo los troqueles duraban mucho menos que las pilas o cuños. Sabemos por la documentación conservada, que en Navarra, durante el reinado de Felipe V (VII de Navarra) con cada cuño de anverso se obtenían unas 40.000 monedas, y con cada troquel de reverso unas trece mil, de forma que el motivo principal o más complejo solía grabarse en el cuño fijo, ya que por cada pila o cuño inferior había que fabricar al menos tres troqueles (y en ocasiones hasta diez o más).



Figura 2.- Troquel y cuños fijos (“pilas”) para acuñar moneda.

Sin embargo, hemos podido comprobar como este criterio puede variar en pocos años. En la colección de cuños conservada en el Museo de Navarra, vemos como en las primeras emisiones de Carlos III (VI de Navarra), se grabó en el cuño móvil la cara de la moneda donde aparece el monograma y nombre del monarca, y en el cuño fijo el escudo con las cadenas y el año de emisión, pero a partir de 1784 la situación se invirtió, grabándose en el cuño fijo la cara del monograma y en el móvil el escudo. Con  lo cual la propuesta de denominar anverso a la cara grabada por el cuño fijo o pila y reverso a la correspondiente al troquel o cuño móvil, no constituye un criterio válido, y menos cuando en la mayoría de los casos ignoramos esta circunstancia.


Figura 3.- En las monedas ibéricas el nombre de la autoridad emisora (la ciudad que acuñó o para la que se acuñó la moneda), aparece en la cara tradicionalmente considerada como reverso. El busto del anverso probablemente simboliza la figura de algún héroe o deidad indígena, y en este caso su representación tiene prioridad a la hora de definir la cara del anverso.

Retomando la definición anterior en la que denominamos anverso a “el lado que ostenta el busto del soberano o las armas distintivas del estado, o cualquier otro signo de autoridad de la que emana la moneda”, o simplificando, la cara donde se representa la autoridad emisora de la moneda, podemos establecer una adecuada definición. Sin embargo este criterio plantea también numerosos problemas, por ejemplo en la moneda ibérica (Figura 3) el nombre del pueblo emisor aparece en el lado opuesto al busto, tradicionalmente denominado como reverso. También en algunas emisiones medievales, como en los gruesos de Carlos II de Navarra, el nombre del monarca aparece en el lado opuesto a la cara donde figura su busto frontal (Figura 4).


Figura 4.- Los “gruesos de busto” del monarca navarro Carlos II “el Malo”, presentan el nombre del rey (KROLVS DEI GR) en la cara donde aparece la cruz, siguiendo la costumbre de los gruesos torneses de Francia.


Establecer un criterio universal para definir los términos de anverso y reverso, en un período cronológico de más de 2.500 años y que abarque a todo el Planeta, resulta como vemos bastante complejo.


domingo, 1 de enero de 2017

El proceso de plateado de la moneda: técnicas de "forrado" y "blanqueo".

El proceso del plateado de la moneda (I): técnicas de “forrado” y (II): técnicas de “blanqueo”.  Artículos publicados en: Eco Filatélico y Numismático 65(1173) (abril, 2009): pp. 42-43 y 65(1174) (mayo, 2009): pp. 42-43.


Miguel Ibáñez Artica.

I.- Técnicas de “forrado”.

            Durante muchos siglos, y hasta relativamente hace poco tiempo, el valor de la moneda venía determinado por la cantidad de metal noble (oro o plata) que contenía. El problema surgía con las monedas de escaso valor, ya que si se fabricaban con plata pura, resultaban ser de un tamaño muy pequeño y poco manejables. La solución era entonces mezclar esta pequeña cantidad de plata con cobre, de forma que adquiría un tamaño más apropiado para su uso. Estas aleaciones de cobre y plata se han denominado vellón, término que deriva de la antigua palabra francesa “billon” o lingote. Cuando la proporción de plata es reducida se dice que son de “vellón bajo”, utilizándose el término de “vellón rico” para designar aquellas monedas con alto contenido en plata. Estas variadas emisiones fabricadas con una mezcla de cobre-plata en diferentes proporciones, se han dado desde la antigua Grecia hasta la época moderna, de forma casi ininterrumpida.


            Casi siempre el proceso ha sido el mismo, repitiéndose de forma intermitente a lo largo de toda la Historia de la Humanidad: al principio, en períodos de estabilidad política y económica, se realizan emisiones de buena calidad y con un alto contenido en plata, pero cuando las necesidades monetarias aumentan, -habitualmente debido a situaciones bélicas, donde constantemente se requieren más recursos económicos para pagar el salario de las tropas-, una de las soluciones consiste en acuñar monedas con menor cantidad de plata, pero manteniendo el mismo valor nominal. Así con la misma cantidad de metal precioso puede fabricarse un mayor número de monedas, aumentando a corto plazo la disponibilidad de recursos financieros, estas monedas suelen denominarse “de necesidad”, y en caso de prolongarse demasiado su vida, terminan desencadenando una desestabilizadora inflación. Lo cierto es que a simple vista resulta difícil determinar la cantidad de metal precioso en una moneda cuyo contenido en plata es superior al 50%, pero cuando descendemos de esta cifra, la pieza comienza a adquirir un color cobrizo cada vez más intenso, y con el tiempo se oscurece, de aquí que a estas monedas se las denomine “negras” o “prietas”. En ocasiones ambos tipos pueden llegar a convivir, por ejemplo los buenos “sanchetes” y los malos dineros torneses de Francia, en tiempos de Juana I de Navarra, o los dineros carlines blancos y negros, emitidos en Navarra en tiempos de Carlos II “el Malo”, pero lo habitual es que la moneda buena desaparezca rápidamente de la circulación al ser atesorada o fundida.

                En épocas de crisis, esta devaluación no resulta suficiente para conseguir los recursos económicos necesarios y entonces pasamos a una segunda fase que podríamos definir como la “falsificación legal de la moneda”. En algunos artículos anteriores(1)  comentamos algunos aspectos de estas falsificaciones “legales” y “fraudulentas”, y en ocasiones resulta complejo diferenciar si se trata de emisiones realizadas por la autoridad competente, o bien son obra de un anónimo delincuente falsificador. Nos centraremos ahora en describir las técnicas más utilizadas tanto por las autoridades emisoras como por falsificadores profesionales, para conseguir que una moneda elaborada a base de metal poco valioso (cobre o bronce) aparente ser de buena plata.


Figura 1.- Técnica de “forrado” en frio.

El cospel de cobre (a) se coloca sobre una fina lámina de plata (b) apoyada sobre una superficie que presenta un orificio del tamaño de la moneda (c). Con un primer golpe de martillo, el cospel se hunde en el hueco, entonces se coloca una segunda lámina de plata en la parte superior (d) y se golpea la pieza nuevamente, quedando el cospel de cobre completamente rodeado de una capa de plata.

                Se podría pensar que el método más sencillo sería sumergir el cospel de cobre en un baño de plata fundida, de esta forma la pieza quedaría recubierta del metal argénteo, sin embargo este sistema presenta dificultades al ser el punto de fusión de la plata superior al del cobre, de forma que éste se funde rápidamente al sumergirlo en plata líquida. Sin embargo los análisis metalográficos realizados en denarios romanos e ibéricos “forrados”, parecen apuntar en esta dirección. Primero se  fabricaba un cospel de cobre (mediante fundición), que una vez enfriado, se sumergía durante unos pocos segundos en un crisol con plata líquida, dejándolo posteriormente enfriar. Al alcanzar la temperatura de 779,4 ºC, se forma una mezcla de ambos metales que facilita la adherencia de la superficie de plata sobre el núcleo de cobre. Una vez elaborado el cospel “forrado” se procedía a la acuñación de la moneda.

                Una segunda técnica de “forrado” propuesta por algunos autores, consistiría en recubrir la moneda con una fina lámina de plata (Figura 1), para lo cual se coloca una primera capa “b” en la parte inferior del cospel “a” (disco de cobre sin acuñar), apoyada sobre una base horadada “c”. Con un primer golpe de martillo el cospel penetra en el hueco de la base, de forma que queda recubierto en su parte inferior y lateral por una capa de plata. A continuación se coloca otra lámina “d” en la parte superior, y nuevamente con un golpe de martillo, la pieza está ya preparada y completamente recubierta de una fina capa de plata. La posterior acuñación a martillo de estos cospeles producirá monedas “forradas”, aparentemente de plata, tal como se da frecuentemente en los denarios romanos. El adecuado calentamiento de los materiales utilizados para la fabricación de estas piezas, produciría una fina capa de fusión intermedia (eutéctica) con un 72% de plata y un 28% de cobre, mejorando la calidad de las monedas en el proceso de acuñación, y sobre todo requiriendo menor cantidad de plata, proporcionando por tanto mayores beneficios.


Figura 2.- Tetradracmas atenienses forrados de finales del s. V a.C.

                Estos métodos de “forrado” ya fueron utilizados en la Antigua Grecia y podemos encontrar tetradracmas atenienses de cobre forrados de plata, probablemente acuñaciones de emergencia realizadas durante la guerra del Peloponeso (Figura 2), incluso estos tipos monetarios tenían su propia denominación “Hypochalkos” en griego y “Subaeratus” en latín, ambos términos significan “bronce bajo”  en alusión a que estaban fabricados con metal de baja calidad (Figura 3).


Figura 3.- Denario “subaeratus” de Alejandro Severo (222-235 d.C.)

II.- Técnicas de “blanqueo”.

                Una técnica para conseguir el plateado de la moneda consiste en lo que habitualmente se denomina “blanqueo”. Incluso cuando se utiliza plata prácticamente pura, es frecuente que se forme una capa oscura de óxido (o sulfuro) en su zona más superficial, y para eliminarla, tradicionalmente se utilizaba una mezcla de sal común y tártaro de vino, es decir ácido tartárico, que actúa como reductor del óxido de plata a plata pura.

                Durante el siglo III de nuestra Era, en el Imperio Romano y como consecuencia de las profundas crisis experimentadas durante el período conocido como “Anarquía militar” (Ver artículo anterior del Eco Filatélico y Numismático “Los Antoninianos, una moneda romana muy frecuente”), se produjeron continuas devaluaciones de la moneda. Entre los años 253 y 268 d.C., el contenido de plata de los “antoniniamos” descendió desde el 30% hasta el 2%, y este hecho obligó a tratar los cospeles para mejorar su apariencia, a pesar de su ínfima calidad en contenido en plata.


Figura 4.- Técnica de “blanqueo”.
El cospel está formado por una mezcla de cobre y plata (a: líneas más claras). Al ser calentado, el cobre superficial se oxida (b: en color negro). Tras someter la pieza a un lavado con ácido, el óxido desaparece quedando en la superficie unas protuberancias de plata pura (c). Al acuñar la moneda, la presión recibida aplana estas protuberancias (d) que terminan por formar un recubrimiento homogéneo de plata sobre la superficie de la moneda (e). Con el tiempo, el cobre se oxida o mineraliza y aflora nuevamente a la superficie rompiendo la fina capa de plata (f).

                La técnica es relativamente sencilla (Figura 4), en primer lugar se calienta el cospel con el fin de oxidar la capa de cobre superficial (Figura 4b), a continuación se sumerge la pieza en un baño con ácido que disuelve los óxidos de cobre superficiales; como la plata menos alterada que el cobre resiste mejor y no se disuelve, se genera una microtextura superficial donde sobresalen pequeñas protuberancias de plata (Figura 4d). Seguidamente se procede a la acuñación, y con la presión de los cuños, dichas protuberancias, que cubren superficialmente el cospel, son aplastadas, formando una fina superficie continua de plata que recubre completamente la moneda (Figura 4e), mejorando considerablemente su apariencia externa, aunque con el tiempo las nuevas oxidaciones y sales de cobre rompen la fina capa de plata que las recubre y afloran a la superficie (Figura 4f). Este método fue sistemáticamente utilizado en la Edad Media formando parte rutinaria del proceso de fabricación de la moneda de vellón, que también en esta época sufrió fuertes crisis. Así por ejemplo hacia el año 1100 se produjo una importante devaluación del dinero jaqués, que perdió un 77% de su contenido en plata en apenas treinta años.

                Mientras las técnicas comentadas de “forrado” y “blanqueo” con ácido fueron utilizadas tanto por falsarios como por las autoridades legales en el proceso de fabricación de la moneda, existen otros métodos que podemos atribuir en exclusiva a los falsificadores de moneda, este es el caso del amalgamamiento con mercurio, técnica que comenzó a ser utilizada en joyería en el siglo II de nuestra Era con el fin de recubrir ciertos objetos con una fina capa de oro o plata.


Figura 5.- Amalgamamiento con mercurio.
La moneda acuñada en cobre (a) se reviste de una amalgama de mercurio y plata (b). Al calentar el mercurio se evapora (c), quedando la pieza recubierta por una fina capa de plata con restos de mercurio (d).

                Este método se utilizó para fabricar dirhams hispano-árabes y dineros cristianos falsos, primero se acuñaban las monedas en cobre, y posteriormente se recubrían con una pasta formada por una mezcla de mercurio y plata (amalgama), después las monedas se colocaban sobre un recipiente plano con forma de sartén y se introducían en el horno, el calor producía la evaporación del mercurio, y tras una sencilla limpieza, el resultado era el de unas monedas más plateadas y brillantes que las auténticas (Figura 5). Esta técnica deja restos de mercurio en la fina capa de plata superficial, mercurio que puede ser perfectamente detectado en la actualidad mediante técnicas analíticas adecuadas (microscopía electrónica de barrido). Probablemente las numerosas falsificaciones de dineros jaqueses realizadas en los siglos XI y XII bajo los monarcas Sancho Ramírez, Pedro I y Alfonso el Batallador, contarían con la colaboración y conocimientos de falsificadores musulmanes expertos en alquimia, que venían utilizando este método para fabricar dirhams falsos (Figura 6). En la actualidad el plateado o dorado de objetos metálicos se consigue con facilidad mediante baños electrolíticos, que frecuentemente se usan también para recubrir múltiples elementos de uso cotidiano con metales resistentes a la oxidación producida en el ambiente, mediante procesos como el niquelado, cromado o cadmiado.


Figura 6.- Monedas plateadas hispanoárabes y cristianas, obtenidas por la técnica de amalgamamiento con mercurio.


Bibliografía:

Feliu Ortega, M.J., D. López, J. Martín & S. Rovira, 1994. Técnicas de fabricación de monedas forradas de plata: nuevos datos para la polémica. Nvmisma 234: 21-45.

Ibáñez, M., G. Rosado & J.C. García, 1996. Falsificaciones de Sancho V Ramirez de Pamplona y Aragón (1064-1094). Gaceta Numismática 124: 25-34.

Kraft, G., 2005. Chemisch-Analytische Charakterisierung römischer Silbermünzen. Tesis manuscrita. Univ. Darmstad. 112 pp.