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domingo, 24 de mayo de 2015

El "Mullu": oro rojo de los Incas.

El “Mullu”: oro rojo de los Incas. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 58(1094) (Enero 2002): pp. 48-49.

Miguel Ibáñez Artica

Dentro de los elementos utilizados como moneda por los pueblos primitivos, uno de los más característicos es el denominado “dinero del mar”,  formado por conchas marinas, más o menos trabajadas, utilizadas como moneda y también como elementos ornamentales.

Hay que tener en cuenta que frente al uso actual de la moneda, con una finalidad exclusivamente económica, las “monedas primitivas” podían tener diferentes aplicaciones, por ejemplo cumplían una función social (en dotes matrimoniales, regalos ceremoniales, resarcimiento por delitos de sangre, ofrendas a los dioses...) y probablemente esta utilización no económica de la “premoneda” es anterior a su uso en el comercio.

Algunos moluscos marinos han sido utilizados como moneda desde la más remota antigüedad, especialmente en el Océano Pacífico, tanto en las costas asiáticas, como en Australia e islas del Pacífico Sur, así como en la costa americana, tanto en América del Norte como Sudamérica. Las conchas de algunas especies presentan unas características muy adecuadas para ser usadas como moneda, su reducido tamaño, dureza y durabilidad, imposibilidad de falsificarlas, rareza o dificultad en su obtención, además de su intrínseca belleza y atractivo como ornamento, las convierten en candidatas perfectas para constituir un elemento de referencia del valor de las cosas, de gran aceptación entre las culturas primitivas.

Podemos señalar tres grupos de moluscos que han cumplido una función monetaria en las costas americanas, los escafópodos que como el Dentalium pretiosum, era utilizado por las tribus indias de la costa norteamericana del Pacífico, recibiendo la denominación de “allicotsik” (literalmente “moneda india”), los gasterópodos o caracolas de diferentes tamaños, desde la pequeña Olivella biblicata o “kol-kol” de los indios Chumash de California, a las grandes caracolas de Busycon canaliculatum, que servían a los indios de la costa este de los Estados Unidos para fabricar cuentas o cilindros de un hermoso color violeta. Las tribus de  la costa oeste utilizaban pequeños trozos de la “oreja de mar” (Haliotis rufescens) denominados “uhl-lo” que servían como moneda, a la vez que se utilizaban como adorno, ensartando varias piezas a modo de collar. Un tercer grupo está formado por los lamelibranquios, como la especie Mercenaria mercenaria, una almeja frecuente en el litoral de la costa atlántica de Norteamérica, de la que se sacaban pequeños cilindros de color blanco, que combinados con los de color violeta antes señalados, formaban cinturones denominados “wampum”, que servían como medio de cambio.


Figura 1.- Ejemplares de Spondylus crassisquama (princeps) Lamarck, 1819.

A este grupo de moluscos pertenece también el “Spondylus”, una especie de ostra o berberecho  que presenta numerosas protuberancias laminares en la superficie de su concha. En tiempos prehispánicos una de estas especies, considerada como un elemento sagrado, tenía un gran valor, y de hecho se intercambiaba con el oro, se trata del “mullu”, voz quechua de una especie de ostra espinosa que presenta un llamativo color rojo, el Spondylus princeps, que vive a poca profundidad en la costa de Ecuador. La recolección de este molusco lamelibranquio se remonta a tiempos inmemoriales, y  era extraído del fondo del océano por buzos especializados, con ayuda de una piedra que les servía de lastre y con una cuerda alrededor de la cintura, sostenida por pescadores sentados en una balsa (tal como se ven representados en algunas figuras incaicas), de esta forma, se sumergían hasta las profundidades en busca de la valiosa presa, muy difícil de localizar por otra parte, ya que paradójicamente a cierta profundidad los colores rojos, tan llamativos en la superficie, desaparecen camuflándose perfectamente con el entorno. Estos personajes que actúan como buzos aparecen frecuentemente  representados en diversos objetos, desde diferentes tipos de cerámica, pendientes, ornamentos para la nariz, husos o cuencos, así como también en algunos relieves arquitectónicos.


Figura 2.- Vasijas de cerámica representando el “mullu”. A la derecha, escenificando la recogida de “mullu” en una embarcación conocida como “caballito de Totora”.

La extracción del “mullu” y su utilización en Perú se extiende por un período de cuatro milenios, desde el denominado “período Valdivia”, entre el 3.500 y 1.500 a.C., con un máximo de actividad en la “fase Engoroy” situada entre el 800 y el 100 a.C. Desde sus zonas de recolección, en la costa de Ecuador, las conchas de “mullu” eran transportadas hacia el sur, utilizando fundamentalmente vías terrestres, en cargamentos transportados  a través de las rutas que recorrían los Andes centrales, a lomos de llamas, y posiblemente también por vías marítimas, si bien en este caso la navegación sería muy dificultosa al ir las corrientes costeras en dirección contraria. Los incas  se establecieron en Tumbes (en la costa norte de Perú) precisamente con el fin de controlar el puerto de entrada de los conchas sagradas de Spondylus y el punto de partida de la ruta terrestre que se dirigía hacia el sur, hacia el corazón del imperio Inca. En esta población de Tumbes se estableció un taller que fabricaba cuentas y collares con la preciada concha.

Las conchas de “mullu” se utilizaban enteras en algunas ceremonias sagradas, por ejemplo entre los mayas, la sangre de los sacrificios humanos, era vertida en conchas de espóndilo rojo. Sin embargo, la mayor cantidad de “mullu” se procesaba en talleres especializados, como el anteriormente reseñado situado en Tumbes, donde se fabricaban laboriosamente pequeñas cuentas, tomando un fragmento de concha, perforándola y desgastando los bordes con una piedra hasta conseguir un pequeño anillo o cuenta. Otra posibilidad era sacar de la concha piezas rectangulares, que convenientemente perforadas servían para fabricar petos o collares, incluso se llegaron a fabricar pequeñas figuras de animales (principalmente aves de largos picos) que servían como objetos de adorno.   


Figura 3.- Collar de duentas de “mullu”. Ecuador. Cultura Puruha. (s. XIV-XV d.C.) y placas de “mullu”. Perú.

A diferencia de lo que ocurre en las culturas de los indios de Norteamérica, donde los investigadores y antropólogos del siglo XIX, han dejado constancia de la utilización como moneda de numerosas especies de moluscos, informando detalladamente sobre sus nombres, usos y valor, con respecto a la utilización del “mullu” en las culturas prehispánicas, la principal fuente de información se deriva de los hallazgos arqueológicos, ya que los conquistadores, más preocupados por los metales preciosos, no prestaban demasiada atención a estas conchas. No obstante, Pedro Cieza de León, en su “Crónica del Perú” (1550) señala que los indígenas, además de adornos de oro y plata, usaban unas cuentas muy menudas llamadas “chaquira colorada” que valían tanto como el oro, y otros autores informan de un importante comercio de estas conchas, que desde la costa de Ecuador, viajaban hacia el sur donde eran utilizadas por la cultura Inca desde los tiempos más remotos con finalidades específicas: ofrendas a los dioses (conchas enteras o fragmentos), utilización como joyas y ornamentos de las clases nobles, ajuares funerarios y representaciones en diferentes objetos de cerámica, metálicos y textiles, utilizados por las clases altas de la sociedad inca. Estas conchas, o los ornamentos fabricados con ellas constituían, junto con los metales nobles, la “moneda” de las culturas incas precolombinas.

Referencias seleccionadas:

Blower, D., 1985. The quest for Mullu: Concepts, Trade, and the Archaeological distribution of Spondylus in the Andes. Thesis Trent University. Peterborough, Ontario, Canadá: 246 pp.
http://www.nlc-bnc.ca/obj/s4/f2/dsk2/ftp04/mq21671.pdf

VVAA, 1999. Spondylus, ofrenda sagrada y símbolo de paz. Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera & Fundación Telefónica. Perú: 162 pp.










sábado, 9 de mayo de 2015

¿Cómo se llamaban realmente las primitivas poblaciones celtibéricas que acuñaron moneda?

¿Cómo se llamaban realmente las primitivas poblaciones celtibéricas que acuñaron moneda?.
Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 67(1198) (Julio-Agosto 2011): pp. 44-45.

 Miguel Ibáñez Artica

                  Las fuentes escritas constatan la existencia de ciudades en la Celtiberia antes de la llegada de los romanos a la Península Ibérica en el año 218 a.C., no obstante su presencia potenció notablemente el proceso de urbanización, al obligar a la población indígena –ya fueran aliados o vencidos-,  a concentrarse en ciudades nuevas, aunque en ciertos casos dichas poblaciones presentan poderosas estructuras defensivas, que parecen ir en contra de los planteamientos iniciales de los romanos, con su política de agrupamiento de los indígenas para controlarlos mejor.

Las primeras emisiones de monedas en la Península Ibérica responden a motivos estrictamente económicos, generados por las necesidades que planteaba el comercio. Estas acuñaciones quedaron restringidas a unos pocos lugares del litoral mediterráneo, en los puntos donde griegos focenses, fenicios y cartagineses asentaron sus colonias. Entre los siglos V y IV a.C. comenzaron a emitirse pequeñas monedas de plata anepígrafas en las colonias griegas de Ampurias y Rodas, y algo más tarde empiezan a fabricarse los característicos dracmas de dichos emporios. Sin embargo, las masivas emisiones peninsulares comenzaron precisamente tras la llegada de los romanos, quienes impusieron su propio sistema monetario basado en el denario de plata, el as y sus divisores de bronce, pero dejando cierta libertad a los pueblos indígenas que emitían las monedas (o que fueron obligados a emitirlas) para elegir la epigrafía de las leyendas. Probablemente la homogeneidad iconográfica de los motivos de anversos y reversos en la moneda celtibérica: busto barbado y jinete lancero (en menor medida con arma corta) respectivamente, fuera una imposición romana que evidencia el papel dichos pueblos como tropas auxiliares del ejército romano, tal vez rememorando el mismo motivo del jinete que aparecía en algunas monedas de Hierón II, tirano de Siracusa, cuando mercenarios hispanos combatieron en Sicilia durante la segunda guerra púnica, primero al lado de los cartagineses y más tarde como aliados de los romanos (Figura 1)(1). Roma permitió a los pueblos indígenas aliados la emisión de moneda propia con el fin de convertirlos en centros de poder frente a sus enemigos, facilitando así la transformación administrativa y el desarrollo de un sistema tributario homogéneo en la Península.


Figura 1.- Hemilitras de cobre de Hierón II de Siracusa (306-215 a.C.), a la derecha emisión de Morgantina con leyenda Hispanorum, posibles prototipos del jinete lancero ibérico.

 Realmente constituyó una estrategia muy acertada, por una parte los romanos obtuvieron su propósito, al conseguir que se acuñaran millones de monedas de plata (denarios) y ases (bronce), con los que asegurar el pago de tributos necesarios para financiar las costosas campañas militares de la Península, que requerían gran cantidad de tropas auxiliares (mercenarios), así como su manutención durante el largo período de inactividad en los meses invernales. Por otra parte estimulaban el “ego” de las poblaciones indígenas, que veían en las monedas un símbolo de su propia identidad y poder, de forma que incluso localidades muy pequeñas y probablemente poco importantes llegaron a fabricar sus propias emisiones de bronce.

Podemos imaginar la situación, pequeñas poblaciones vecinas, donde no serían raros los conflictos cotidianos entre ellas (disputas por pastos, enfrentamientos por terrenos comunales….), idénticos a los que todavía se producen en nuestros días en el medio rural, pero seguramente con consecuencias más graves. Si una de estas ciudades acuñaba su propia moneda de bronce, no resultaría raro que la otra también quisiera hacerlo. Esto nos plantea una nueva cuestión, las pequeñas ciudades no tenían los recursos propios (técnicos) para acuñar moneda, con lo que lo más probable es que, aparte de las grandes cecas productoras de numerario, existieran artesanos ambulantes o representantes de las cecas importantes, que ofrecieran sus servicios a estas pequeñas ciudades, tal como se ha descubierto recientemente ocurría con los mosaicos ibéricos, a partir del hallazgo del de Andelos en Navarra.

Aunque todavía no existen análisis metalográficos adecuados que nos permitan dilucidar alguno de estos aspectos(2), la similitud en las imágenes que aparecen en algunos anversos de los ases de diferentes cecas vecinas, parece indicar que dichas emisiones fueron fabricadas en un mismo taller. Por otra parte Roma se reservó el derecho de acuñar la moneda de plata y sólo unas pocas ciudades fueron autorizadas a emitir denarios. Un gran número de ellos (muchas de las emisiones de Baskunes, Turiasu, Sekobirikes y Bolscan) fueron acuñados en el transcurso de las guerras Sertorianas, para pagar a los mercenarios indígenas que participaban en ambos lados de la contienda, y no es descabellado pensar que muchas de estas monedas se fabricaran en talleres ambulantes, lejos del lugar donde oficialmente estaba instalada la ceca (Figura 2).


Figura 2.- Tesorillo de época de las guerras sertorianas (83-72 a.C.).

Desde los manuales de moneda ibérica de Vives Escudero (1924-1926), hasta los recientes de Villaronga (2002) y Álvarez Burgos (2008), se designa como nombre de la ceca el mismo término que aparece en la moneda, sin embargo la presencia de variantes en la terminación (Oilaunez/Oilaunikos/Oilaunu; Arekorata/Areikoratikos…) hace pensar en que no todos los nombres que aparecen sean el nombre de la ciudad o del grupo étnico en nominativo.

En el transcurso de los últimos cincuenta años se han producido importantes avances en el conocimiento de las lenguas prerromanas en la Península Ibérica, de la mano de prestigiosos investigadores como J. Caro Baroja, A. Tovar, J. de Hoz, Mª. L. Albertos, J. Untermann, J. Gorrochategui…, sin embargo uno de los hallazgos más espectaculares en el reconocimiento de los términos celtibéricos que aparecen en las monedas, surge en 1995 con el trabajo de F. Villar(3). Por ejemplo, uno de los términos aparecidos en las monedas “Barskunes” o “Baskunes”, se había interpretado originalmente como un nominativo plural del nombre étnico, es decir “Vascones”. Teniendo en cuenta la atribución de estas monedas a una ceca Navarra, esta conclusión parecía evidente, aunque algunos lingüistas como Untermann no lo veían tan claro, Villar propone que dicho término no sería un nominativo plural del étnico, sino el ablativo plural de un topónimo, “para los de Barsku”, es decir el nombre de la ciudad que emitió las monedas sería Barsku o Basku. De igual forma la ciudad de Karau acuñaria las emisiones de Karauez, la de Ontiks las de Ontikes, Oncala las de Okalakom, Varia las de Uarakos, Quoelia las de Kueliokos, Aratiz las de Aratikos, Oilaunu las de Oilaunez etc… . Los ablativos o adjetivos denominativos que aparecen en las leyendas indicarían el lugar de origen, pero el nombre real de la ceca puede ser ligeramente diferente al que podemos leer en sus inscripciones monetales (Figura 3).



Figura 3.- Leyendas monetales ibéricas.


Notas:
(1) La población siciliana de Morgantina emitió en el 211 a.C monedas con el jinete lancero y leyenda Hispanorum.
(2) Las técnicas analíticas empleadas hasta este momento (Microscopía electrónica de barrido, SEM) no son adecuadas para estas monedas, debido a la heterogeneidad en la distribución de sus componentes metálicos y presencia de nódulos. Por el momento, la única técnica adecuada es la de activación por neutrones rápidos, que por ahora no es posible realizar en ningún laboratorio español.

(3) Villar, F., (1995). Estudios de celtibérico y de toponimia prerromana. Univ. Salamanca: 276 pp.

viernes, 1 de mayo de 2015

La interpretación de las escrituras monetales ibéricas.

La interpretación de las escrituras monetales ibéricas.
Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 67(1197) (Junio 2011): pp. 42-43.

Miguel Ibáñez Artica

            Durante mucho tiempo, durante las Edades Media y Moderna, en diversos puntos de la Península Ibérica fueron apareciendo millares de enigmáticas monedas de plata y bronce, provistas de una misteriosa escritura, diferente a la utilizada por los primitivos colonizadores de dichas tierras que habían empleado los alfabetos latino, griego o incluso el fenicio. Durante muchos años estas monedas fueron el único material epigráfico conocido de esta misteriosa lengua (Figura 1), y dado el bajo porcentaje de signos vocálicos que aparecían en las inscripciones, se llegó a la conclusión de que esta singular escritura -denominada ibérica-, era similar al fenicio, que utiliza sólo consonantes y esporádicamente vocales.


Figura 1.- Leyendas ibéricas en monedas.

            Así pues, a través del estudio de las monedas, especialmente de las emisiones bilingües en latín e ibérico, a finales del siglo XIX se había conseguido descifrar algunas letras silábicas: Ba, Bi (Heiss, 1870) y Ko, Ke y Du (Zobel, 1877), pero el auténtico punto de partida en la decodificación de los símbolos ibéricos, utilizados en monedas e inscripciones, fueron los trabajos de Gómez Moreno(1) en la primera mitad del siglo XX.

            La principal aportación de Gómez Moreno, fue el descubrimiento de que el alfabeto ibérico era en realidad un silabario, como el chipriota, al que se añadieron con posterioridad las vocales y algunas consonantes (Figura 2), y a partir de este momento pudieron diferenciarse las inscripciones meridionales ibérica-levantina de la celtibérica, y las septentrionales sudlusitana e ibérica meridional. Este desciframiento de la escritura ibérica levantina ha permanecido inmutable hasta la actualidad, con la única incógnita de la transcripción de un símbolo en forma de “Y” o “T” interpretado tradicionalmente como M o N.


Figura 2.- Alfabeto ibérico.

Estos descubrimientos supusieron un cambio radical en el conocimiento de los pueblos y culturas prerromanas de la Península Ibérica. Hasta esos momentos prevalecía la teoría de Humboldt, quien había considerado que con anterioridad a la llegada de los romanos, la Península estaba habitada por un pueblo uniforme y homogéneo, los iberos, que compartían una cultura y lengua  común, cuyo heredero actual sería el idioma vasco. Las posteriores investigaciones de Julio Caro Baroja y Antonio Tovar mostraron un panorama mucho más complejo, con una serie de lenguas diferentes, a su vez subdivididas en distintas zonas geográficas (Figura 3).


Figura 3.- Mapa de las principales lenguas prerromanas de la Península Ibérica.

Estos principales grupos de lenguas serían:

1.- El utilizado en una extensa región que incluiría el sistema central, la meseta y el Noroeste peninsular, donde convivían lenguas célticas pertenecientes a la familia indoeuropea, emparentadas con lenguas actuales como el bretón o el galés.

2.- El Ibérico propiamente dicho, de origen semítico, probablemente emparentado con otros sistemas silábicos como el etrusco y el griego primitivo, que se extendía por el sur y la costa mediterránea, siendo utilizado también fuera de esta área en regiones de cultura céltica, posiblemente como “lengua franca”.

3.- El utilizado en un área que comprendería el suroeste peninsular, de origen desconocido, y que algunos autores vinculan  a  la cultura de Tartésica.

A estos grupos habría que añadir el lusitano, propuesto por D. Antonio Tovar para el oeste peninsular, con escasas inscripciones conocidas, todas muy tardías y que usan ya el alfabeto latino, y el vasco, única lengua prerromana conservada (con numerosas adiciones y modificaciones) en la actualidad.

Paradójicamente, es a partir del desembarco en el 218 a.C. del  ejército de Cneo Cornelio Escipión en Ampurias, momento considerado como el inicio de la presencia romana en la Península, cuando se produce una mayor difusión de la escritura ibérica, surgiendo textos ibéricos donde antes no los había, y a partir de este momento se producen la mayor parte de las emisiones monetales ibéricas. Es importante no confundir la lengua utilizada con el tipo de escritura empleada para su comunicación escrita (los diferentes idiomas español, alemán, inglés, francés… usan prácticamente las mismas letras para escribir) y las regiones de habla celta adoptaron sin dificultad el tipo de escritura ibérica al entrar en contacto con este pueblo de cultura más evolucionada. El problema entonces es identificar los lugares donde encontramos la escritura ibérica, con zonas donde se hablara dicho idioma, tal como evidencia el Prof. De Hoz (1988): “Los habitantes de Oxyrhynchos en época greco-romana eran básicamente egipcios y egipcio era lo que se debía escuchar en la calle con mayor frecuencia, pero sus textos están en griego; en gran parte de Aquitania en época imperial se hablaba vasco, pero las inscripciones son latinas; en el reino de León en la alta edad media se hablaba leonés, castellano y árabe, pero los documentos estaban escritos en latín, que nadie hablaba”.
               
Notas:


(1) Gómez-Moreno, M., (1922). De epigrafía ibérica: el plomo de Alcoy. Rev. de Filología Española 9: pp. 34-66; (1943). La escritura ibérica y su lenguaje. Bol. Real Academia de la Historia  CXII,II, 251-278