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sábado, 1 de marzo de 2025

Simbología de la luna creciente con estrella en las monedas.

 

Simbología de la luna creciente con estrella en las monedas. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 80 (1343) (Octubre, 2024): pp. 45-48.

 

Miguel Ibáñez Artica

 

 

En la actualidad, asociamos la imagen de la media luna o luna creciente con estrella al mundo islámico, y efectivamente este símbolo aparece representado en las banderas de varios países norteafricanos como Argelia, Túnez, Mauritania o Libia, y también es el emblema nacional de Turquía, figurando también en países asiáticos de mayoría musulmana como Pakistán o Malasia. En tiempos recientes, algunas monedas emitidas por algunos de estos países como Turquía, Pakistán o Argelia, presentan la luna creciente con estrella en sus monedas (Fig. 1).

Figura 1.- Monedas contemporáneas que presentan la creciente con estrella.

a: 10 Kurus de Turquía; b: 50 rupias de Pakistán; c: 200 dinares de Argelia.

 

            Un primer detalle que convendría señalar es que la imagen que representa la luna creciente con una estrella situada entre sus puntas es sencillamente imposible, ya que la zona sombreada de la luna impediría visualizar la estrella, pero esta circunstancia no ha impedido que desde tiempos remotos, esta simbología ha sido ampliamente utilizada y ya aparece en petroglifos y estelas de la antigua civilización sumeria, y posteriormente en época greco-romana se asoció a algunas divinidades del mundo antiguo, como Selene, Artemisa, Afrodita, Zeus, Némesis, Tyche y Astarté.

Por otra parte, la figura estelar del emblema no es realmente una estrella, sino Venus. Los planetas Venus y Mercurio, al estar más cerca del sol que la Tierra, aparecen solamente en las horas del crepúsculo y al amanecer. Precisamente, los fundamentos de la astrología se basaron en los movimientos –aparentemente erráticos- de los planetas, y su conjunción con las diferentes constelaciones.

 

Figura 2.- Representaciones de la luna creciente y estrella en monedas del mundo antiguo.

a: Tetradracma de Mitríades VI (135-63 a. C.), rey del Ponto en Asia Menor; b: Denario de Augusto (27 a.C.- 14 d.C.) acuñado en Roma; c: denario de Juba II (30  a. C. - 23 d. C.), rey de Mauritania; d: moneda de bronce con la diosa Afrodita en el anverso (c. 300 a.C.); e: bronce de Trajano (98-117 d.C.) emitido en Bizancio; f: áureo de Licinio (308-324 d.C.) acuñado en Antioquía entre los años 317 y 319 d.C..

 

            La imagen de la creciente con estrella aparece representada en varias monedas del mundo antiguo, como por ejemplo en las emisiones de Mitríades VI rey del Ponto entre los años 120 y 63 a.C. Según la tradición, el año de su nacimiento apareció un cometa en la constelación de Pegaso, y otro tanto ocurrió el año que ocupó el trono, así en el reverso de algunas de sus monedas aparece la figura de una creciente con una estrella que podría simbolizar el cometa (Fig. 2a). También vemos esta simbología en algunos denarios acuñados en tiempos de Augusto (27 a.C.- 14 d.C.) (Fig. 2b) o Juba II, rey de Mauritania en la misma época (30 a.C.- 23 d.C.) (Fig. 2c), y en algunas monedas de Uranópolis en Macedonia y de Bizancio (Figs. 2d, e).

La ciudad griega de Bizancio que posteriormente pasaría a llamarse Constantinopla en el año 330 d. C. y más tarde Estambul en 1453, adoptó el símbolo de la creciente y estrella en sus monedas. El origen de esta representación radica en la leyenda de que en el año 340 a. C., cuando Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, estaba sitiando la ciudad, la aparición de una repentina luz en el cielo, alertó a los defensores a tiempo de evitar un ataque nocturno por sorpresa del enemigo a las murallas. En agradecimiento a la diosa lunar Hécate, la ciudad colocó una estrella y una media luna en sus monedas, costumbre que se mantuvo hasta bien entrada la época romana (Fig. 2e).

            Muchos reyes orientales y emperadores romanos contaban con el asesoramiento de astrólogos en la corte, y la aparición de eventos lunares significativos, como eclipses, interpretados como presagios favorables, quedaron reflejados en las acuñaciones de la época. El historiador Cayo Suetonio  relata como a finales del reinado de Vespasiano (69-79 d.C.), apareció un cometa en el cielo de Roma, con el que el emperador se permitió bromear diciendo que, al tener el cometa una abundante cabellera (haciendo alusión al nombre latino que recibían los cometas  “Stella Crinita”, es decir “estrella con pelos”), no podía anunciar su muerte, ya que él era calvo (Fig. 3a), sino la del rey persa Vologases I, que tenía mucho más pelo (Fig. 3b). No andaba muy “descabellado” Vespasiano, ya que el rey persa falleció ese mismo año, en el 78 d.C., mientras que el emperador romano lo hizo en el año siguiente.

Figura 3.- Busto del emperador Vespasiano y representación de Vologases I, rey de Partia.

 

            La actual interpretación de la luna creciente con estrella como representativa del Islam surge de forma tardía, cuando el Imperio Otomano la adopta como emblema nacional durante el reinado de Mustafá III (1757-1774), tomándola del símbolo utilizado en Constantinopla -antigua Bizancio- desde tiempos remotos, y la incorpora a su estandarte en 1844, conservándose en las banderas de Turquía y de otros estados islámicos como Libia, Túnez y Argelia, y ya en el siglo veinte en las de Azerbayán, Pakistán, Malasia, Mauritania, etc..., de forma que a finales del siglo veinte, el símbolo de la creciente y la estrella pasa a ser considerado como un “símbolo del Islam” y es utilizado ocasionalmente por el nacionalismo árabe en las décadas de los años 70 y 80 del siglo XX.

            Una curiosa anécdota nos relaciona una dramática situación acaecida en el presente siglo, con los tiempos medievales de Ricardo Corazón de León: en el año 2006, un ciudadano británico que visitaba Yemen por negocios, fue interceptado mientras viajaba por la carretera en su coche por miembros de un grupo fundamentalista islámico. A pesar de que todo hacía presagiar un final trágico, contra todo pronóstico, el ciudadano fue liberado por el grupo armado sin mayores complicaciones. El motivo de este cambio de actitud por parte de los secuestradores fue una pegatina del club de futbol de Portsmouth, con el símbolo de la media luna y estrella (Fig. 4c), que llevaba pegada en el parabrisas de su automóvil. Este singular emblema del equipo de futbol, está tomado del escudo de armas de William Lonchamp, canciller del monarca Ricardo I de Inglaterra, cuando se otorgó el estatuto a la ciudad de Portsmouth el dos de mayo de 1194 (Fig. 4b). Se da la circunstancia de que el símbolo de la creciente con estrella era utilizado en el Gran Sello de cera con el que Ricardo I, más conocido como Ricardo Corazón de León, rubricaba sus documentos oficiales (Fig. 4a), y este popular monarca inglés era precisamente cuñado del rey de Navarra Sancho VII “el Fuerte”, quien le había ayudado en tierras aquitanas a defender sus derechos en la Gascuña contra Felipe II Augusto de Francia.

Figura 4.- a: Gran sello de Ricardo I de Inglaterra; b: sello céreo de Raimundo, conde de Tolosa; c: escudo de armas de la ciudad de Portsmouth; c: emblema del equipo de futbol de Portsmouth.

 

            El monarca navarro Sancho VII (1194-1234) emitió durante su prolongado reinado ingentes cantidades de monedas de vellón, dineros y óbolos, y aunque mantuvo su efigie en los anversos modificó drásticamente el motivo del reverso, una cruz con adornos vegetales de inspiración bizantina, presente en la moneda pamplonesa y navarra desde su creación por Sancho V Ramírez en el año 1076, y que fue sustituida por la creciente con estrella (Fig. 5e).

Se da la curiosa circunstancia de que en tiempos de este monarca, en Navarra circulaban dos tipos monetarios principales, por una parte el dinero de vellón denominado popularmente “sanchete”, que no presenta la imagen de la cruz, ni como motivo principal ni como elemento de separación de las leyendas, hecho excepcional en la numismática de los reinos cristianos medievales, mientras que el segundo tipo, los “morabetinos alfonsinos” acuñados por Alfonso VIII de Castilla a imitación de la prestigiosa moneda musulmana de oro, presentan las leyendas en árabe, pero con una gran cruz en el anverso y leyendas cristianas.

   En época del monarca navarro Sancho VII podemos encontrar el símbolo de la luna creciente con estrella en algunos jetones ingleses y en “mereaux” franceses. Los jetones eran objetos con aspecto de moneda, utilizados por las administraciones contables para realizar los cálculos matemáticos cuando todavía no se aplicaba el álgebra, y las operaciones se realizaban con fichas, llamadas jetones, sobre un tablero a modo de ábaco. Los “mereaux” eran pequeñas piezas de plomo (Fig. 5b), que a diferencia de los jetones, que eran acuñados como las monedas, se fabricaban en moldes, utilizándose para entregar a los pobres y peregrinos, quienes los podían intercambiar por comida en las dependencias de los monasterios y abadías. También eran fabricados por los ayuntamientos de las villas, cuando escaseaba la moneda menuda, y entonces funcionaban como moneda de necesidad a nivel local. Uno de estos jetones ingleses, probablemente de la época del rey Ricardo I, lleva el símbolo de la creciente y estrella (Fig. 5a).

Figura 5.- El símbolo de la creciente con estrella en jetones, “mereaux” y monedas de los siglos XII-XIII.

a: jetón de cobre inglés s. XIII; b: “mereau” francés de plomo, s. XII-XIII; c: dinero de vellón de Raimundo VI,  conde de Tolosa (1173-1190); d: fracción de dinero de cobre de Bohemundo III de Antioquía (1163-1201); e: dinero “sanchete” de Sancho VII de Navarra (1194-1234); f:.moneda italiana de plata de Arlongo de Visgoni (1261-1281).

 

            También encontramos el símbolo de la luna creciente con estrella en algunas monedas de la época, como por ejemplo en los dineros de vellón del conde de Tolosa Raimundo VI, suegro del monarca navarro (Fig. 5c), en monedas de cobre de Bohemundo III de Antioquía, donde aparece este símbolo en el reverso, pero asociado a una gran cruz que ocupa el campo del anverso (Fig. 5d), en las emisiones irlandesas de Juan de Inglaterra (1199-1216) o en algunas monedas italianas algo más tardías (Fig. 5f).

            Precisamente una de las hipótesis que se han manejado, es que el monarca navarro adoptara para sus emisiones el motivo que utilizaba su suegro en los sellos céreos y en las prestigiosas monedas occitanas (Fig. 5c), pero también cabe la posibilidad de que este motivo fuera tomado de la simbología utilizada en los sellos reales por su cuñado Ricardo Corazón de León (Fig. 4b), con quien le unía una gran amistad.

            Durante cuatro décadas, la principal moneda que circuló en Navarra llevaba el símbolo de la creciente con estrella, por lo que resulta normal que esta imagen se adoptara en muchos lugares como elemento pre-heráldico, para convertirse en un símbolo utilizado en numerosos escudos de armas en Navarra (Fig. 6). Así en el siglo XIV la creciente y estrella aparece como símbolo de la ciudad de Pamplona, e incluso la podemos ver en algunas estampillas de elementos cerámicos como jarras, encontradas en las excavaciones de la Plaza del Castillo en Pamplona, y que pueden datarse entre finales del s. XIII y mediados del XIV.

Figura 6.- Iglesia de San Nicolás en Pamplona, con la imagen del sello del burgo medieval del mismo nombre.

 

 

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Nuevos datos sobre el tesoro de Gazteluberri

 

Nuevos datos sobre el tesoro de Gazteluberri. Artículo publicado en el Boletín del Museo Arqueológico Nacional 39 (2020): pp. 275-282.

 

 

Miguel Ibáñez Artica

 



Nuevos datos sobre el tesoro de Gazteluberri.

            El denominado “tesoro de Gazteluberri” hallado en 1960 al sur de la provincia de Gipuzkoa, y actualmente expuesto al público en el Museo Arqueológico Nacional (Fig. 2b),  está formado por un conjunto de 52 monedas (número de inventario 1960/35/1 a 53), nueve de ellas de oro y las demás de plata, correspondientes al reinado de Felipe II (1556-1598), con la excepción de un escudo sevillano de Juana y Carlos V (1537-1556). El conjunto incluye también el cencerro de hierro que las contenía.

I.- Circunstancias del hallazgo:

            Este tesoro fue minuciosamente descrito y publicado en 19671 por Joaquín María de Navascués (director del Museo Arqueológico Nacional en la época de su descubrimiento), y con respecto a las circunstancias del hallazgo y su posterior ingreso en las colecciones del MAN, señala en las páginas 93-94:

“«En cuanto concierne a la fecha, lugar y circunstancias del hallazgo dispongo de los datos de una información facilitada por el Sr. Alcalde de Segura, presidente de la Parzonería de Guipúzcoa, y de los obtenidos en una inspección personal sobre el terreno […] el tesoro apareció el día 7 de abril de aquel año, sobre las cinco de la tarde,... Dentro de esta Parzonería apareció el tesoro, en el paraje llamado Gazteluberri, a los diez metros de una peña... La ocasión del hallazgo fueron los trabajos de plantación que se ejecutaban entonces en aquel paraje. Los descubridores fueron Juan Berástegui y Urquía y Eugenio Martín Zazo, quienes al abrir un hoyo, a unos diez centímetros de profundidad, encontraron un objeto extraño que resultó ser el cencerro herrumbroso de cuyo interior salieron las monedas […] fue adquirido por el Ministerio de Educación Nacional en 30 de diciembre del mismo año del hallazgo, 1960. Componen el tesoro 52 piezas, teniéndose éstas por el contenido íntegro del cencerro. Deducíase así tanto de las informaciones oficiales como de la transmisión verbal, sin que hubiera contradicción alguna en ningún caso. Pero muy poco después de la adquisición definitiva por el Estado, corrieron voces de que no estaba completo, que había salido alguna pieza más de las 52 adquiridas, sin determinar aquella “alguna” […]. Cabría pensar que los rumores, falsos o ciertos, circulaban despechadamente para desacreditar el tesoro y a las personas que intervinieron en su adquisición por el Estado. Sé también que volví a meter en el cencerro las 52 piezas con ánimo de comprobar su volumen en relación con el de la cabida en el changarro, y calcular así si podía faltar algo o no. La operación fue de resultado negativo, pues la capacidad es incluso para el doble de las piezas adquiridas.»” 



Figura 1.- Ubicación de la peña de Gazteluberri (Segura, Gipuzkoa); a: Mapa de la zona (Fuente: Google maps); b: Vista aérea de la peña; c: Vista de la peña desde la carretera GI-2637 (Idiazábal-Alsasua).

 

            El 25 de septiembre del año 2017 se publicó un reportaje sobre este tesoro en el periódico guipuzcoano “El Diario Vasco” (Viñas, 2017a: 42, 43) donde se planteaba la posibilidad, ya apuntada en el artículo de Navascués, de que el tesoro estuviera incompleto. Habiendo pasado más de medio siglo desde el descubrimiento, se hacía un llamamiento a que si alguna persona tenía algún dato al respecto lo aportase.

            La información publicada en el periódico llegó a conocimiento de uno de los descubridores, el vecino de la localidad navarra de Arbizu, Juan Berástegui Urquía, quien a sus 87 años de edad recordaba perfectamente los pormenores del hallazgo cuando se encontraba plantando pinos a diez metros de la peña de Gazteluberri, y así los comunicaba al periódico (Viñas, 2017b: 56): “«Estaba junto a Eugenio Martín Zazo, de Ávila, y otro trabajador de Etxarri, cuando este último fue a coger tierra para plantar uno de los árboles y encontró un cencerro tumbado dentro de una grieta de la peña, que se encontraba a un metro de altura. Me lo dio, diciendo que lo podía usar para mis vacas, pero estaba muy “gibado”. No valía y era pesado. Se dio cuenta que tenía arcilla en la boca y al retirarla, cayeron todas las monedas al suelo»”.

Berástegui como jefe del grupo se llevó el cencerro con las monedas custodiándolo durante tres meses, en los que realizó consultas a distintos anticuarios, y uno de ellos le aconsejó recurrir a D. Domingo Irigoyen, párroco de Zumárraga y conocido por su afición a la numismática. A través del sacerdote se produjo la entrega de las monedas, y según relata su descubridor: “«Quedamos en hacerla [la entrega] en una joyería de la plaza de Guipúzcoa de San Sebastián, propiedad de un vecino de Arbizu. Yo fui quien llevó las monedas y una vez allí, llamamos a la policía. La casualidad quiso que el responsable que vino también fuera de Arbizu. Me tranquilizó, me dijo que no iba a pasarme nada, sólo debía responder a algunas preguntas [...] las autoridades estipularon el valor del tesoro y dieron un dinero que se dividió en dos partes. Una de ellas fue para el pueblo de Segura; la otra se repartió entre los tres. Recibimos 35.000 pesetas cada uno. En aquella época era bastante dinero»”.

            Estos datos modifican ligeramente la versión inicial, el cencerro estaría oculto en posición horizontal en  una grieta de la peña y no enterrado a diez centímetros de profundidad en el suelo a diez metros de la peña, en realidad este era el punto donde se encontraban los operarios cuando el trabajador de Exarri (cuyo nombre no se cita y que es el auténtico “descubridor” del tesoro) aparece con el cencerro que acaba de encontrar en una grieta de la peña.

            Se da también una discordancia entre la indemnización que se declara en el artículo y los datos que figuran en el expediente oficial (Archivo Histórico del MAN, Exp. 1960/35: 56 pp.), donde se establece la valoración económica del tesoro en 123.698 pesetas, cantidad que se repartió en dos mitades, una para el Ayuntamiento de Segura y otra para los dos descubridores “oficiales”, quienes según esta información recibirían la cantidad de 30.924,5 pesetas cada uno (el libramiento del pago se realizó el treinta de diciembre de 1960). En este caso, la tercera persona “el trabajador de Etxarri”, que según las declaraciones de Juan Berástegui, fue quien realmente descubrió el cencerro, no recibió cantidad alguna, al menos oficialmente.

            La indemnización de 123.698 pesetas (a fecha de diciembre de 1960) actualmente equivaldría a 28.590 euros2.



Figura 2.- a: Las monedas del tesoro en las antiguas bandejas del monetario del MAN, junto con el cencerro en primer plano; b: Presentación del Tesoro de Gazteluberri en las vitrinas de la sala 37 del Museo Arqueológico Nacional en la actualidad (Wikipedia, Foto: Velasco Mora, F.).

 

II.- Características y “valor” del tesoro.

            Las monedas que integran el tesoro de Gazteluberri (Fig. 2) forman un heterogéneo conjunto en cuanto a valores y procedencias (cecas): escudos y dobles escudos de oro, reales de a ocho, cuatro reales y una única pieza de dos reales, acuñadas en las cecas peninsulares de Sevilla, Segovia, Toledo, Valladolid y Granada, así como en las americanas de México y Potosí3. Los datos de pesos medios de los diferentes tipos monetarios pueden resumirse así:

Tipo monetario                     Peso medio     s (desviación típica)

 

Dobles escudos (7)                 6,76 g.                        0,02

Escudos (2)                           3,33 g.                        0,04

Reales de a ocho (34)             27,35 g                       0,21

Cuatro reales (8)                     13,74 g.                      0,08

Dos reales (1)                         5,96 g                        ---

 

El peso total de las monedas de oro (dos escudos y siete doblones) es de 53,99 gramos, mientras que las de plata suman 1.043,31 gramos, de las cuales los reales de a ocho suponen el 89% del peso total de plata del tesoro. Así pues lo recuperado supone algo más de un kilogramo de monedas de plata y 54 gramos de monedas de oro.

Considerando el valor del escudo en 400 maravedís y en 272 el real de a ocho (Pérez Sindreu, 2006: 30) el conjunto estaría valorado en un total de 16.804 maravedís en la época de su ocultación.

Podemos establecer algunas referencias para conocer el valor adquisitivo de estas piezas en la época: una moneda de ocho reales suponía el sueldo de dos días del trabajo de un artesano, o algo más de tres días de un peón (Carrión Arregui, 2000: 78),  y en San Sebastián en 1597 una gallina costaba cuatro reales, lo mismo que una libra de azúcar (Espejo, 1907: 401). Una libra de carne de vacuno podía adquirirse por 14 maravedís, una libra de carnero por 20 maravedís (Espejo, 1907: 398), un pichón por dos reales mientras un capón costaba medio ducado (Espejo, 1907: 398, 401)4.

Otro dato comparativo interesante es el coste del alquiler de una casa “ordinaria” en San Sebastián entre los años de 1595 y 1597, que  era de 26.982 maravedís anuales (Espejo, 1907: 390), cifra muy superior al valor estimado del tesoro de Gazteluberri, aunque es preciso tener en cuenta que San Sebastián en los últimos años de Felipe II, era la población más cara de la Península Ibérica (Espejo, 1907: 403). 

III.- Posibles circunstancias de la ocultación.

            Respecto a la fecha de ocultación del tesoro, y dada la composición del mismo, podría establecerse en el último año del reinado de Felipe II o en los primeros de Felipe III, en cualquier caso en torno a 1600, y uno de los aspectos más interesantes, y sobre el que sólo podemos hacer conjeturas, es el establecer las razones del ocultamiento, y qué tipo de persona lo realizó.

            En la hipótesis planteada por Navascués se señala: «El hecho del escondite en pleno monte y dentro de un cencerro hace pensar en los ahorros de un pastor, o en el producto de la venta de ganado, que por temor a llevarlos consigo los enterraría sin haber tenido ya la oportunidad de volver a buscarlos» (Navascués, 1967: 112).

            En primer lugar podemos considerar las características del paraje donde fue realizado el hallazgo, la zona en la cual se encontró el tesoro es una importante vía natural, un angosto valle que comunica Guipúzcoa con Navarra, flanqueado por una elevada peña. Así que aunque la zona era transitada al ser una vía de comunicación natural, el lugar concreto del ocultamiento era relativamente inaccesible, pero con una referencia claramente visible, la propia peña (Figura 1c).

 

Además de la hipótesis planteada por Navascués, cabe también otra posibilidad. En la época del ocultamiento (y en fechas posteriores) estaba prohibido sacar del territorio monedas de oro y plata (“saca de moneda”), pero no faltaban los contrabandistas que lo hacían, “«en estos fraudes participaban un amplio abanico de personas, tanto naturales como extranjeros [...] los propios comerciantes participaban activamente de este lucrativo comercio, en particular en las zonas costeras y en especial en las villas de Bilbao y San Sebastián»” (Truchuelo, 2005: 18). En el siglo XVII, la comunidad de judíos conversos portugueses asentada en San Juan de Luz se dedicaba a importar moneda de oro y plata de buena calidad y exportar a España monedas falsificadas de vellón, estimándose en una cuantía de tres millones de ducados anuales el montante de dicho fraude (Carrasco, 1997: 1085). El sistema utilizado para eludir los controles era emplear en el transporte caminos “extraordinarios” (Carrasco, 1997: 1103).

            La actividad del contrabando de moneda era bidireccional, por una parte, la moneda fuerte de oro y plata se exportaba fraudulentamente desde Castilla, a través de los puertos vascos, al tener esta moneda mayor valor en otros países, mientras que a la inversa, se importaba masivamente moneda falsa de vellón desde Francia, Inglaterra y Holanda, que pasaba por Guipúzcoa en dirección a Castilla. Tal era la magnitud de este problema que en 1602 se envía un comisionado real a Guipúzcoa para actuar contra los que sacaban moneda (Truchuelo, 2005, p. 20).

            Así pues, otra hipótesis es que las monedas circularan en manos de contrabandistas (Ibáñez, 1999: 162; 2018: 46) que en esos momentos intentaban sacar del país las valiosas monedas de oro y plata cuyo destino final eran los puertos de Guipúzcoa, y que ante el temor de ser detenidos, o ante la presencia de algún control cerca de la muga, procedieran a esconder el cargamento en un lugar bien oculto, pero  fácilmente identificable desde lejos, para poder recuperarlo en circunstancias más favorables, lo cual nunca llegó a ocurrir.

Notas:

 

[1] Previamente se habían publicado los datos básicos de las monedas halladas en sendas publicaciones (Navascués, 1961, 1963).

 

2 Teniendo en cuenta la tasa de inflación según: <https://fxtop.com/es/calculadora-de-inflacion.php>  [Consulta: 24 de junio de 2019]

 

3 En este tesoro están representadas todas las cecas peninsulares que acuñaron reales de a ocho en tiempos de Felipe II. Si bien falta el duro de Toledo, esta ceca está representada por un doblón y tres piezas de cuatro reales. Faltarían tan solo monedas de la ceca de Lima (Navascués y de Juan, 1961: 178). La descripción detallada de las

monedas fue publicada por Navascués en 1967, y las fotografías y datos de las mismas pueden consultarse en el catálogo en línea del MAN y en Ceres:   <http://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?Museo=MAN&txtSimpleSearch=Segura&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=advancedUnion&MuseumsSearch=MAN%7C&MuseumsRolSearch=9&listaMuseos=[Museo%20Arqueol%F3gico%20Nacional]>  [Consulta: 3 de julio de 2019]    

 

4 Resulta difícil comparar los precios de los productos alimenticios en épocas preindustriales y en la actualidad. En los países desarrollados, gracias al aporte energético de los combustibles fósiles se estima que la dieta diaria de una persona se logra con tan sólo 20 minutos de trabajo (datos de EEUU), mientras que en los sistemas que dependen únicamente de la energía solar costaría 111 horas de trabajo (casi dos semanas) (Pfeiffer, 2006: 5). Por este motivo, los precios de los artículos alimenticios en los siglos XVI-XVII resultan tan elevados, y productos cotidianos muy habituales hoy en día como el pollo, en aquella época (y hasta mediados del s. XX en España) eran manjares de “lujo”, consumidos únicamente en grandes celebraciones.

 

Bibliografía:

CARRASCO VÁZQUEZ, J. (1997). «Contrabando, moneda y espionaje (el negocio del vellón 1606-1620)». Hispania, vol. LVII/3, nº. 197, pp.  1081-1105.

CARRIÓN ARREGUI, I.Mª. (2000). «El trabajo de una manufactura real del siglo XVII: los armeros de la Armería de Tolosa». Vasconia, nº 30, pp.73-82.

ESPEJO, C. (1907). «Precio de los principales artículos de uso y consumo en San Sebastián y Valladolid en los últimos años del reinado de Don Felipe II. La policía de abastos y la de subsistencias». Rev. Archivos, Bibliotecas y Museos, nº 10, pp. 387-404.

IBÁÑEZ ARTICA, M. (1999): «Tesoro de Gazteluberri.», en Tesoros del Gabinete Numismático. Las 100 mejores piezas del monetario del Museo Arqueológico Nacional. Edición de Carmen Alfaro Asins, Paloma Otero Morán y Carmen Marcos Alonso. Madrid: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, pp. 162-163.

IBÁÑEZ ARTICA, M., (2018). «El tesoro de Gazteluberri.» Eco Filatélico y Numismático, vol. 74, nº 1279, pp. 45-47.

NAVASCUÉS Y DE JUAN, J.Mª. (1961). «Tesoro de Segura (Guipúzcoa)». Numario Hispánico, tomo X, nº 19/20, pp. 175-179.

NAVASCUÉS Y DE JUAN, J.Mª., y RUIZ TRAPERO, M. (1963). Numismática, Memorias de los Museos Arqueológicos. 1958 a 1961, Madrid, pp. 71-77.

NAVASCUÉS Y DE JUAN, J.Mª. (1967). «El tesoro de Gazteluberri». Numario Hispánico, tomo XI, nº 22, pp. 93-114.

PÉREZ SINDREU, F. de P. (2006). «El reinado de Felipe II y su sistema monetario». Gaceta Numismática, nº 160, pp. 29-35.

PFEIFFER, D.A. (2006). «Comemos combustibles fósiles». Polis, nº 14, pp. 1-12. <http://journals.openedition.org/polis/5246>  [Consulta: 4 de julio de 2019]    

TRUCHUELO GARCÍA, S. (2005). «La represión del fraude comercial en el litoral vasco en el período altomoderno». Sancho El Sabio, nº 23, pp. 11-34.

VIÑAS, E. (2017a). «Un tesoro envuelto en misterio». El Diario Vasco, 25/09/2017, pp. 42-43. 

VIÑAS, E. (2017b). «Enigmas resueltos del tesoro de Gazteluberri». El Diario Vasco, 11/11/2017, p. 56. 

 

 

Artículo en pdf: http://www.man.es/man/dam/jcr:820555df-7532-4326-9c06-f5670b135c54/2020-bolman-39-19-ibanez.pdf

domingo, 1 de mayo de 2022

La serpiente Python, Apolo y el meteorito conservado en Delfos.

 

La serpiente Python, Apolo y el meteorito conservado en Delfos. Artículo publicado en “Revista Meteoritos” (Noviembre 2021) 30: pp. 34-40.

 

Miguel Ibáñez Artica

 





















viernes, 1 de febrero de 2019

Representaciones de "Premoneda" en la Numismática y Filatelia II. Billetes y sellos postales de las Islas Salomón.


Representaciones de “Premoneda” en la Numismática y Filatelia. II Billetes y sellos postales de las Islas Salomón. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 73(1266) (Octubre 2017): pp. 46-47.

Miguel Ibáñez Artica


            Las Islas Salomón constituyen un país insular independiente formado por casi un millar de islas repartidas entre el archipiélago de las Salomón, y las islas de Santa Cruz, al norte de Vanuatu. Descubiertas en 1568 por el español leonés Álvaro de Mendaña, recibieron tan singular nombre al confundirlas con las legendarias tierras de Ofir, donde se encontraban las minas del rey Salomón.

            Tras una segunda expedición en 1595 donde se fundó una colonia española en la isla de Santa Cruz, tras la muerte de Mendaña ese mismo año, los españoles perdieron el interés por estas islas aunque siguieron visitándolas durante el siglo XVII.

            En el último cuarto del siglo XIX se estableció un protectorado británico en la parte meridional del archipiélago, mientras la parte norte quedó bajo jurisdicción alemana, si bien en 1899 Alemania cedió parte de sus colonias en las Islas Salomón a Gran Bretaña. En julio de 1978 las Islas Salomón se convirtieron en un país independiente dentro de la Commonwealth. 


Figura 1.- Moneda española de Alfonso XIII resellada por el Kaiser Guillermo II de Alemania.
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/b3/Solomon_Islands_coin_2013_derivate_000.jpg.

La nueva moneda del país recibió la denominación de “dólar” (dólares de la Isla Salomón, actualmente 1 dólar= 0,11 euros), y en los billetes de diez dólares de las Islas Salomón figura una escena de la fabricación de la moneda tradicional (Figura 2), así como un “Nima ae” de cinco ristras de conchas.

También encontramos representadas algunas “monedas concha” en los billetes de dos dólares, donde aparecen, tanto en anverso como en el reverso el característico “Mbokombo” y un “Poata” (Figura 3a), en el billete de cinco dólares figuran tres “Kap-kap” (Figura 3b), y en el de diez dólares, además de las imágenes reseñadas en la Figura 2, tenemos un “Dafi” y un “Tema” (Figura 3c). Igualmente, en el anverso del antiguo billete de cincuenta dólares podemos ver un “Mbokombo” y un “Tema” (Figura 3d).


Figura 2.- Monedas tradicionales representadas en el reverso del billete de diez dólares de las Islas Salomón.
a: Proceso de fabricación de la moneda-concha; a’: Taladro utilizado (MAN/2009/159/124); b: Moneda concha “Nima ae” de cinco ristras de conchas.



Figura 3.- Billetes de 2, 5, 10 y 50 dólares donde aparecen algunas “monedas-concha” tradicionales de las Islas Salomón.

            Con respecto a las monedas, encontramos en las de cinco y dos dólares una característica figura, denominada “Mbokomo” (Figura 4), un tipo particular de “Barava” con forma de ave y elaborada con la concha del lamelibranquio gigante Tridacna, considerada como objeto muy valioso que ocasionalmente se utiliza como moneda.



Figura 4.- Monedas de cinco y dos dólares con la representación de la “moneda concha” denominada “Mbokombo”, tallada en concha de Tridacna y con aspecto de ave.

Pero en este caso donde con más asiduidad aparece representada la “premoneda” tradicional es en los sellos postales. Encontramos el “abaquaro” (Figura 5a), el “kesa” de Choiseul (Figura 5b), y el “Kap Kap” (Figuras 5c y 6c). Incluso encontramos las figuras de los diferentes moluscos utilizados en la elaboración de las sofisticadas “monedas-concha” (Figura 5d).


Figura 5.- Algunos sellos que representan monedas-concha.
a: Sello de las Islas Salomón representando el “Abaquaro” (emisión del 21 de marzo de 1979; MAN/2009/159/134a); b: Sello con imágenes del “Kesa” y “Abaquaro” (MAN/2009/159/133b); c: Sello de las Islas Salomón con un  “Kap Kap” (MAN/2009/159/134b); d: Diferentes moluscos utilizados en la fabricación de la “moneda concha”.

En este último caso (Figura 6),  aparecen tres de las cuatro especies de lamelibranquios utilizadas para fabricar las cuentas de colores que conforman la moneda tradicional de Malaita y zonas vecinas: el “Romu” de color rojizo (Figura 6a) extraído de la concha de Chama pacifica (Broderip, 1835), Atrina vexillum (Born, 1778) una gran concha de la familia Pinnidae de color negro (Figura 6b) que recibe el nombre de “Kurila”, y el “Kakandu”, con el que se fabrican las cuentas de color blanco a partir de un berberecho de la especie Anadara granosa (L. 1758), conocido en inglés como “blood cockle” debido a que posee hemoglobina en su sangre que le da un color rojizo (Figura 6c). En este sello no está representada la cuarta especie de lamelibranquio Beguina semiorbiculata (L. 1758), con la que se obtiene las cuentas denominadas “Ke’e” (Figura 6d).


Figura 6.- Sello de las Islas Salomón representando los diferentes moluscos utilizados en la fabricación de la “moneda concha”.

En algunos casos, las “monedas concha” cumplen también una función ornamental y son utilizadas como símbolo de poder o autoridad, y también han sido motivos que aparecen en los sellos postales de las Islas Salomón. Este es el caso de los “Poata” (Figura 7a), el “Kesa” (Figura 7b) o el “Kap Kap” (Figura 7c). En el primer caso se trata de un colgante elaborado con un aro de concha ricamente decorado con semillas o dientes de cetáceo, mientras que los dos restantes están fabricados con una placa circular de Tridacna a la que se superponen figuras recortadas de concha de tortuga, en el caso del “Kesa” con la silueta de un ave marina, y en el “Kap Kap” con un intrincado diseño simétrico que recuerda el de un delicado mantel elaborado con ganchillo.


Figura 7.- Emisiones filatélicas de 1990 representando algunas “monedas concha” utilizadas también como adornos personales que indican el poder o prestigio de su poseedor. Abajo, Jefes portando adornos. a: “Bakhia”; b: “Tema”; c: “Kap Kap”.

            Finalmente, además de las “monedas-concha” anteriormente reseñadas, en las monedas y sellos postales de las Islas Salomón, encontramos otros objetos de uso monetario, como las famosas “moneda pluma” utilizadas en las islas de Santa Cruz (Figura 8a), o los recipientes rituales elaborados con madera e incrustaciones de concha, denominados “Apira”y que aparece representado en algunos sellos (Figura 8b) y en la moneda de un céntimo de dólar (Figura 8c).


Figura 8.- a: “Moneda pluma” emisión del 24 de octubre de 1977; b: sello mostrando un recipiente ceremonial; c: moneda de un céntimo de dólar de las Islas Salomón.